"Hasta aquí nomás", dijo el productor y todos supieron que el tiempo de las amenazas había concluido. El escándalo de los testigos comprados, los amantes sin serlo o los incestuosos tía y sobrino (marido y mujer, de las puertas afuera), habían puesto en tela de juicio la veracidad de los programas de talk shows de la televisión. Era la hora del cambio, del tránsito o regreso de la mentira hacia la verdad y nadie lo sabía mejor que D., que tendría que escarbar en los rincones de la ciudad, hurgar en la miseria humana por los testimonios más sórdidos que le permitieran conservar el empleo.

EL PRACTICANTE

D. recordó entonces cuando, como practicante de periodismo, había tenido que desfilar por todos los medios de comunicación conocidos aprendiendo el oficio. De todos ellos había sacado las mejores lecciones de vida. O al menos así lo creía hasta que cayó en la peor de las junglas modernas: el mundo de la televisión, específicamente practicante en el equipo de producción de un talk show, uno de los más suaves del medio. Su labor: conseguir testimonios para el programa.
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Cuando llegó el nuevo productor trató de renovar el programa presentando, sencillamente, testimonios verídicos, honestos, los cuales eran difíciles de conseguir. Con el tiempo, fue fácil sacarle la vuelta. Hasta que esa sonrisa mal disimulada, la mirada cómplice y delatora entre dos supuestos antagonistas, unos descarados y larguísimos segundos para darle oportunidad a responder al rival, lo pusieron sobre aviso. Pero ese último apretón de manos durante el pase a publicidad de la última pareja ("mi novio me engaña con mi mamá"), fue el colmo. "Hasta aquí nomás" fue la advertencia; mendigar por la ciudad por un poco de verdad o perder el empleo, su consecuencia. La solución era El Cute.

EL CONTACTO

Desde siempre El Cute había sido para D. y sus compañeros, y en general para todos los talk shows de la televisión peruana, la fuente inagotable de testimonios. No importa lo que uno pudiera pedir o necesitar, El Cute siempre lo conseguía. ¿Una cuñada celosa capaz de llegar al crimen?, El Cute. ¿Una madre soltera que regaló a su hijo y que luego encontrará en pleno programa quince años después?, El Cute. ¿Una suegra descontenta que le presenta mujeres a su hijo?, El Cute, por supuesto. Con él nunca había pierde. Pero esta vez todo era distinto. Tenían que ser ciertos, auténticos.

Encontrar al Cute después de tanto tiempo no fue difícil. La verdadera hazaña consistía en conseguir a alguien protagonista de su propia tragedia, dispuesto a desnudar sus miserias frente a las cámaras de televisión. ¿Habría alguien? Sabía de su vecina, que engañaba a su marido, pero que no creía que estuviese muy dispuesta a confesar su falta y mucho menos en cadena nacional. No, no servía. Necesitaba algo nuevo, fuerte y sórdido, muy sórdido. Entonces surgió el nombre de J., de quien sabía que hace tiempo quería hablar con su madre de una verdad lacerante que consumía su corazón de hijo bueno incapaz de mentir a su madre. Él, él era lo que buscaba. ¿Estaría dispuesto? Fueron en su busca y, después de mucho insistir, sí, estaba dispuesto. Después de todo, como sentenció El Cute, alguna vez tenía que enterarse su madre.

Todo parecía ir viento en popa para D., pero todavía le faltaba algo para completar su juego, la jugada maestra. Le faltaba un jugador y fue a invitarlo a unirse al juego, sin saber que en realidad sería el juguete con el que jugarían todos.

"¿La señora R.?", preguntó D. de la manera más natural y cínica que su conciencia se lo permitió. "Sí", contesto ella. Le explicó que había ganado un premio, que estaba invitada a un homenaje por el Día de las Madres en un canal de televisión. Feliz y eufórica no preguntó nada, ni siquiera qué había hecho para ganar ni como sabía su nombre. Sólo hizo una única pregunta. "¿Puedo ir con mi hijito?". No, le contestó D. "Es solo para madres". Ella insistió: "Ay, señor, que vaya mi hijito, él es bien bueno. Todo el día me ayuda en el mercado y en las noches trabaja en un grifo". No, volvió a decir y la señora no insistió más, ya se lo contaría después.

