Lima sin agua

Ayer no me bañé y hoy tampoco. No lo hice como un ingenuo y pueril gesto de solidaridad, pensé, con aquellos que no tienen agua que beber y que lo han perdido todo. Así que bañarme me pareció un gesto de indolente indiferencia con ellos desde la comodidad de mi departamento en Pueblo Libre (recordé, no sé por qué, la ocasión en que, primero Hitler, luego sus generales y finalmente todos los alemanes, en solidaridad con sus padecimientos, dejaron de comer carne en sus comidas mientras el Sexto Ejército de la Wehrmacht moría de hambre y frío sitiado en Stalingrado). Cuando me levanté temprano, como todo el mundo lo primero que hice fue sintonizar las noticias. Me enteré, entonces, que el agua volvería a las 2 de la tarde. Abrí el grifo y sí, había agua, así que no me preocupé (obviamente, el tanque de mi edificio se llenó durante la noche). Pero a las 2 de la tarde el agua no volvió. A las 5 ya no había agua en todo el edificio y tampoco había guardado o reservado nada en baldes o recipientes. A las seis había que tomar una decisión: vaciar los tanques de los inodoros de los dos baños o seguir utilizándolos hasta el final del día para que la descarga de agua que aún había en ellos diera cuenta de su contenido, que no era mucho en ese momento pero que era imposible saber cuánto sería muy entrada la noche. Pero acostumbrados como estamos a la seguridad de nuestras comodidades burguesas, jalé despreocupadamente la palanca. A las 7, mi mujer quería matarme (y si yo hubiera podido hacerlo, también lo habría hecho). Pero algo ocurrió a esa misma hora: una aglomeración inusual y nerviosa de vecinos y serenos empezaba a formarse en el parque enfrente de nuestro edificio. Mi esposa no dudó un instante en salir a averiguar lo que sucedía. Le tomó apenas unos segundos bajar, preguntar y subir a decírmelo rápidamente: a las 8, la Municipalidad repartiría agua en cisternas porque el racionamiento durará hasta el lunes (¡y estamos sábado!). Miré por la ventana y mi reloj: las 7:55. Soy periodista, pero con el calor que hace y mi solidaridad acumulada de dos días ya empiezo a oler mal. Me olvidé de la foto y bajé corriendo a hacer mi cola con todos los recipientes que encontré. Me siguieron mi esposa y mi hijo que acababa de llegar de sus clases. Mientras hacía la cola pude notar la cara de desconcierto o asombro de mi hijo (o tal vez él miraba la mía). Para tranquilizarlo le dije: “No te preocupes, hijo, todo se va a arreglar. Recuerda «Caracas sin agua»”. “Sí, pero aquí no va a llover a cántaros; y si llueve, es lo peor que podría suceder”, me dijo. Definitivamente, este no ha sido mi mejor día.

Cuando nos tocó nuestro turno, llenamos todos los baldes y recipientes que llevamos. Yo subí el más grande y pesado y lo vacié en una batea grande que usa mi esposa para lavar y que ya había acondicionado. Vacié el contenido de mi balde y bajé por más. Hice cuatro viajes (vivo en un tercer piso), hice tres veces cola y le di una palmada en el hombro al que manejaba la manguera de la cisterna. Si me lo hubiera permitido, lo habría abrazado. Pero estaba muy ocupado para fijarse en tonterías. Solo entonces hice estas fotos, en la que por supuesto ya no hay tanta gente porque ya iban de regreso a sus casas con sus dotaciones de agua de emergencia que les debe durar, nos debe durar, hasta este lunes. Y aunque toda esta historia puede parecer anecdótica para muchos, a mí me sirvió para tomar conciencia (aún más) del terrible momento que deben estar pasando los que están en zonas arrasadas por toneladas de agua y barro y que lo han perdido todo, incluso a sus familiares. Y que nuestros padecimientos, por terribles que sean, no son pero ni mínimamente comparables a los de ellos. Y si ayer no me quejaba del precio del limón o del agua en los mercados (nadie se ha muerto por dejar de comer un ceviche), mucho menos lo haré ahora. Ya nos tocaba, a los que vivimos la tragedia exclusivamente a través de la televisión o nos solidarizamos en facebook, sobrellevar algún tipo de pesar, por tonto o pequeño que sea, en estas horas angustiosas para todos. (Solo espero que el martes, en que tengo una entrevista de trabajo, los responsables de hacerlo, si no ha vuelto el agua para entonces, sepan comprender lo mal que seguramente estaré oliendo para esa fecha).

¡Qué días estos! Definitivamente, ya tengo algo para contarles a mis nietos.

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