Un tal Castells

Ante todo, historia. Mucha literatura (demasiada, quizás), algo de arqueología, casi nada o muy poco de ciencia política, absolutamente nada de Paulo Coelho (o cualquier bodrio que recomienden los youtubers), por ahí una que otra cosilla sobre periodismo, siempre una novela histórica para seguir alimentando el alma y la memoria, por supuesto algo de contrabando desde la antropología, la sociología o las ciencias sociales, obligadamente las lecturas que el trabajo universitario nos impone, y todo aquello a lo que la tesis, la monografía, el artículo, la reseña o un simple post nos lleva.

De todo esto, si tuviera que elegir lo mejor que he leído en los últimos meses, en este año sobrecargado de lecturas y relecturas, elegiría sin dudarlo el libro de Manuel Castells, “Comunicación y poder”. Un librazo, un viaje intelectual que nos lleva de la primera a la última página de las narices y ahí, donde corona la hazaña con una teoría sobre la comunicación y el poder, hace trizas todos los cimientos que, sobre política, historia, comunicación y sociología, uno tiene bastante arraigados, adheridos al cerebro como esa pátina que exhiben algunos cuadros descuidados en los museos.

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Si ya leer a Castells resulta estimulante, como apagar un incendio con gasolina, la lectura de este libro resulta un acto casi subversivo. Es el tipo de libro que las escuelas de periodismo deberían entregar a sus alumnos junto con el silabo de cualquier curso de introducción al periodismo el primer día de clases. O como mínimo mandarlos a leerlo en el primer semestre. Si sobreviven a este tour de fuerza, si sacan las enseñanzas de él que debieran y esperamos, podremos decir que el periodismo del futuro tiene asegurada su existencia, alguna esperanza de sobrevivir con algo de decencia; y sobre todo, que ellos están ahí de verdad para convertirse en periodistas y no en meros reporteros de lo obvio, opinadores de todo sin saber nada o, lo que resulta más doloroso, la prueba irrefutable de porqué el periodismo se fue al carajo hace rato embobado como está con el periodismo ciudadano, la tiranía de la banalidad que impone lo que es tendencia en las redes sociales o el fraude de la falsa exhaustividad que significa el recurrir a la Wikipedia.

Ahora mismo, en que me encontraba atascado en una idea bastante nebulosa sobre el discurso periodístico y el papel de los medios de comunicación durante la guerra de Irak, releo el subcapítulo que dedica a este tema y encuentro las claves para salir del hoyo con la misma facilidad conque lo hace Samara del suyo. Tras releerlo no puedo evitar mirar con odio la montaña de exámenes que tengo que corregir porque me gustaría releer el libro completo. Necesito esa inyección de vitamina intelectual que significa su lectura para espantar el sueño y el asombro que me producen los absurdos y disparates que tengo que soportar de quienes aspiran a trabajar mañana en un diario, se desgañitan hablando del periodismo narrativo y ni siquiera saben de la existencia de este maravilloso libro. Solo por eso merecerían ser expulsados del paraíso y condenados a arder para siempre en el infierno de alguna redacción limeña. (Pienso particularmente en una, en donde titulan tan adefesieramente que sospecho que algunas facultades de periodismo ya jubilaron -como lo hicieron con la historia y la filosofía- la ortografía, la gramática y la sintaxis, además del sentido común. Eso, y que jamás oyeron hablar de un tal Castells).


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