Dos nuevos blogs se sumarán a la blogósfera peruana Como ante todo quien lleva adelante este blog es historiador, muy pronto, para no olvidar su oficio, debe estar concretando un proyecto largamente postergado: dos blogs dedicados a la vida y obra de los dos historiadores que han marcado su trayectoria profesional: Jorge Basadre y Raúl Porras Barrenechea. Los blogs en cuestión, la Cátedra Jorge Basadre y la Cátedra Raúl Porras, son parte de un proyecto mayor de investigación. Un texto inédito (por ahora y que este año que empieza de todos modos debe publicar el Reportero) sobre la utilización de las nuevas tecnologías, en particular Internet, como herramienta de trabajo del historiador y una serie de charlas que nunca se concretaron (un "Curso de informática para historiadores" que hoy devino en obsoleto), son la fundamentación teórica de lo que estas Cátedras pretenden reflejar. Por otra parte, también son el tributo y homenaje que el autor debe a quienes sin duda son la razón por la cual no es un abogado más de los miles que ya hay. Ambos, miembros del Conversatorio Universitario, son las figuras intelectuales peruanas más importantes y respetadas. Pablo Macera los ha llamado "los gigantes de la historiografía peruana del siglo XX". No debe resultar extraño que dediquemos dos blogs a su obra. A Jorge Basadre lo descubrí cuando era estudiante de secundaria. Tanta ha sido su influencia que los temas y periodos que estudio son, de alguna manera, los mismos de sus libros. Por otro lado, en el momento más crítico de mi vida la mano amiga del Instituto Raúl Porras Barrenechea de la Universidad de San Marcos, no sólo me alivió de una estrechez económica que era constante, sino que además me vinculó con una obra y una metodología de trabajo que sin duda me sirven hasta ahora. Así que si todo sale bien, dos nuevos blogs se sumarán a la blogósfera peruana en pocosa semanas. Lo que me intriga saber ahora es ¿cuántos historiadores desarrollen proyectos similares? Ojalá que seamos muchos. 
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Las 'Cátedras' del Reportero
Etiquetas: BlogósferaHistoriador busca trabajo en la red
Etiquetas: La telaraña de Clío“En un principio fue el procesador de texto. Y como Dios vio que era bueno, creó la base de datos. El sétimo día descansó y para eso inventó Internet”. Hay quienes creen todavía a pie juntilla esta verdad seudo científica y seudo bíblica que muchos de mis amigos me suelen repetir como un vade retro de algún demonio deshumanizador. De manera particular mis colegas, los miembros de la tribu de Clio, convencidos como están de que la computadora sólo existe como una costosa máquina de escribir y aunque haya uno que otro que todavía se aventura en la administración de sus fichas de investigación con el inefable Access. Salvo esto, son muchos los que todavía ignoran las enormes posibilidades que ofrece Internet como herramienta para el trabajo del historiador. Sin ella, por ejemplo, yo no sería el historiador que soy, no enseñaría en la universidad que enseño y, sobre todo, no podría contarle a Rodrigo, mi hijo de 9 años, y a mis alumnos las divertidas historias que le cuento.
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Cuando apareció Internet en mi vida, y en la de mis colegas historiadores, la red no era ni por asomo lo que es hoy en día. Y en esto radica mi primera deuda con ella: nunca he tenido que llevar un curso de capacitación o manejo de la red. Con Internet aprendí a aprender. Luego vino una serie de exposiciones y conferencias en la que Internet (la web, sería apropiado decir) era la estrella de presentaciones en la que el tema de la enseñanza y la divulgación de la historia encontraban una eficaz, barata y amplísima herramienta de trabajo. Y esta es la segunda deuda que tengo con ella: Internet me abrió las puertas de algunas universidades a las que hubiera sido muy difícil, sin ella, acceder. Hoy, por extraño que parezca, este historiador enseña nuevas tecnologías a estudiantes de periodismo en la que la primera lección que yo mismo aprendí es regla para ellos. Y por último está mi trabajo como historiador.
Siempre he dicho que la mejor manera que he encontrado de ejercer mi carrera de historiador en esta era de la información, es trabajando en un medio de comunicación. En el diario en el que trabajo, uno de los más importantes de mi país, Mi labor consiste en preparar los antecedentes de cualquier suceso, nacional o extranjero, de la historia contemporánea. Y en ocasiones hasta tengo que escribir la mismísima nota o informe a publicarse en el diario. Resultaría ocioso decir, menos aún demostrar, que en Internet encontré mi mejor ayudante, herramienta y libro de consulta. En ese sentido, aunque siempre he lamentado que las maestrías y doctorados en historia que hay en mi país todavía giren en torno a temas y metodologías de historia colonial (que son los mismos desde hace treinta años), me consuelo pensando y creyendo firmemente que cada vez que ingreso a la red estoy asistiendo a mi clase magistral de historia contemporánea. Porque eso es lo que es Internet actualmente para mí, aunque suene cursi y frívolo decirlo: una maestra y amiga".
