Estoy tratando de ordenar mi tiempo y tareas para darle una mayor regularidad y continuidad tanto a los pos como a las distintas secciones de este blog, de modo que a la larga se convierta en la revista que espero que algún día se convierta (soñar no cuesta nada). Por eso, he decidido resucitar algunas secciones que hace mucho tiempo no actualizaba y una de ellas es precisamente esta, El Papelón de la Semana, olvidada desde hace mucho. Así que, aunque los políticos peruanos siempre dan material de sobra para esta sección, y dándoles tregua y aviso por esta semana, traigo a modo de recordaris el nefasto comentario del predicador Pat Robertson que explicó el terremoto en Haití del 12 de enero pasado, a un pacto con el diablo que los haitianos habrían hecho para liberarse de los franceses. Una estupidez solo del tamaño de la vergüenza de sus feligreses.



“Este es el mejor gobierno de la historia del Perú”

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Desde hace mucho que no reseñaba un 'papelón' por la sencilla razón de que los políticos, de cualquier pelambre o estilo (o latitud), dicen cada estupidez que lo único que provocan es vergüenza ajena. No hay manera de citarlos sin caer en el lugar común, la chabacanería o la consabida escasez de ideas.

Si ahora me he animado a volver sobre lo mismo es porque de la resignación uno pasa al enojo con mucha facilidad cuando lee o escucha cosas como ésta. Hay que ser bien caradura para perpetrar esta falta de verguüenza, este exceso de cinismo y, sobre todo, esta propensión a la arrogancia que distinguen al congresista aprista. Maurico Mulder va a pasar a la historia (esa que conoce muy poco o muy mal) como el más cínico y desenfadado defensor de lo indefendible, justificador de lo injustificable e historiador de la mentira y la historia hecha a la medida. Ni siquiera a la medida de su amo (recuerden el mote con el que se le conoce en pasillos del Congreso), sino a la medida de su propio ego. Un ego que pasea por canales de televisión con el mayor desparpajo y desprecio a la inteligencia de los demás. Un ego que para él basta y sobra. Total, la historia la escribe él.


“He dicho que las cámaras de gas eran un detalle de la historia de la Segunda Guerra Mundial: eso me parece realmente evidente”

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Ultraderechista, filonazi y revisionista del Holocausto, las declaraciones de Jean-Marie Le Pen, presidente del Frente Nacional (FN)francés, siempre resultan provocadoras además de estúpidas. Esta vez ha vuelto a la carga en una entrevista publicada el último viernes en la revista regional 'Bretons', calificando, en el mejor de sus estilos, de simple 'detalle' las cámaras de gas en las que murieron millones de seres humanos en los campos de concentración nazis. Una reincidencia, porque ya en 1987 fue condenado a una fuerte multa por declarar exactamente lo mismo. Y hace poco, en febrero de este año, fue condenado a pagar otra de 10,000 euros al ser declarado culpable por el delito de "complicidad con la apología de crímenes" al sostener en otra revista que la ocupación nazi de Francia no había sido "particularmente inhumana".

Pero como si esta sola barbaridad no bastara por sí sola, todavía tiene ímpetus para atreverse a más, a darse el lujo de ser irónico y cínico. Cuando en la entrevista en cuestión Le Pen habla del número total de muertos de la Segunda Guerra Mundial y da la cifra de "cincuenta millones de muertos", el periodista le replica entonces que el problema no es tanto el número, sino la forma en que murieron gaseados millones de ellos, a lo que el político francés replica: "Pero eso es porque usted se lo cree. Yo no estoy obligado a compartir esa visión. Hago constar que en Auschwitz estaba la fábrica de IG Farben, que tenía 80,000 obreros trabajando. Que yo sepa no fueron gaseados. Ni quemados".

Cínismo e ironía del peor gusto, porque Le Pen sabe sobradamente que esta empresa, IG Farben, usó descaradamente mano de obra esclava, que en sus instalaciones murieron cerca de 50,000 mil personas de las 300 mil que tenía trabajando en ella y que en los Juicios de Nuremberg sus responsables salieron bien librados de las condenas penales, mas no del juicio de la Historia. Como tampoco saldrá librado el propio Le Pen cuando la xenofobia y el odio racial se impongan nuevamente. Que tal parece ser que a eso pretendiera, estimulando como estimula con sus declaraciones este hombre que averguenza con ellas al país donde nació la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. ¡Qué pena!


