En 1968, “Las sandalias del pescador” atraía numeroso público a las salas de cine del mundo entero, pero si hay una razón especial por la que esta película será recordada es porque se anticipó diez años a la historia
Kiril Lakota es el nombre de un Papa ficticio e imposible venido de un país comunista que un escritor de best sellers y los estudios de Hollywood se encargaron de entronizar en el sillón de San Pedro en un intento de sacarle réditos a un auditorio de mil millones de católicos en plena Guerra Fría. Diez años después, en 1978, una sucesión de acontecimientos imposibles de detener como de predecir se encargarían de sorprender a todos dándoles la razón. Pero en realidad, no debió de sorprender a nadie. Y mucho menos a la propia Iglesia.
Política y Religión
La Guerra de las Investiduras en el siglo XI, el Cisma de Occidente del siglo XIV, el movimiento reformista y la respuesta del papado con el Concilio de Trento en el siglo XVI, o la relación de la iglesia con los estados liberales del siglo XIX, todos ellos problemas políticos antes que religiosos, marcaron no sólo la elección de cada papa a lo largo de los siglos sino que además dejaron una lección que aprenderían muy bien los pontífices del siglo XX.
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León XIII no sólo es el papa que llevará al Vaticano del siglo XIX al XX, sino también el iniciador de un movimiento que llegará hasta nuestros días que busca reinsertar a la Iglesia en la época que le ha tocado vivir. Una época empeñada en eliminar su influencia en los asuntos del hombre. Todos los papas que le sucederán, Pío XI, Juan XXIII, Paulo VI, y en especial Juan Pablo II, convertirán a la iglesia en protagonista del siglo XX. Es en este contexto que debemos entender la elección de Juan Pablo II en 1978, en plena Guerra Fría, una década después del Mayo francés y quince después de concluido el Concilio Vaticano II que modernizó a la iglesia “quitándole -----, pero ganando en espiritualidad”.
Juan Pablo II
Cuando el 14 de octubre de 1978, tras la muerte de Pablo VI se reúne el cónclave para elegir a Juan Pablo I, nadie sospecha que será un pontificado brevísimo. Apenas 33 días después se requerirá de un nuevo cónclave, de una nueva elección, de un nuevo papa. ¿Se repetirán los mismos acontecimientos? Hay quienes afirman que los cardenales interpretaron esto como un rotundo “no” de la providencia.
Son los cardenales Franz Köning, arzobispo de Viena, y John Kroll, arzobispo de Filadelfia, tras la imposibilidad de elegir entre los “papables”, quienes impulsan la candidatura de Wojtila, con el argumento de ser el menos político de los cardenales. Él, que será el papa llamado a dejar una huella imborrable en la política y la historia del siglo XX.
El segundo día de encierro, el 16 de octubre de 1978, y tras siete votaciones fallidas, el arzobispo de Cracovia obtendrá 99 de 111 votos en la octava votación. Por la mañana, antes de iniciar el cónclave, el primado de la iglesia de Polonia, Stefan Wyszynski, se le acercó y le dijo: “Si te eligen, te ruego que aceptes”. A las 6 y18 minutos de la tarde, el humo blanco anunciaba al mundo que el sillón de San Pedro tenía un nuevo dueño venido “de un país lejano”.
Era el primer papa no italiano desde 1522, el más joven desde 1846 y el primero oriundo de un país eslavo. Pero era más que eso: era el primer papa proveniente de un país comunista. Lech Walesa, su compatriota y aliado, fue quien mejor expresó lo sucedido: “el mundo será distinto”, dijo. No se equivocó.






















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