El huracán Katrina ha destruido Nueva Orleans y su paso no sólo ha despertado la discusión del racismo en Estados Unidos, también le ha restado valiosos puntos a su presidente. No es la primera vez que la naturaleza juega un papel determinante en la historia de los pueblos
Cuando en 1944 la flota norteamericana se dirigía a costas japonesas, estos recurrieron a un recurso tan disparatado como desesperado tratando de evitar una invasión que ya era inevitable: cuatro mil “kamikazes” o aviones suicidas dirigidos contra barcos enemigos. Fueron llamados así, que significa “viento divino”, invocando a los tifones que en el año 1274 hundieron los barcos de una invasión mongola que nunca se realizó. Seis años después, en 1281, otro intento y otra vez otros tifones impidieron nuevamente la invasión de la isla. Lo interpretaron como una señal divina y así nació la leyenda de los vientos salvadores que en la Segunda Guerra Mundial no los libró de la derrota.
Esta no es la única, ni la última, ocasión en que la naturaleza ha tenido un papel determinante en la historia. Como ésta, hay muchas. A finales del siglo XVIII, la rivalidad entre España e Inglaterra por el tráfico mercantil y el comercio colonial llegó a su punto más álgido en 1740. Una escuadra de la flota inglesa compuesta por ocho navíos, 218 cañones, 1.410 tripulantes y 470 soldados, al mando del comodoro George Anson, el mismo que ocho años después recomendaría al Imperio Británico la ocupación de las Islas Malvinas por su excelente valor estratégico, zarpó hacia América. El 18 de setiembre una tempestad se interpuso en su camino y acabó con ella. Siglo y medio antes había sido el turno de la propia España. En 1588 una postergada invasión española de Inglaterra al fin era posible gracias a los 130 barcos y 30 mil soldados con que contaba el rey de España. Una empecinada tempestad en el enfurecido mar del Canal de la Mancha se ensañó con ella, dispersó a la gran mayoría e hizo encallar a muchos. La contrariada expresión de Felipe II ante la noticia de hechos tan inverosímiles ha quedado como un hito en la historia universal de la perplejidad: “No envié a mi flota a luchar contra los elementos, sino contra hombres”, dijo. Para España supuso el inicio de su decadencia y para Inglaterra el inicio de su papel como potencia marítima mundial. No olvidemos tampoco los tsunamis. El del año 1,600 a.C. provocado por una erupción volcánica y con olas de hasta 150 metros de altura, arrasó con la isla de Creta y es al que muchos investigadores señalan como la verdadera causa de la desaparición de la civilización minoica. El del 26 de diciembre último en Asia, que cobró la vida de más de 250 mil personas, sin duda también dejará su huella por años al haber devastado una geografía que era la principal fuente de ingresos de esa zona del planeta. Por increíble que parezca no una sino dos veces el “general invierno”, el temible invierno ruso, derrotó a los ejércitos más poderosos que haya conocido la historia. En 1812 Napoleón emprendió la invasión de Rusia que se le advirtió sería su ruina. Desoyendo todas las advertencias se lanzó a la empresa más absurda de su carrera militar. Los rusos lo dejaron avanzar hasta la capital, Moscú, la que previamente evacuaron y desabastecieron por completo. Un incendio provocado por sus habitantes los obligó a abandonar la ciudad y emprender la retirada hasta Francia que le costó 560 mil hombres de los 600 mil con que empezó la aventura. El frío fue implacable con él. En una sola noche murieron 12 mil soldados. 129 años después, en 1941, el ejército alemán, compuesto por 4 millones de soldados y una maquinaria de guerra como no se había visto hasta entonces, cometió la misma locura. Aunque el propio Hitler y sus planificadores tuvieron presente la fracasada expedición napoleónica hasta en sus mínimos detalles, fueron derrotados nuevamente por el clima que no sólo diezmó hombres, maquinaria y armamento, sino que impidió todo forma de avituallamiento por tierra y aire. De aquí en adelante, la poderosa Wermacht sólo sumaría derrotas. Pero si cree que estas calamidades han influido en la historia por sus dimensiones gigantescas, hay otras tan imperceptibles que sin embargo han significado y significan verdaderos cataclismos para el hombre. En los años 60 una serie de congresos de paleoclimatólogos establecieron las primeras señales de un problema que hoy se halla en el centro de la polémica mundial. Las conclusiones de aquellos historiadores del clima (una descontrolada actividad industrial) fueron verdaderamente alarmantes sin que nadie les prestará atención. Igual que ahora. Señalaron que en el siglo XVI el invierno en Riga, Letonia, duraba nueve días más que en el siglo XX, y que el lago Suwa, en Japón y para la misma época, se congelaba por completo, algo que está muy lejos de verse hoy; y que en Africa, las nieves del Kilimanjaro, que celebró Hemingway, desaparecerían antes de dos siglos de mantener el ritmo de regresión en que estaban. Es lo mismo en lo que ha insistido Ross Gelbspan con datos más actuales en un artículo reproducido en todos los diarios del mundo, llamando al huracán Katrina por su verdadero nombre: calentamiento global. Puede entonces que lo sucedido en Nueva Orleans sea un eslabón más en esta cadena de desgracias infligidas por la naturaleza, pero hay mucho de responsabilidad en la irresponsable actitud del hombre. Otro ejemplo de cómo la naturaleza o el clima pueden cambiar la historia lo constituye la desaparición de la cultura Moche en el siglo VI de nuestra era debido, ahora lo sabemos bien, a la presencia de eventos Niño catastróficos a los que se le sumaron una serie de terremotos que acabaron con ella. Otro Niño en 1578 arrasó con bienes, tierras de cultivo y muchas vidas, especialmente entre la población indígena. Pese a ello, los encomenderos españoles exigieron el pago del tributo obteniendo por respuesta el reclamo de los indios. Gracias a la tenaz investigación de Lorenzo Huertas hoy conocemos los recovecos de este Niño de consecuencias inimaginables en la sociedad norteña del siglo XVI. Durante décadas los historiadores peruanos discutieron sobre la llamada Crisis agraria del siglo XVIII que muchos atribuyeron a causas económicas y otros a los cambios ocasionados en el suelo agrícola a raíz de terremotos tan devastadores como los de 1687 y 1746 que provocó el afloramiento de gases y sedimentos marinos causando la esterilidad de las tierras. Entre sus consecuencias estuvo la sustitución de algunos cultivos y la importación de otros desde Chile. Sequías, inundaciones, terremotos, huracanes. Alguien los ha llamado “Detonadores de una situación crítica preexistente”. Nunca tan acertada una definición.
Tempestades históricas
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En el Perú también
la naturaleza cambió la historia
* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 19 de setiembre de 2005