"Creí que lo había cometido [el error] en el primer texto, el texto del embajador De Rivero, pero después me dije, “¿cómo es posible que yo o mi secretaria saquemos un artículo de una revista llamada Quehacer en Lima y lo publique en El Comercio?” Eso no lo hace ni un subnormal... Eso no es verdad, mi secretaria era yo”.

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La entrevista aparecida el jueves último en Caretas ya es parte del anecdotario nacional, pero difícilmente lo será de la historia de nuestra literatura por vengonzosa, desfachatada y cínica. En ella, Alfredo Bryce ha confirmado absolutamente todas las teorías que se tejieron para explicar o justificar los plagios de los que se le acusó las últimas semanas. La teoría de la secretaria distraída, la del complot fujimontesinista en su contra, la de la enfermedad y senilidad avanzada haciendo estragos en su salud, todas ellas están presentes en las delirantes declaraciones hechas a la revista peruana.

A lo largo de la entrevista, el escritor afirma una cosa un rato, la niega al siguiente; acusa de mercenario a un periodista, aunque reconoce no tener pruebas; vuelve a la 'teoría de la secretaria', aunque después afirma que él es su secretaria; en fin, una colección de absurdas afirmaciones y acusaciones que hablan tan mal de quien las hace como de auqellos que, después de leerlas, siguen justificando lo injustificable. Si alguien estima realmente a Bryce, que le pida que deje de hacer declaraciones por su propio bien y el de su imagen, que todavía resiste el daño que él mismo le está haciendo.


"[Fujimori] es como el ave fénix que vuelve a levantar vuelo (...) Para unos es el fin, pero para nosotros es un despegue tremendo”

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Luego de una semana tan agitada como la que acaba de acabar, si de algo estábamos seguro era de que el congresista Carlos Raffo era insuperable en cuanto a sus niveles de desfachatez y caradura que había logrado luego de anunciar, orgulloso, la postulación de su prófugo líder al senado japonés. Pero he aquí que ayer uno de sus correligionarios, el también congresista Alejandro Aguinaga, ha salido decidido a arrebatarle el puesto de 'campeón del cinismo' que parecía pertenecerle por méritos más que sobrados y conocidos.

Siguiendo la tesis del primero de ellos sobre ' la globalización del fujimorismo', Aguinaga ha dicho en declaraciones a CPN Radio que "No habría fujimorismo sin Fujimori porque siempre está presente la figura de Alberto. Además, hay otros Fujimori dentro del fujimorismo". Esto último más que fe ciega en su líder, delata más una amenaza que una lastimosa verdad. Habrá que estar preparados.


“En Venezuela viven una realidad distinta a la peruana (..) Lo que esta pasando en ese país es un proceso revolucionario que hay que respetar”

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Si de algo pordemos estar seguros con respecto a Ollanta Humala es que los estudios de Ciencia Política que hizo en la Universidad Católica fueron en balde, no aprendió ansolutamente nada. Llamar 'revolucionario' a un proceso manfiestamente autoritario en un país donde la democracia sólo sirve de disfraz a una dictadura que se empeña cada vez con mayor eficiencia en acallar cualquier forma de ejercicio libre de los derechos ciudadanos, es simplemente tener una idea muy pobre de lo que es una revolución o no saber nada de política. Eso, o Humala es tan caradura como Chávez y llama 'ejercicio de la soberanía nacional' al retiro de la concesión a un canal de televisión por tratarse simplemente de un medio de comunicación opuesto al régimen. Este es el concepto de soberanía y democracia que maneja Humala. Es cómo querer seguir hablando de la 'Revolución Cubana' en tiempo presente, cuando desde hace mucho tiempo que ésta se convirtió en la típica dictadura latinoamericana. Y encima tiene el cuajo de decir que "no es correcto que un político juzgue los actos democráticos de otras naciones", cuando fue él quien permitió las groseras intervenciones del presidente venezolano en nuestro proceso electoral. Definitivamente, Humala no acierta una. Este señor que funge de político está en la soberana calle.