* Texto publicado en el sitio web del diario El Pais.Es con motivo del Día de Internet, que se celebró el 25 de octubre último en el ámbito español.
La mayor gloria del siglo
Etiquetas: CrónicaEl Premio Nobel de Literatura, el galardón de fama mundial que más expectativas despierta cuando se acerca la fecha de su concesión. ¿Qué hay de cierto en todo lo que se cuenta de él? Aquí una historia de ese premio
"En ese premio sueco han ocurrido rarezas"
Jorge Luis Borges
Cuentan que una vez Manuel Scorza estuvo amenazando con tirarse desde un tercer piso en París si no se lo concedían. Vargas Llosa ha repetido hasta el cansancio que no piensa mucho en él porque, como debe saber mejor que nadie, resulta pernicioso a la hora de escribir. Borges decía, comentando la renuencia a concedérselo, que había “unos señores que se hacen los suecos” (¿serán sus continuos desaciertos y omisiones el origen de esta expresión popular?).
Todo lo que se ha dicho sobre el premio no sólo es verídico sino que además harto conocido. Lo que permanece en las brumas del misterio para la legión de mortales que estamos a la espera de su anuncio, son los entretelones de cómo hacen los responsables de este premio, la Academia Sueca, para discernir quién será ungido con la fama y el dinero que vienen con él. Sí, es correcto lo que Ud. ha leído: fama. Y dinero, mucho como ya se sabe. Se sabe que en febrero se presentan las candidaturas. Se sabe que en mayo ya hay cinco nombres con los que trabaja el Comité Nobel. Y se sabe también que para fines de setiembre, apenas son dos o tres, a lo sumo, de entre los cuales deberá ser elegido el ganador. Fácil ¿verdad?. No, para nada. En 1901 cuarenta escritores del mundo firmaron un manifiesto criticando duramente la decisión de la Academia Sueca cuando el ganador fue el casi desconocido Sully-Prudhomme. Todos esperaban que lo fuera Tolstoi. El argumento de descargo que la Academia utilizó fue que la candidatura del escritor ruso no se presentó de acuerdo al reglamento. Al año siguiente, en 1902, cuando Theodore Mommsen fue el elegido, no pudo esgrimir el mismo argumento. La verdadera razón estribaba en no querer enemistarse con el Zar de Rusia, de quien el autor de “La Guerra y la Paz” era un ácido crítico. Tolstoi murió en 1910, envuelto en una gloria universal que ningún premio, ni siquiera el Nobel, hubiera podido brindarle o arrebatarle. Mayúscula fue la sorpresa cuando en 1953 Winston Churchill, corresponsal de guerra en sus años mozos y autor de algunos libros de historia, fue coronado con el premio. Héroe de varias guerras y hombre eminente que marcó con su existencia la política de este siglo, no puede decirse que haya escrito obras que contribuyesen a enriquecer la literatura mundial. La Academia justificó su decisión: "magistral descripción histórica y biográfica, así como por su brillante oratoria en exaltada defensa de los valores humanos". Tantas controversias ha despertado a través de su historia que el 10 de diciembre de 1964, durante la ceremonia de premiación, cuando todavía se sentían los estragos del rechazo de Sartre, ganador ese año, el entonces presidente de la Fundación Nobel, Arno Tiselius, se vio obligado a declarar: "Los responsables del Premio Nobel tienen perfecta conciencia de que es imposible descubrir el mejor autor de todos, por la sencilla razón de que es imposible establecer la noción de mejor". Pero a pesar de todo lo mencionado, como rebelándose contra los que debieran preservar su buen nombre y crédito, el Nobel ha sabido conservar esa áurea de prestigio y honor que les asegura una inmortalidad a sus elegidos. La mayor gloria del siglo. Que duda cabe. Pero quien sí ha estado ahí para recibirlo, como Secretario General de las Naciones Unidas, ha sido Javier Pérez de Cuéllar cuando en 1988 los Cascos Azules, las Fuerzas de Paz de la ONU, recibieron el Premio Nobel de la Paz en un gesto que muchos interpretaron como una distinción indirecta al peruano por sus esfuerzos por evitar la guerra en el Golfo Pérsico, cuando ya la fecha para presentar candidaturas había expirado.
