Después de 33 años se revela misterio. Ahora que se ha hecho público la identidad del mítico "Garganta Profunda", un breve repaso a lo que significó el caso Watergate
Lo que debió ser una simple nota informativa sobre la detención de cinco individuos disfrazados de operarios y acusados de robar en oficinas del Partido Demócrata, ubicadas en el complejo del Hotel Watergate de Washington el 17 de junio de 1972, se transformó por el tesón de dos periodistas y la firmeza de una editora-propietaria y su director, en el mayor escándalo político del siglo XX. Fue la investigación periodística que no sólo se convirtió en el paradigma del periodismo de investigación, sino la que le costó la presidencia al trigesimoséptimo presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon.
La noticia del arresto y la declaración de uno de los detenidos al ser interrogado sobre su ocupación, “anticomunista” contestó, publicada al día siguiente, fue el inicio de dos años de investigaciones que pusieron en evidencia un bien montado plan de espionaje político urdido desde el propio gobierno y que señalaba a las más altas autoridades de éste como los responsables del mismo. Pero apenas si era el inicio. Como escribieron los propios Bernstein y Woodward, “las salpicaduras de Watergate comenzaban a llegar rápidamente a la Casa Blanca”. Apuntaban más alto.
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Es aquí donde la participación de Garganta Profunda fue fundamental aportando pistas e informaciones decisivas para la investigación. A él se debe la famosa recomendación que hizo fortuna en las escuelas de periodismo del mundo entero: “sigue la pista del dinero”.
En febrero de año siguiente, cuando ya había concluido el juicio contra los cinco detenidos y en el que salieron a la luz nombres de agentes de la CIA y el FBI, el juez de la causa aplazó la sentencia confiando en que los implicados hablaran y así fue. Uno de ellos declaró que se le había ofrecido un pago de 500 mil dólares a condición de declararse culpable y guardar silencio sobre personajes del gobierno implicados en el caso. El Senado abrió su propia investigación y pronto saltaron los nombres de los más estrechos colaboradores del presidente. Un Procurador General, un Asesor Legal, el jefe de Personal de la mismísima Casa Blanca y el ayudante del presidente en asuntos internos. Para el 30 de abril de 1973, y aunque él lo negara una y otra vez, ya todos los dedos señalaban a Nixon como el responsable mayor. Pero todavía faltaba lo peor.
En el curso de las investigaciones se estableció que el presidente había mandado instalar micrófonos en toda la Casa Blanca. El juez y el comité senatorial que realizaban las investigaciones solicitaron las cintas, a lo cual se negó el presidente. Se sumó una acusación más a la causa: obstrucción a la justicia.
Acorralado, Nixon tuvo que entregar las cintas. Fue entonces cuando los norteamericanos se enfrentaron a la dura realidad. Las grabaciones ponían en evidencia todas las triquiñuelas de las que era capaz su presidente: financiamiento ilegal de su campaña electoral, sabotaje a sus posibles rivales, escucha ilegal de conversaciones de políticos, funcionarios y periodistas. El impeachment (acusación) se abrió paso.
El 8 de agosto de 1974, frente a las cámaras de televisión, un lloroso Richard Nixon anunció su renuncia a la presidencia del país más poderoso de la tierra. En aquella ocasión utilizó la frase con la que seguro pasará a la historia: “No soy un bribón”.








































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