Ocho frases que han entrado a formar parte del vocabulario nacional

En no pocas ocasiones se ha celebrado el famoso ingenio peruano (eternizado en una infinidad de historias que pueblan el anecdotario nacional) que ponen de relieve que ante las circunstancias más difíciles o intrincadas, este siempre ha sabido sortearlas con éxito. Pero ninguno de mayor recordación en el imaginario nacional que su ingenio para salir de situaciones embarazosas con frases memorables que, ya sea por disparatadas o increíblemente desvergonzadas, han pasado a formar parte del vocabulario nacional. Aquí un repaso a las más memorables de ellas:

“Yo soy su hermano, pero no sé nada”
Son los días finales del segundo gobierno de Fernando Belaúnde y faltan apenas cuatro para que se inicie el que será uno de los gobiernos más desastrosos del siglo XX peruano. El 24 de julio de 1985, en un conjunto de casas en Higuereta, una exclusiva zona residencial de Surco, estalla una cocina clandestina de elaboración de cocaína que pone en evidencia a una bien montada organización de narcotráfico liderada por quien llegará a ser conocido, por la enormidad de su ilegal negocio, como ‘El Padrino’: Reynaldo Rodríguez López. El caso ‘Villacoca’ no solo ocupará las páginas de policiales (e incluso las de política cuando se revele el nivel de infiltración de El Padrino entre políticos, militares y policías) durante los próximos cuatro años, sino que dejará la frase más trajinada del vocabulario nacional: “Yo soy su hermano, pero no sé nada”. Lo dijo uno de los hermanos de Rodríguez López, Manuel, al momento de ser detenido junto con otros cómplices y rodeado de decenas de kilos de clorhidrato de cocaína al ser interrogado por la policía por el paradero de su hermano, propietario del conjunto residencial y de la ilegal mercancía. Hasta el día de hoy es la frase a la que más veces, según las circunstancias (hermano, esposa, hijo, abogado, etc.) y necesidades, recurren quienes quieren desmarcarse en lo que están hundidos hasta el cuello.

“La desaparición de los estudiantes de La Cantuta fue un autosecuestro”
Cuando el fujimorismo estaba en la cresta de la ola del poder y hacía lo que quería con el país, justificaba cualquier atropello a la Constitución, las leyes y la simple decencia con cualquier argumento sacado de las mangas, aunque el más manido fuera el de que las mentiras de la oposición siempre querían presentarlos como los indeseables que no eran. Cuando nueve estudiantes y un profesor de la universidad de La Cantuta desaparecieron y se hizo evidente que un escuadrón paramilitar que respondía a los órdenes del gobierno era el responsable, la sesión del Congreso en que se debatió la denuncia (abril de 1997) fue un hervidero de gritos, insultos y desmentidos. Pero ninguno más inolvidable que el que sostuvo la entonces congresista Martha Chávez de que las víctimas se habían autosecuestrado o estaban de viaje con sus enamoradas. Con los años, Chávez ha dicho que nunca dijo lo que dijo y reta a cualquiera a probar que sí. Pero el país entero, que ella cree de memoria frágil, se encargó de sumar su famosa frase al anecdotario nacional que de vez en cuando nos recuerda de lo que fue y es capaz el fujimorismo.

"Papelito manda"
Durante las elecciones generales del 2000, cuando el fujimorismo ya estaba de salida, sus esfuerzos por mantenerse en el poder eran tan lastimosos como vergonzosos. Ante una terca y empecinada re-reelección (que la propia Constitución que ellos mismos promovieron no lo permitía), la posibilidad de un fraude se hizo tan descabellada como posible. Fue entonces cuando José Portillo Campbell, jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), el ente encargado de organizar las elecciones, apareció en escena para justificar lo injustificable con malabarismos verbales, que matizaba con citas de la biblia y circunloquios enrevesados, que aún hoy, después de tantos años, son indescifrables pese a la simpleza de estos (“La ley es la ley”). Cuando, en el curso de una conferencia de prensa, daba cifras sobre proyecciones y resultados que a nadie le cuadraban y todos cuestionaban, soltó la frase por la que hoy se ha ganado un muy merecido lugar en esta historia: “Papelito manda”. Cuando finalmente el fujimorismo cayó y la auténtica democracia se abrió paso, Portillo, la pieza más pintoresca de Montesinos en el tablero para el control del poder, tuvo que responder en cuatro procesos ante la justicia, entre ellos por el caso del millón de firmas falsas con las que el partido de Fujimori se inscribió ante la ONPE, dirigida por él, para postular ilegalmente por tercera vez. En algún momento dijo que escribiría sus memorias contándolo todo. Hasta ahora las esperamos.