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Hasta ahora las estadísticas del Nobel de Literatura hablan de un saldo en rojo para el premio: es casi un consenso afirmar que en un siglo de existencia han sido más los desatinos que sus aciertos. Escritores conocidos no más allá de una frontera geográfica o lingüística se han visto beneficiados con él en detrimento de otros con mayores merecimientos, siendo los laureados los primeros sorprendidos.
ESCANDALO Y CONTROVERSIA
Una serie de acontecimientos puede variar el designio de los dioses que para estos menesteres ha elegido a un grupo de venerables ancianos que, quiéralo o no, en última instancia se guían por prejuicios políticos, geográficos y hasta cronológicos. Muchas veces el valor estrictamente literario de la obra de los nominados ha cedido ante estos. El ejemplo más palpable y que ha quedado como un baldón irreversible para sus responsables, el ya mencionado de Borges.
Mussolini presionó a la Academia para que, en 1926, el premio se le concediera a la escritora italiana Grazia Deledda, en un intento de legitimación de la cultura y valores fascistas. Contrariamente, cuando en 1984 el galardonado fue el poeta checo Jareslav Seifert, el único comentario que hizo Alberto Moravia, muerto en 1990 también sin recibirlo, fue: "Chi?".
Los soviéticos fueron los que más lo combatieron cuando los galardonados eran escritores disidentes, aunque se hayan hecho de la vista gorda cuando se trataba de aquellos alineados con el socialismo realmente existente que tanto preconizaron.
Como anécdota queda la propuesta en 1966 de un grupo de escritores latinoamericanos, entre los que se encontraba Juan Rulfo y Germán Arciniegas, de crear un premio de similares características y cuyo monto fuera un dólar más que el Nobel. Vano esfuerzo.
LOS PERUANOS Y EL NOBEL
Además de Mario Vargas Llosa, varios han sido los peruanos aspirantes al Nobel. En 1933 la candidatura de Francisco García Calderón fue impulsada, entre otros intelectuales europeos, por Jean Giraudox y Jules Romains. Víctor Raúl Haya de la Torre recibió el espaldarazo de varias instituciones y personalidades del mundo para que se le otorgase el de la Paz en 1979, año de su muerte. Luis Alberto Sánchez y Luis E. Valcárcel, en 1982, fueron propuestos para el de Literatura y el de la Paz, respectivamente. En 1986, Villa El Salvador estuvo como un candidato de muchas posibilidades para obtener el de la Paz, que finalmente ganó Elie Wiesel.
* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 12 de octubre de 2000
El día que Sartre rechazó el Nobel
En toda la historia del Premio Nobel, ningún capítulo más polémico que el que protagonizó Jean Paul Sartre al rechazarlo en 1964. Cuarenta años después, esta es la historia de aquel escándalo. El escándalo Sartre.
“No es lo mismo si firmo Jean-Paul Sartre
que si firmo Jean-Paul Sartre, Premio Nobel”
Veinticuatro años después de su muerte y a cuarenta de haber rechazado el Nobel, el recuerdo de Jean Paul Sartre renegando del premio seguirá despertando pasiones, polémicas y libros como ningún otro escritor laureado con el galardón sueco lo ha hecho. Apenas hace un par de años, por ejemplo, un miembro renegado del Comité Nobel, Lars Gyllensten, publicó sus memorias y, entre las justificaciones de su renuncia a la Academia Sueca e indiscreciones no muy bien recibidas, deslizó uno que otro chisme.
