Sergio Villalobos

Siempre he creído que una de las grandes satisfacciones que te ofrece haber estudiado Historia y dedicarse al periodismo es la oportunidad de conocer personas, visitar lugares y escribir sobre aquello o aquellos que al día siguiente, sabes muy bien, serán materia de los libros. Conocer al historiador chileno Sergio Villalobos, por ejemplo, es una prueba de que las tres cosas pueden suceder al mismo tiempo. Lo conocí una mañana de marzo de 2010, cuando cubríamos, junto con el fotógrafo Antonio Escalante, el terremoto de ese año en el país sureño. Llegamos a su casa, que quedaba en las afueras de Santiago, en una zona residencial campestre que me recuerda mucho a lo que ahora es Huachipa, con quince minutos de retraso. Lo primero que me dijo al abrirme la puerta, mientras le extendía la mano y antes de saludarme, fue: “Por eso ganamos la guerra: somos un pueblo puntual”. Fue el primer amago del fastidio de Toño contra Villalobos. Durante toda la entrevista, que casi duró una hora, miraba de reojo a mi amigo que hacía grandes esfuerzos para no lanzarse contra ese provocador impasible que sin ningún esfuerzo estaba a punto de sacarnos de nuestras casillas con cada respuesta que me daba. Recuerdo que hablamos de todo, de la Guerra de 1879, de Basadre (“Un historiador menor. Más importante es la obra de Barros Arana”), de Piñera, que se estrenaba como presidente en esos días y, sobre todo, del pueblo mapuche. El desprecio de Villalobos por los mapuches era tan grande que se refería a su jardinero, que trabajaba detrás de un enorme vidrio a nuestra vista, de un modo tan indigno que Toño dejó de tomar fotos. No le hizo ni una foto más. Era tan despreciable lo que decía que en realidad yo también entendí que había que dar por concluida la entrevista. Porque entonces seríamos dos abollando a ese venerable anciano que, de verdad, no tiene nada de venerable. (Como dan ganas de abollarlo ahora, en que ha soltado esta tontería).


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