“No me deja de llamar profundamente la atención que nos han puesto la puntería de todas maneras (...) Quieren debilitar la imagen de Unidad Nacional, quieren debilitarnos política y moralmente, y no lo van a hacer”

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Si teníamos dudas de que los congresistas de ahora hubiesen superado en trapacerías, explicaciones absurdas y escándalos a los del periodo anterior, lo cual ya es bastante decir, pues ahora ya no tenemos ninguna. Lourdes Alcorta, congresista de Unidad Nacional, que pasaba por ser una de las más inteligentes y atinadas del Parlamento, ha sido la encargada de convencernos de que en definitva los han superado largamente. No han cumplido aún el año en el cargo y ya la suma de escándalos los salpica por igual a todos. Pero lo más bochornoso resulta las explicaciones o justificaciones que dan de ellos.

Parece broma pero es cierto: la congresista Alcorta ha concluido, brillantemente, que las denuncias en las que se han visto involucrados tres representantes de Unidad Nacional es una especie de maquinaria puesta en marcha para desprestigiar a su bancada. Como si la prensa de investigación de este país hubiese tenido algo que ver con la elaboración de la lista de candidatos de cada partido, como si ella fuera la responsable de las contrataciones de sus 'asesores' una vez electos, y como si el periodismo fuera culpable por no callarse los chanchullos que descubre y que está en la obligación de revelar a la opinión pública.

Lo sentimos señora congresista, pero la culpable de la pésima imagen de la que goza ahora su bancada, sus representantes y el Congreso en general es responsabilidad única y exclusivamente de ustedes. Como usted de sus palabras, tan desatinadas como el hecho al que pretende minimizar o distorsionar.


“Creo que ya se ha cumplido con la justicia.
Ya ha sido sancionada y no se puede hacer leña del árbol caído”


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En qué estaba pensando el congresista nacionalista Daniel Abugattás cuando utilizó semejante argumento para defender lo indefendible, para mirar hacia otro lado, no lo tenemos claro; pero de lo que sí estamos seguros es de que su defensa de algo tan reprobable como la contratación de una empleada doméstica como asesora congresal resulta de lo más tradicional, y repudiable, de nuestra política criolla. Nunca antes como ahora un político 'no tradicional', que llegó al congreso con el manoseado discurso de cambiar la forma de hacer política en este país, de transformar las estructras de esta nación, fue más típicamente tradicional que este señor, si le alcanza la palabra. Y qué mejor prueba de ello que los argumentos utilizados, que además de pobres en ideas, sólo han servido para mostrarnos la estatura moral de este sujeto. ¿Es que acaso no se ha enterado cabalmente de lo sucedido? ¿No está al tanto de la gravedad de los hechos? ¿Esconde su actitud comprensiva algún interés o componenda futura e intercambiable? Es lo más probable; sino no se explicaría semejante estupidez, semejante desfachatez.

De ser así, el nacionalismo (este nacionalismo versión Humala y cuyo exegeta más calificado es, por lo visto, Daniel Abugattás), estaría cavando su propia tumba. Con congresistas como estos, con defensas absurdas como ésta, con chanchullos como estos que el señor Humala pierda toda esperanza en el 2011. Para suerte nuestra, a Dios gracias.


“Use usted, señor ministro, los aviones A-37 y bombardee, ametralle esos aeropuertos clandestinos,esas pozas de maceración. Tome acciones concretas”

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Una vez le preguntaron al cómico uruguayo Juan Verdaguer cómo hacía para saber si un chiste era bueno o malo. Él, con ese humor elegante que le era característico, dijo que contaba con un método infalible para eso: "Cuando tengo un chiste nuevo se lo cuento primero a mi mujer. Si se ríe, no lo uso", respondió. En política, yo suelo seguir su método: desconfío de todo aquello que mi esposa celebra con demasiado entusiasmo. Sobre todo si se trata de Alan García.

