Miguel Maticorena en el recuerdo...

El pasado martes se cumplieron tres años de la desaparición entre nosotros de don Miguel Maticorena Estrada, historiador y maestro de historiadores en San Marcos, que murió luego de una penosa enfermedad y cuando alistaba muchos proyectos editoriales (algunos de los cuales concluyó en su cama de hospital asistido por sus alumnos que no lo abandonaron nunca). Hace tres años, cuando desapareció, fue un golpe tremendo para muchos de nosotros que nos formamos con él y a quienes nos deparó su amistad, el calor de su casa y, como me gusta pensar a veces, el cariño de un padre, que eso es lo que fue para muchos de nosotros. Él por supuesto, como todo padre,tenía sus hijos 'preferidos' (pienso en Marcos Garfias, a quien de verdad quería como a un hijo; o en Maribel Arrelucea, por quien sentía especial devoción), pero también me gusta pensar que yo fui uno de ellos por el inmenso cariño que le tenía y le guardo, por la huella profunda que los años de amistad dejaron en mí y porque, cuando desaparecía largo tiempo de su mirada, tenía la cortesía de llamar por teléfono y preguntar cómo estaba, qué estaba haciendo.

Fue una de las personas más solidarias y desprendidas que haya conocido. Podría referir decenas de historia y anécdotas que documentan esto último, pero sería innecesario porque no hay nadie, de las personas que conoció y trató, que no lo sepan por experiencia propia. Cuando una vez un amigo y colega de la PUCP (una universidad donde abundan los profesores de grata recordación para sus alumnos como lo fue Maticorena para muchos), este amigo, les decía, que no llegó a conocerlo pero leyó todo lo que se publicó a raíz de su muerte, me preguntó qué hacía tan especial a Maticorena como profesor. Le respondí con la honestidad que a él le hubiera gustado: como tal era terrible y muy desorganizado, pero era el ser más entrañable de la tierra, uno que te hacía sentir verdadera pasión por la historia, que te contagiaba su entusiasmo por ella de un modo que no he vuelto a sentir con nadie. Además, su verdadera cátedra la dictaba durante las largas horas en que se convertía una visita de diez minutos a su casa y de la que no salías sino con varios libros bajo el brazo. Fue un auténtico maestro en ese sentido. Un alentador de vocaciones y un motor de ideas y proyectos, propios y ajenos, que nunca concluía, pero los poco que sí concluyó hoy han sido institucionalizados (pienso, por ejemplo, en el Coloquio de Historia de Lima o en la Cátedra de Historia de San Marcos que él fundó y en la que llegó a ser no solo su mejor exponente sino que dejó una valla tan alta que hasta ahora no conozco a alguien que la haya alcanzado, mucho menos superado).

Para los que tuvimos la dicha de conocerlo y considerarnos sus discípulos su muerte fue, como dije, un golpe tremendo, un sacudón que cada 28 de marzo nos vuelve a remecer al recordar su partida. Es una ausencia que aún hoy me duele y una de las pocas personas que verdaderamente extraño. Demasiado tal vez. Es en ocasiones como está que me duele no ser creyente porque me gustaría creer que hay un lugar después de la muerte en donde lo voy a volver a encontrar para seguir nuestras interminables conversaciones, nuestras acaloradas discusiones. Como ayer. Como siempre. ¿Verdad, Profe?


(En la imagen -en la que, como siempre, no aparezco porque, también como siempre, estoy haciendo la foto- aparecen, de izquierda a derecha- Ernesto Pajares, Maribel Arrelucea Barrantes, Alberto Perez Garay, Mario Meza, Odalis Valladares, Hugo La Rosa, Victor Arrambide y Gabriel Garcia Higueras. La cara de felicidad de los presentes no es gratuita: nos acabábamos de enterar que el profesor estaba fuera de peligro y que sería trasladado a una zona más tranquila para su convalecencia que la sala de emergencia del Almenara en donde estaba. La foto es testimonio de algo que fue cosa de todos los días hasta el último de ellos: siempre hubo estudiantes, amigos, colegas rodeando al profesor -Ernesto Pajares, si la memoria no me traiciona, acababa de bajar de un avión cuando llegó al hospital para estar junto al Profe-. Nunca estuvo solo. Se fue sabiendo lo mucho que lo queríamos. Que lo queremos).

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