“Por Dios y por la plata…”
Acto fallido llaman los psicoanalistas a un deseo reprimido que el subconsciente traiciona al manifestarlo. Y eso es precisamente lo que le sucedió, primero, a un flamante congresista y, luego, aunque resulte increíble de creer, a muchas autoridades al jurar los cargos que asumían. En el año 2000, el congresista peruposibilista Gerardo Saavedra, pensando tal vez en los suculentos emolumentos que recibiría como nuevo Padre de la patria, al momento de jurar el cargo para el que fue elegido no pudo reprimir más su felicidad y profirió esta memorable frase que es lo único por lo que se le recuerda hasta hoy. Desde entonces, muchos están convencidos que el verdadero móvil que mueve a muchos a ingresar a las arenas políticas es ya sabemos qué, aunque lo nieguen o digan lo contrario. ¿Alguien lo duda?

"La plata llega sola"
Alan García, sin el menor resquicio de duda el político peruano menos apreciado de los últimos tiempos (lo confirma el liliputiense caudal de votos que recibió en la última elección), es un hacedor de frases nato. Nunca ha sido hallado culpable de las acusaciones, sospechas e investigaciones por corrupción que siempre terminan involucrando, sin embargo, a sus ministros, colaboradores o amigos más cercanos. De todas ellas siempre ha salido bien librado, no sin antes dejar frases destempladas (“Estas personas [los indígenas] no tienen corona, no son ciudadanos de primera clase”) o para la historia (“A mí nadie podrá llamarme corrupto”) que exacerban aún más los ánimos de todos. Pero ninguna más memorable, y que lo pinta de cuerpo entero, como la que, según el periodista y escritor Jaime Bayly, pronunció en una cena privada en su casa: "No seas cojudo, hombre, la plata llega sola”, al referirse al magro sueldo de un presidente. García no solo no desmintió nunca el encuentro, sino que primero dijo que Bayly citaba su frase fuera de contexto. Luego, durante la campaña presidencial pasada, cambio de versión y dijo que nunca pronunció aquella frase y quien lo creyera era un imbécil.

“No es plagio, es copia”
Dueño de una universidad y promotor de la educación (de la que hizo su caballito de batalla en las elecciones generales del año pasado), nunca hubo un candidato presidencial con tantos defectos y carencias, de todo tipo, como lo fue César Acuña. El mayor de ellos fue, en su calidad de exrector de su propia universidad, la de plagiario nada menos que en su tesis doctoral. Pero apenas eso fue la punta del iceberg que este empeñoso provinciano, que se jactaba de haber triunfado sin haber leído casi nada, terminó mostrando durante la campaña presidencial. Mientras lo acosaban pruebas irrefutables de su afición por pasar como propias las ideas ajenas, la denuncia de que también se había apropiado de todo un libro imprimiendo primero una edición como coautor y luego otra en la que ya solo él figuraba, Acuña respondió con una frase que resume bastante bien su ideario político (el nombre de su partido es copia de el del programa de ayuda de Kennedy para América Latina en los años 60) y su talante intelectual: “No es plagio, es copia”. Para suerte de los peruanos, el JNE lo desembarcó de la carrera presidencial luego de su excesiva generosidad con los comerciantes de un mercado, a quienes pretendía ganarse con diez mil soles para mejoras de sus puestos.

“El puente no se ha caído, se ha desplomado”
En momentos en que medio país es arrasado por toneladas de lodo y agua y miles de peruanos lo han perdido literalmente todo, la atención de la opinión pública está centrada en las acciones que las autoridades están realizando para enfrentar esta emergencia nacional. Y también en las que, de haber hecho bien su trabajo, habrían evitado problemas, desastres y lamentaciones. Como los puentes que, proyectados para durar 75 años, se cayeron a la primera de bastos. La caída del puente Solidaridad sobre el río Rímac, inaugurado por el actual alcalde de Lima Luis Castañeda Lossio durante su primera gestión apenas hace seis años, es uno de ellos. Un hecho que ha provocado tanto la indignación como el cuestionamiento de la ciudadanía por obras que no duran lo que deberían durar. Pero mayor ha sido la indignación que, tratando de justificar lo que ya es imposible de remediar, ensayó uno de los ingenieros responsables de la construcción del mencionado puente ante la insistencia de un periodista para que explique lo sucedido: “El puente no se ha caído, se ha desplomado”. Una frase que ya se ha ganado el triste honor de ser replicada por miles en forma de bromas, memes y burlas para desventura de su autor.

“Matemáticamente posible”
Esta nota estaría incompleta sin una frase proveniente de las canteras deportivas (donde abundan) y que, como las anteriores, han pasado a formar parte del habla nacional. Y ninguna más peruana que la de creer, aun cuando todas las evidencias nos demuestran lo contrario, que todavía existe un resquicio, una mínima posibilidad que nos permita acariciar lo que ya se nos escapó de las manos. Como no soy un aficionado al fútbol, no estoy muy seguro de quien la inventó o pronunció por primera vez (un periodista deportivo o algún miembro de los muchos comandos técnicos que durante más de treinta años han fracasado matemáticamente), o si, como me explicó alguien, fue la afortunada invención de un cómico. Lo que queda fuera de toda duda es que los peruanos todavía creen que, matemáticamente, todo es posible.

Y ustedes, ¿recuerdan otra?

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