Todavía recuerdo muy bien, cuando éramos jóvenes y solteros y algo ingenuos, su entusiasmo, al día siguiente, cuando se anunció la estatificación de la banca. Yo, la verdad sea dicha, no lo tenía muy claro, no podía saber si aquella decisión, a todas luces tomada para recuperar el favor del pueblo que ya empezaba a criticar los desaciertos de su gobierno, sería beneficiosa para el país o no. Pero aún así, como yo, muchos observabamos aquel suceso esperenzados en que todo redundara finalmente en algo bueno para el país (ya lo dije, todavía nos quedaba algo de ingenuidad). Ya sabemos, de sobra, cómo acabó esa historia, cómo acabó su primer gobierno.

Todo esto se me ha venido de golpe a la memoria cuando, nuevamente, he visto a mi esposa, primero, celebrar los anuncios (para las tribunas, querida, para las tribunas) de su discurso de asunción de mando. Y ahora, que anuncia, que ordena, con esa determinación de hace veinte años "hagan esto", "hagan aquello", que en el fondo era un "hagan mi santa voluntad", bombardear las pistas clandestinas en la selva que utiliza el narcotráfico para transportar la droga. Como si destruir el ecosistema de las zonas en cuestión fuera la solución a todo. ¿Como es posible que una persona culta e instruida como Alan García pueda creer que convertir en un Vietnam nuestra selva convencerá a los EE.UU. del compromiso de su administración con la lucha antidrogas, después de la patinada, de la claudicación sería mejor decir, del Acta de Tocache? Demos gracias a Dios que en su exabrupto no pidio que utilicen napalm. Y demos gracias también que de todos lados se han escuchado voces censurando este histriónico numerito para la cazuela que nos recuerda el peor de todos los Alan García que conocemos: el caprichoso, el mandón, el de los balconazos que creíamos ya enterrado.

Ya sabe, señor ministro, tome acciones concretas: póngale una camisa de fuerza a su jefe o dótelo de una buena dosis de litio que buena falta que le hace.

“Confieso avergonzado que el 31 de octubre de 1976, en un campamento en Marcahuasi, ante la ausencia de papel higiénico, tuve que utilizar un periódico local”

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Es infaltable. Siempre en cada nuevo partido o grupo que llega el poder, hay uno que se esmera, que lucha duro por ganarse (¿merecer?) el título de bufón de la corte al que muchos, increíblemente, aspiran con demasiada frecuencia, con demasiado empeño. El empeñoso en éste es el ministro de Vivienda Hernán Garrido-Lecca, que ya ha dado demasiadas muestras, desde la campaña electoral, de sus intenciones manifiestas de coronarse como el nuevo 'Popy' de estos tiempos. ¿Se lo permitirán los compañeros? ¿Permitirá Alan que alguien le arrebate el título que por méritos propios le pertenece? Sería imperdonable, porque el único bufón en esta corte es el presidente que hace y deshace todo lo necesario para ser rey, bufón y cortesano (ahí están para demostrarlo sus llamadas a la pena de muerte, sus bailes desastrosos, sus propuestas inconsultas, etc., etc.). Lo de Garrido-Lecca es capítulo aparte, náusea de otro plato. No hay disculpa que le exima. Es sólo un torpe y punto.


“No fue Colón quien descubrió América.
Fueron los vikingos”

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No es ningún secreto que los políticos, de cualquier latitud, suelen tener malas costumbres, pero no hay duda de que la peor de todas ellas es la de dejarse vencer por la vanidad y pretender dejar un testimonio imperecedero que lo inmortalice. El ya casi ex presidente francés Jacques Chirac no ha escapado a esta regla y, aunque para ello se ha valido del consabido recurso de la larga entrevista en forma de libro, lo único que ha conseguido con eso es caer en el más torpe y burdo revisionismo histórico. Algo tan políticamente incorrecto.

De un plumazo este político con pretensiones de historiador ("cada cultura aporta a la Humanidad algo básico", ha dicho con la seguridad de quien descubre la pólvora) ha creído que puede negarle a España, y con ello a las naciones hispanoamericanas, una historia y una cultura que ya quisiera que hubieran sido francesas. Además sus comentarios han tenido cierto tufillo racista (los vikingos "no montaron tanto alboroto y, además, tuvieron la elegancia de destruirse ellos mismos"), que extraña que los aludidos no le pusieran los puntos sobre las íes.

