¿De quién tiene que defendernos un Colegio de Historiadores?

Las últimas semanas he seguido con atención e interés, como casi todos, la polémica en torno a la conveniencia o no de la creación de un Colegio de Historiadores, en la que los argumentos de los que se oponen a él (entre los que, por enésima vez lo digo, me cuento) han abrumado a los promotores de esa iniciativa. Y no exagero al afirmar esto porque, además de casi no ofrecer hasta ahora un solo argumento sólido, a falta de estos se deshacen en soflamas y arengas para la tribuna que solo contribuyen a empobrecer el debate. Una de esas arengas, repetida hasta el hartazgo, es la de que el Colegio velará por la 'indefensión' de lo historiadores y su precariedad laboral, algo que no tiene ni pies ni cabeza por una sencilla razón: a nadie, que yo sepa, que haya estudiado historia se le obligó a ello (en ese sentido, no me imagino una escena en la que, ante la decisión de un hijo de estudiar Derecho o Ingeniería, por ejemplo, un padre severo y autoritario imponga un "¡No! ¡Estudiarás Historia!"). Esa es una muletilla que repiten y con la cual creen convencer a los más jóvenes en esta profesión, pero no hay nada más alejado de la verdad. Y no la hay por una razón que el novelista Javier Marías explica (en una columna de 1994) bastante mejor que yo: ser escritor (o historiador, para el caso que nos ocupa) es una decisión personal que implica una serie de riesgos en la cual, de fallar, no podemos exigir que otros asuman (y reparen) nuestro error. De lo que se colige que de quién tiene que protegernos el Colegio es de nosotros mismos. Así de simple. (Aquí les transcribo la parte medular de la columna en cuestión -en donde si reemplazamos la palabra 'escritor' por 'historiador' entenderán lo obtuso de la argumentación de los Pro Colegio-, y en este link pueden leer la columna completa).

«Hay mucha gente que no ha podido ser en la vida más que lo que ha sido, que en modo alguno ha podido elegir: es muy probable que un albañil o un basurero no tuvieran más opción que ser lo que fueron. Un escritor, en cambio, lo es siempre por elección. Nadie le obliga a ello, decide voluntariamente, opta por un tipo de vida arriesgada en la que puede fracasar o triunfar, en la que nada le está garantizado, ni siquiera la publicación de sus textos, menos que nada su talento, o la perduración de éste. A cambio no tiene patrón ni horarios, o sólo los que se impone, y nadie le dice lo que debe escribir (o él no debería escucharlo). No es un trabajador por cuenta ajena y por tanto no debe aspirar a nada semejante a un empleo seguro, ni a pensiones (porque nadie lo jubila de su actividad), ni a seguridades sociales [...] Parece como si nadie estuviera dispuesto a correr riesgos, o aún peor, como si quien los corre y pierde se creyera con derecho a que alguien (el Estado) le saque luego las castañas del fuego».
Javier Marías, "Tahúres" (1994)

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