Autores tan disímiles entre sí como M. Eliade y P. Gordon, o Roger Callois, coinciden en señalar el carácter sagrado de las sociedades secretas y el ocultismo en su periodo inicial. Un periodo inicial que se remonta al principio de la historia, a las civilizaciones antiguas e incluso, según algunos autores, al periodo neolítico. El carácter político que en los últimos tiempos han revestido es más característico de la era moderna, específicamente desde la Revolución Francesa en adelante.
En ese sentido se ha hecho un lugar común citar el caso de la masonería, una sociedad secreta (discreta, dicen ellos) y sus más conspicuos representantes que han sido padres fundadores de repúblicas, parteros de revoluciones y teóricos de ideologías políticas que transformaron el mundo. Masones fueron Voltaire, Washington, Juárez, Bolívar, Garibaldi, entre muchos otros. Pero en ellos existe un ideal de servicio a los demás que está muy distante de sus émulos actuales. Pero en donde se hace más evidente esta transformación de lo sagrado en profano es en lo referente al tema del ocultismo. Ocultismo y poder son dos palabras que sugieren mundos opuestos ligados por el común denominador de la inclinación por el dominio absoluto. La predilección que algunos poderosos han mostrado por el primero de ellos, en sus diversas formas y manifestaciones, no ha pasado desapercibido para muchos. Además, como se ha dicho insistentemente, es más fácil pasar por partido político que por secta ocultista o sociedad secreta. La historia moderna está repleta de casos que corroboran esta afirmación. En los últimos años, por ejemplo, se ha discutido bastante y sólidamente sobre los aspectos esotéricos y ocultistas del nazismo, sobre el papel que en su formación tuvieron sociedades secretas como la llamada Sociedad Thule o la predilección que muchos de los jerarcas nazis, incluidos el propio Hitler, tuvo por artículos legendarios y ritos iniciáticos hasta el punto que el argumento de una película de Hollywood, en la que los nazis buscan el Santro Grial, parece no haber sido del todo infundado. Pero no se crea que sólo fueron los nazis y sus principales cabecillas quienes se dejaron seducir por estos temas y prácticas. Personalidades relevantes de la talla de Churchill, De Gaulle y el propio Roosevelt se dejaron arrastrar también. Otro caso sintomático fue el de José López Rega, astrólogo, brujo y el poder en la sombra durante la presidencia de Perón en 1973. Éste ascendió en su meteórica carrera política desde secretario particular de Perón hasta ministro de Estado, lo que le desarrolló un gusto por el poder tan voraz que no es de extrañar que haya acabado con sus huesos en la cárcel. A él de se debe la creación de la temible triple AAA (Alianza Anticomunista Argentina), grupo paramilitar responsable de por lo menos 3 mil muertos. En Haití Papá "Doc" Duvalier se aferró al poder recurriendo al vudú, del cual era practicante, la proclamó religión oficial del país y además nombró comandante en jefe de la milicia a un bokor (brujo) y llegó a contar con un cuerpo de seguridad que tenía más de policía esotérica que de guardia personal conocida como los Tontons Macoutes. Y se podrían seguir citando muchos ejemplos más. Por todo ello, que no nos sorprendan las prácticas esotéricas del ex presidente Fujimori. Lo que sí conviene anotar es que mientras Hitler, Churchil, Papa Duvalier y todos los demás recorrían a los más impensados recursos, consejos, y prácticas ocultistas para retener el poder, el presidente peruano recurrió a ellas sólo para extraerles la respuesta al mayor de sus desvelos: debía huir a Estados Unidos o Japón.
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