No olvidemos, como nos lo ha recordado el diario ABC, que Chirac fue el dirigente francés que hizo campaña contra España cuando ésta intentaba ingresar a la desaparecida CEE. Él mismo que traicionó a Aznar cuando sus diferencias por la Guerra de Irak los separó y sin el menor empacho hizo públicas sus conversaciones privadas. El Chirac que ayer dijo: "Para mí, el Descubrimiento de América no fue un gran momento de la Historia". Pobre tonto.


“A Chávez su pueblo le da un apoyo muy grande, el más grande del hemisferio. Allá se vive un clima de total democracia”

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Cuando Jean-Paul Sartre murió en 1980, su discípulo peruano más aplicado, Mario Vargas Llosa, escribió una extensa nota necrológica que no sólo repasaba la vida y obra del genial francés, sino que además saldaba sus cuentas, ideológicas y literarias, con quien había sido su modelo de intelectual y escritor. Casi al final de la misma, cuando hace referencia a la más polémica de las declaraciones del filósofo francés, casi al final de su vida, aquella de que “la literatura no sirve para nada; frente a un niño que se muere de hambre, la literatura no sirve”, Vargas Llosa es contundente cuando corta el cordón umbilical con su viejo maestro: “Entonces descubrí que hasta el hombre más inteligente puede decir tonterías”, escribió. Esta semana, en que nos visitó Noam Chomsky para dar dos conferencias en Lima y cuya visita muchos esperamos con gran interés, he recordado vivamente esta frase de nuestro novelista.

Este intelectual comprometido y progresista, este lingüista cuyo nombre es referencia obligada de todos aquellos que condenan y condenamos las trapacerías de Bush y la derecha norteamericana, que ha llegado a ser casi considerado la ‘conciencia moral’ de su país, este hombre verdaderamente inteligente que al igual que Sartre también puede decir tonterías. Porque no hay otra manera de calificar las declaraciones que hizo a su arribo a Lima cuando un periodista local le inquirió su opinión sobre el presidente Venezolano y su régimen.

¿Qué entiende Chomsky por democracia? ¿De qué apoyo mayoritario habla si su mayor mérito es haber polarizado al país aún más de lo que ya lo estaba? ¿Está al tanto de que los ‘círculos bolivarianos de defensa’ son el brazo paramilitar del gobierno de Chávez, y que como tal amedrentan cualquier voz de protesta o disidencia y que es el propio gobierno quien los arma so pretexto de prepararse para una eventual invasión norteamericana? ¿No se enteró acaso de que ha manifestado, pública e indubitablemente, su intención de modificar la Constitución para reeligirse indefinidamente? ¿Sabe de la persecución e intimidación a la prensa que es crítica al presidente venezolano? ¿Tiene al menos una idea de la ingente cantidad de dólares que le costó el sistema electoral electrónico que le permite saber quiénes votaron por cuál candidato, lo cual es una manifiesta violación del derecho al sufragio secreto universal? ¿De sus groseras intervenciones en la política interna de los países que opinan distinto que él? ¿De su abultada chequera que le permite financiar candidatos de la mejor estirpe populista, como parece que ocurrió en Perú? Definitivamente es cierto aquello de que incluso las mentes más lúcidas pueden estar en la luna contemplando las margaritas.

Ojalá que sus palabras no sean, como me dijo un colega tratando también de encontrar sentido a la frase, sino otra forma más de las muchas que encuentra Chomsky para mortificar una vez más a los políticos más recalcitrantes de su país, una manera de recordarle al gobierno norteamericano que sigue siendo la piedra en sus zapatos. Pero de ser así, sus declaraciones harían retroceder el papel del intelectual de izquierda al lamentable sitial de aquellos que en los años de la Guerra Fría ocuparon justificando la existencia de los gulags soviéticos en defensa del 'socialismo realmente existente'. Si esto es así, habrá que irse buscando otra ‘conciencia moral’ que nos ampare.

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