Indiscreción o chisme, el que más revuelo causó en las páginas de su libro fue le que afirmaba que diez años después de rechazar el premio, Sartre consultó al Comité Nobel, a través de un intermediario, si era posible cobrar el dinero del mismo. Los sartreanos del mundo entero, que todavía son muchos, leyeron con indignación la noticia y rasgándose las vestiduras pusieron el grito en el cielo. Hubo incluso algunos incrédulos que se preguntaron si podía ser cierta semejante afirmación. ¿Sartre, el combativo y comprometido Sartre, pidiendo dinero? Un recuento de los sucesos de aquel año podría ayudarnos a encontrar respuestas a estas interrogantes. En 1964, el año del escándalo, los favoritos eran varios. Pero había un consenso generalizado de que el autor de “La Nausea” sería el ganador. No se equivocaron. Y quien menos se equivocó fue el propio Sartre, que incluso una semana antes, en una carta fechada el 14 de octubre y dirigida al Comité Nobel, había anticipado inequívocamente que no deseaba el premio. Enfatizaba, además, que no deseaba privar “a algún otro concurrente de la posibilidad de recibirlo” (y recompensarlo con los 52,000 dólares de aquel entonces). Agregaba que renunciaba por adelantado “para no cometer la indelicadeza de rechazarlo en caso de que le fuera conferido”. Consecuente consigo mismo, cumplió su palabra. El 20 de octubre la Academia Sueca anuncia su veredicto ("por la calidad de sus escritos, su anhelo de la verdad y la influencia fundamental que su pluma ha ejercido en estos tiempos") e inmediatamente Sartre hace saber el suyo: lo repudia, no lo quiere. Se desata entonces un escándalo con ribetes de guerra civil entre la intelectualidad francesa. Sartre, acostumbrado a desencadenar encendidas polémicas y encarnizados debates en el mundo literario francés, ya sea por sus declaraciones o sus libros, terminó arrastrando a toda Francia en éste. A esta andanada de lindezas, Sartre contesta con libros, los mejores salidos de su portentosa inteligencia. "Las palabras", uno de los más bellos libros de memorias jamás escrito, pertenece a la época de este alboroto. La inquina de sus enemigos achacó pronto la actitud de Sartre a una supuesta venganza contra el Comité Nobel por el desaire que jamás les perdonó de habérselo otorgado antes, en 1957, a Albert Camus. Una infamia más sin fundamento alguno. El reproche vino de todos lados. Recibió cartas por centenares de gente humilde que lo impulsaban a aceptar el premio para que donase el dinero que rechazaba. Hasta la prensa rosa entró a terciar en el asunto: adujo que lo había rechazado para que Simone de Beauvoir, su compañera sentimental por décadas, no se sintiera celosa. ¿Pero cuáles fueron, entonces, las verdaderas causas para rechazar el premio pecuniario de mayor prestigio al que cualquier escritor aspiraría? Tres días después de haberlo rechazado, el 23 de octubre, un aviso en el diario L´Figaro, pagado por el propio Sartre, daba cuenta de las razones de su negativa. En éste manifestaba que no aceptaba el premio porque no quería ser "institucionalizado por el Oeste o por el Este". Era la respuesta natural del eterno contestatario en un mundo bipolar que las generaciones de ahora no han llegado a conocer. Lamentó que su negativa hubiera dado lugar al escándalo. Aclaró que enterado del carácter irrevocable de las decisiones de la Academia, él había buscado anticipadamente prevenir que el elegido fuera él para evitar todo lo que ya había previsto sucedería y sucedió. Concluía afirmando que bajo ningún aspecto su negativa debería interpretarse como un desprecio hacia el pueblo sueco al cual manifestaba su afecto. Pero lo que debió poner punto final al escándalo, y que en modo alguno ayudó a detener los insultos y la controversia, ya que el eco de estos se dejaría oír por mucho tiempo todavía, lo constituye la entrevista que concedió a la revista francesa Le Nouvel Observateur el 19 de noviembre de 1964. En esta entrevista, a la pregunta del periodista de por qué rechazó el premio, Sartre contesta sin ambages: “Porque estimo que desde hace cierto tiempo este premio tiene un tinte político”. Ante la pregunta de si es consciente de lo que puede hacer con el dinero que esta rechazando, responde: "Nadie me puede exigir que renuncié, por 200,000 coronas, a los principios que no son sólo de uno sino compartidos por todos los camaradas". Y se explaya aún más hasta ser concluyente: “En la actual situación, el Nobel es otorgado objetivamente a los escritores de Occidente o a los rebeldes del Este”. “Encuentro esta insistencia en otorgármelo un poco ridícula”, sentenció finalmente. Una paradoja más de Sartre fue convertirse en un Nobel sin Nobel. Es decir, aunque él lo rechazó, su nombre siguió figurando entre los laureados muy a pesar suyo (“el laureado nos informa que él no desea recibir este premio, pero el hecho de que él lo haya rechazado no altera en nada la validez de la concesión”, se limitó a informar Estocolmo). Algo que para muchos constituyó una afrenta a su memoria. Y para otros, una indeclinable gloria a la cual jamás pudo sustraerse.
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EL ESCANDALO
LAS REACCIONES
Agravios e insultos fueron lanzados con tal virulencia que media Francia se vio obligada a defender al “pequeño hombrecillo de los ojos desviados, aquel que parece saberlo todo”, de la otra mitad que pedía su cabeza. "Excrementalismo sartreano", "hiena dactilográfica", "delincuente del espíritu”, fueron entre muchos los denuestos lanzados contra el autor que alguna vez había escrito (¿premonitoriamente?) que "el infierno son los otros".
LAS RAZONES
* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 7 de octubre de 2004



















