Desde el antiguo Egipto y hasta nuestros días, la humanidad se ha empeñado infructuosamente en cambiar el pasado, en reescribir su historia o en borrar el recuerdo del vencido
Cuando Tutankhamon ascendió al trono de Egipto en el siglo XIV a.C. mandó destruir todas las efigies de Akhenatón, el faraón hereje que lo había precedido en el poder y no contento con esto, arrasó con cualquier cosa que lo recordara, incluida la pirámide que le servía de tumba. Tres mil quinientos años después, el 9 de abril de 2003, mientras en la ciudad de Bagdad todavía algunos sectores resistían a las tropas estadounidenses, un grupo de estas se abocó a derrumbar una de las más de 300 estatuas que Saddam Hussein tenía en la ciudad, ante las cámaras de televisión del mundo entero. A pesar del largo espacio histórico entre uno y otro hecho, no hay mayor diferencia entre ellos.
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En el año en que se conmemoran los treinta de su muerte, la estatua del general Francisco Franco ha sido la última víctima de esta inveterada costumbre de querer renegar del pasado, de reescribir la historia, de negar al vencido. Porque eso es lo que significan estos actos. Nada de heroico ni histórico hay en ellos, como tampoco lo hubo en Irak. Y esa es la suerte que ha seguido el último de los monumentos ecuestres que en la capital de España tenía el hombre que durante 40 años hizo y deshizo los destinos de los españoles. Ha carecido, como sabemos, de un final de epopeya, de gesta y furia popular que las efigies de otros como él sí tuvieron. No ha tenido ni por asomo un soplo de historia que la consuele. El final de la estatua de Franco ha sido burocrático. Que distinto de las hazañas populares que salpicaron el fenecido siglo XX y que su memoria no mereció.
Los estertores finales del estalinismo el año 1956, el “año del miedo” como lo llamaron algunos historiadores, produjo las sublevaciones de Polonia y Hungría que vieron llegada la hora del cambio y que no encontraron mejor manera de expresarlo que tumbándose las estatuas de Stalin en ciudades como Budapest y que sólo los tanques del Pacto de Varsovia detuvieron a sangre y fuego.
Apenas un par de años antes, en 1945, los partisanos italianos habían ido más lejos. Ellos en vez de cebarse con alguna estatua de Mussolini, prefirieron ensañarse con el propio cuerpo del Duce: luego de golpearlo brutalmente, lo colgaron junto con el de su amante de un gancho de carnicero. Cuarenta y cuatro años después, cuando los regímenes comunistas caían como margaritas uno tras otro, los rumanos, triunfantes en una revuelta popular, se trajeron abajo la principal estatua de Nicolae Ceausescu. Pero tampoco ellos se contentaron con ajusticiamientos simbólicos. A renglón seguido lo ejecutaron junto con su esposa.
Pero si estas muertes se trajeron abajo los símbolos de poder del comunismo y el fascismo más rancio, la muerte del propio comunismo en la década del 80 se trajo abajo en jornadas multitudinarias las últimas estatuas de Lenin que aún quedaban desperdigadas por todo el hemisferio comunista.
No sabemos si más adelante se oirán todavía los ecos de la polémica que lo sucedido en España ha provocado, pero si alguna lección nos deja esta noticia es sobre el peligro que significa para una sociedad escribir su historia por memorándum. Tampoco sabemos si la estatua de Franco correrá la misma suerte que la de Francisco Pizarro en su momento, que fue retirada y luego repuesta metros más allá de donde estaba y en un lugar muy bonito. Pero de algo sí podemos estar seguros: la historia siempre la escriben, y desmontan, los vencedores.








































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