
Luego de varias postergaciones, por fin ha sido estrenada en Lima La Caída, la extraordinaria película de Oliver Hirschbiegel y protagonizada de manera magistral por Bruno Ganz que reconstruye los últimos días de Hitler y el III Reich. Basada en el libro de Joachim Fest, El Hundimiento, y en el de los recuerdos de su secretaria Traudl Junge, Hasta la hora final, esta película ha estado en el centro de la polémica en aquellos países donde se ha estrenado por la imagen 'humanizada' que se presenta del jefe alemán. Acá tampoco se ha sustraído a la polémica, aunque por motivos menos 'históricos'. Y es que nuestros distribuidores retrasaron su exhibición porque no querían arriesgarse con un film que podría haber sido un fiasco en la taquilla. Nada más alejado de la verdad. Afortunadamente.
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Reclamada por un gran sector de la crítica y el público limeño, este Reportero quedó gratamente sorprendido la ocasión en que acudió a verla. Lo hizo en un día de semana laborable y en un horario poco usual (las 2 de la tarde). Cual sería su sorpresa al notar una gran cantidad de público en la sala: la mitad en una para 200 espectadores. ¡Y en su tercera semana de exhibición! Este suceso echa por los suelos aquella falacia de que al público peruano sólo le interesa películas de acción o 'grandes estrenos'. De una vez por todas ha quedado demostrado que los peruanos sabemos y queremos ver buen cine. Pero esto, aunque anecdótico, no constituye el punto central de este post. Aunque era algo que no quería dejar de señalar. Una verdadera lección para nuestros distribuidores.
A pesar de que se ha dicho y escrito bastante sobre el enfoque que da la película sobre la personalidad de Hitler, me gustaría señalar algo al respecto. Quien haya tenido oportunidad de leer las biografías escritas los últimos años, o clásicos del género como las de John Toland o Alan Bullock, no nos sorprendemos tanto. En realidad el asunto radica en reconocer una verdad sencilla por irrefutable: Hitler era un ser humano, como cualquiera de nosotros. Tal vez con la mentalidad de un monstruo, pero un hombre al fin y al cabo. Y así es como debemos ver la película. Esta no trata de humanizar a Hitler, sino de tratarlo como un hombre de carne y hueso. Y este es un sentimiento, me parece, generalizado. Tanto el que escribe como las cerca de 100 personas que había en la sala se asqueaban con la imagen de un hombre que se compedece de su perra, pero reclama la muerte y el sufrimiento de todos como expiación de su culpa por una derrota de la cual él no se siente responsable sino víctima.
Ahora bien, para quien ha leído los libros de Hugh Trevor-Roper (Los últimos días de Hitler), sólido ensayo-historia que es también una reflexión sobre la naturaleza del mal; o los de Ian Kershaw (Hitler, 1889-1936 y Hitler, 1936-1945), voluminosos y copiosísimos hasta en el mínimo detalle; o el último de David del Solar (El último día de Hitler), cuya lectura es una verdadera delicia por su magnífica prosa e investigación, ver La Caída confirma lo que sospechábamos siempre y que sólo las últimas páginas de otro libro de Toland (Los últimos 100 días) habían reflejado: el final de Hitler en su bunker debió ser verdaderamente así.
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