LA CELADA PERFECTA

Fue invitada a tomar asiento, ella sería una de las homenajeadas le informaron. "R., tú trabajas en tu puesto de comida del mercado, ¿no?". "Sí señorita", contestó nerviosa. "¿Te ayuda alguien?". "Sí señorita, mi hijo". "¿Tú le perdonarías cualquier cosa a tu hijo?". "Sí señorita, es el mejor hijo del mundo. Es bien trabajador". "¿Cualquier cosa, R.?". "Sí". "Queremos que conozcas a alguien", dijo la conductora y R. vio que una señorita se sentaba a su lado.

"¿La conoces, R.?". "No señorita". "¿Qué te parece ella". "Bien guapa la señorita". "Mírala bien, ¿no te recuerda a alguien?". "No señorita". "Mírala bien", insistió la conductora mientras D. contemplaba a corta distancia cómo se desarrollaban los hechos. Cuando la miró fijamente, R. Sintió que el corazón se le fruncía e instintivamente buscó a D. Intentó pararse, pero se lo impidió Sandra. "¡Perdóname mamá!, perdóname. Hace tiempo quería decirte que en esto trabajo en las noches!". R. no dejaba de interrogar a D. con su mirada: "¿Qué es todo esto, señor?". Entonces empezó el juicio público de J, la última movida era del productor. ¡Que levanten los carteles!.

"¡Perdónalo! ¡Perdónalo!" empezaron a gritar escasas voces confundidas entre otras muy estridentes que, los pulgares hacia abajo, exigían la muerte del miserable. "¡No lo perdones! ¡No lo perdones!", vociferaban. El productor se acercó hasta donde estaba D. y le palmeó el hombro sin decir palabra. Había cumplido. Pero él seguía atravesado por la mirada escrutadora de la madre de J., que seguía buscando respuestas. ¿En qué momento iba a dejar de mirarlo para ir a vomitar al baño?

“Di algo, R. ¿le vas a perdonar que te haya mentido tanto tiempo? ¿Qué se dedique a la prostitución callejera?”, insistía la conductora. ¿De dónde sacó ella que J. era prostituto, cuando sólo hacía shows para noctámbulos en un guarique gay con mucha personalidad? Eso no estaba en las tarjetas que D. preparó y le alcanzó al productor. Y de pronto, como en el poema, anocheció en el set de televisión. La mamá de J. intentaba decir algo.

UNA MADRE

Mirando a su hijo con una ternura que D. sólo había visto en los ojos de su propia madre, la señora R., toda lágrimas, cogió el rostro de su hijo y murmuro: “Ay, hijito. Perdóname". “¿Perdóname?”, exclamó la conductora, “pero si es él quien debe pedir perdón”. Y otra vez el circo romano, azuzado por los auxiliares de producción, reclamó su cuota de sangre, su víctima del día: “¡No! ¡No! ¡Pégale! ¡Pégale!”. “¿No vas a hacer nada R., no lo vas a castigar? ¡Haz algo!”.

Y por segunda vez en la tarde, anocheció otra vez para todos. “Ay, señorita, como cree que le voy a hacer algo a mi hijo, a mi bebé. Ven hijito, vamos a casa”. Se levantó de su silla, se acercó a D. y pidió que le indicara la salida. Le echó una última mirada de reproche, la misma que tantas veces su madre le lanzó cuando reprobaba algo en su conducta, como aquella cuando decidió no seguir su consejo de estudiar Derecho y de lo cual se arrepentía en ese instante.

Mientras veía como se iban abrazados madre e hijo, D. trataba de recordar el teléfono de la profesora en la universidad que le había ofrecido dictar un curso y que había decidido aceptar. "Hasta aquí nomás", se dijo. Al día siguiente renunció.

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