Una página de la historia de El Comercio escrita por dos de sus más destacados colaboradores y que es, además, una parte de la historia del periodismo peruano del siglo XX aún por escribirse
15 de abril de 1938. Nueve y veinte de la mañana del Viernes Santo. A los cuarenta y seis años de edad César Vallejo, el poeta peruano más importante del siglo XX, acaba de morir víctima de una enfermedad que cinco médicos no han podido determinar. Deja un puñado de poemas pergueñados en medio de la austeridad militante, unas cuantas piezas de teatro aún sin estrenar, una viuda y la leyenda de su existencia que alimentará buena parte de la cultura literaria del siguiente medio siglo.
El relato de los últimos días del poeta ha corrido por cuenta de los pocos testigos de su agonía. Están, además del de su viuda, el de Gonzalo More y el de Juan Larrea, amigos ambos del poeta. De estos relatos el más fidedigno es el de su viuda, o debiera serlo. Pero a Georgette, que era una mujer difícil, o tal vez por ello mismo, se debe gran parte de las contradicciones, los desmentidos y rectificaciones sobre el mismo. Se sabe que cayó enfermo el 13 de marzo, y aunque al principio se creyó que sólo se trataba de un agudo cansancio, durante un mes agonizará en medio de una fiebre que se resistía a ceder y que, contrariamente, aumentaba para desconcierto de los médicos y la angustia de su esposa y amigos.
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Sobre los últimos días del poeta se ha escrito tanto y tan contradictoriamente que hasta las frases que pone Georgette en boca de un Vallejo agónico han sido desvirtuadas cuando no puestas en duda. Sus últimas palabras son para llamar a su madre muerta (“él jamás llamó a nadie”) y, ya cerca del final, la frase que lo convertirá en mártir de una guerra civil que nunca le fue ajena: “España, .... me voy a España”. Como murió en Viernes Santo se tuvo que esperar hasta el día 19 para enterrarlo. En la tarjeta de participación al entierro se puede leer “Légation du Pérou”. A ella se debe que Vallejo fuera trasladado a la clínica Villa Arago y quien, finalmente, preparó y pago el sepelio. A éste asistieron Louis Aragón, André Malraux, Tristán Tzara, Raúl Porras Barrenechea, Gonzalo More, entre otros amigos del poeta. Quince días después, el 1ro. de mayo, El Comercio de Lima publicará la primera nota necrológica escrita al pie del lecho de muerte del poeta por su amigo, el diplomático peruano Federico Mould Távara. Este fue testigo excepcional de los últimos años de Vallejo, es decir de la época de “Poemas Humanos” y “España, aparte de mí este cáliz”, los años de producción de su más extraordinaria poesía.
Un destino común uniría a estos hombres, ya que a su turno Federico Mould Távara no sólo fallecería también en abril, el día 22 del año 58, sino que ambos fueron corresponsales de El Comercio en París. La nota necrológica que Mould escribiera de Vallejo no sólo delata el enorme pesar que ésta produjera en él, sino también que nos da pistas sobre el estilo modernista de la prosa que caracterizó a “Francis”, seudónimo con el que firmara sus crónicas sobre “La vida en París” durante más de una década para los lectores de El Comercio. Fue Mould Távara un hombre de mundo, muy querido y muy jovial. Un diplomático de carrera que dio brillo, como tantos de sus contemporáneos, a la diplomacia peruana. Un escritor, al decir de Augusto Tamayo Vargas, cuya pereza le impidió desarrollar el enorme talento que tenía. Nos legó un sólo libro, “Viajar…”, título que apenas si nos revelan al escritor culto y acucioso, elegante y crítico que fue.
INEDITOS POR LOS SUELOS
Cuando las tropas alemanas estaban por entrar a París, Georgette encargó en calidad de custodia los inéditos de Vallejo a la Legación peruana en París. Tanto ella como Vallejo tenían un prontuario de comunistas tan extenso como peligroso, que en su caso la convertían en candidata al paredón o tal vez a algún campo de concentración. Cuando volvió, mucho después para recogerlos, los encontró, según ha escrito en sus “Apuntes biográficos”, regados por el suelo del salón principal, cubriendo unas cajas de comestibles que los diplomáticos peruanos habían abandonado. Algo difícil de creer ya que Mould Távara era el encargado de la preservación de los archivos de la legación en esa época, y por lo tanto responsable de los manuscritos, y Francisco García Calderón el jefe de la legación.
En julio de 1939, un año después de la muerte de Vallejo, un grupo de ocho personas encabezados por Raúl Porras Barrenechea, publicará la primera edición de “Poemas Humanos” en la editorial parisina de Les Editions des Presses Modernes. Una rarísima edición, a cargo del propio Porras, de apenas 250 ejemplares numerados que hoy constituyen una rareza bibliográfica única. En la parte final del libro, una nota bio-bibliográfica de éste, la primera que se escribe del poeta, presentirá el destino de Vallejo después de muerto: “La cultura literaria de mañana interrogará por la vida de César Vallejo. A esta exigencia póstuma obedecen estos someros apuntes, recogidos de huellas escritas y vivientes, sin pretensión de más”.
Trece años después de la muerte de Vallejo será también Porras quien la reciba al pie del “Reina del Pacífico”, cuando Georgette, que viajaba en un camarote de tercera clase, se embarque para América a conocer la tierra de quien le legó no sólo su apellido sino también los manuscritos de la poesía peruana más importante del siglo, además de muchos dolores de cabeza.
Pero la historia de Geogette y de la poesía inédita de Vallejo es otro capítulo en esta historia tan llena de contradicciones y situaciones que han contribuido a engrandecer, como si su sola poesía no bastara, la leyenda de Vallejo.








































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