¿Alguien ha visto mi gato?

. viernes 27 de agosto de 2004
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Mi hijo de ocho años me ha pedido que en vez del perro que pensaba obsequiarle, le cambie su gato por uno más fácil de manejar, o mejor aún, por uno que se adapte a sus necesidades y con el cual no pelee cada vez que consulte su enciclopedia o juego favorito. El gato que tiene, y que yo compré para satisfacción de mi propia curiosidad pedagógica, tiene tantas funciones y botones que a él han terminado por desorientarlo. En otras palabras, han perturbado su interactividad. Verdadera fatalidad, si tomamos en cuenta que el gato, al igual que otros dispositivos, apareció en nuestras vidas para facilitarnos las cosas y no para estropearlas como está sucediendo ahora con él. En realidad, con muchos de nosotros.

Rodrigo, como miles más, pertenece a una generación que nació a la computadora personal y a la informática de la mano del gato, como él prefiere llamar al mouse porque detesta a los roedores, como miles más también. Sin este dispositivo externo es muy probable que muchos de nosotros jamás nos hubiésemos aventurado en los insondables caminos de los procesadores de texto, el diseño gráfico y, fundamentalmente, el ciberespacio. Pero a esta historia, que no ha terminado, las empresas de informática han querido darle un final de ciencia ficción, cuando no de tragedia.
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En ese sentido, no se equivoca Nuria Almirón, una especialista en Nuevas Tecnologías, cuando afirma que hay ahora en el mercado mouses que resultan verdaderamente idóneos más para una clase de piano que para el trabajo de oficina. ¿Es realmente necesario que nos sometan a esta tortura los desarrolladores de la llamada tecnología de punta?

La tesis de Almirón, y que a su vez se basa en estudios de Andrew Odlyzko, es muy simple: la tecnología mientras más potente y sencilla, más difícil de usar, que no de entender. El futuro está en reconciliar estos conceptos, potencia y facilidad de uso. No en lo que es ahora, una tecnología que más que simplificarnos la vida, nos la complica. Y cada vez más y más.

Las cosas más sencillas son las que mejor funcionan y seguirán funcionando en los derroteros de la informática y, concretamente, en Internet. Sino, miren no más el ejemplo de las Mac y el tributo a su simplicidad que significó la aparición de Windows. Esta es una ley tan universal como la de la gravedad, que tratar de ir en su contra resulta, francamente, insensato.

Pero Rodrigo, y en general los niños y jóvenes (el sector más proclive al cambio de paradigmas), que en muchas cosas siempre están un paso adelante de nosotros, resolvió su problema de la manera más práctica: ha desaparecido al gato, confiado en que ahora lo restituya con uno con los clásicos dos botones. Una muestra más de simplicidad y funcionalidad.

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