La biografía de Santo Toribio de Mogrovejo es tan extraordinaria que hoy, a cuatrocientos años de su muerte, su vida sigue siendo tenida por ejemplar y su obra por espléndida. La deuda que el país tiene con él es para muchos desconocida.
Cuando niño, alguna vez en la mesa de mi padre oí decir a uno de sus invitados (monseñor por aquel entonces, hoy obispo) que el peruano que mayor daño le hizo a nuestra iglesia fue Ricardo Palma, en cuyas tradiciones uno podía encontrar toda clase de infamias y falsedades contra curas, monjas, y beatos. Qué distinto, en cambio, de otro que sin haber nacido en estas tierras la amó tanto que la recorrió palmo a palmo para conocer sus necesidades. “El afán apostólico de Santo Toribio era tan grande que ahí donde hubiera aunque fuese un solo indio, no importa una playa lejana o una quebrada distante, o un pueblito en el cerro más alto, se acercaba para preguntarle en quechua ‘¿Ya has sido bautizado, hijo mío?’. Y si la respuesta era negativa, ahí mismo se encargaba de impartirle el catecismo y bautizarlo personalmente”, contaba. Uno de sus muchos biógrafos lo llamó el ‘Sol del Nuevo Mundo’.>>> Seguir Leyendo... >>>
Si para los españoles del siglo XVI el Perú sólo representaba un lugar de batalla donde adquirir oro y riquezas, para este hombre, cuyo nombramiento declinó en un principio y que hubo de ser convencido por el propio rey de España, Felipe II, su nueva sede apostólica significaba un campo de lucha espiritual. Nacido en noviembre de 1538 como Toribio Alonso de Mogrovejo y Robles en la lejana Mayorga, en el reino de León, llegó al Perú en 1581, donde le estaba reservada para su gloria tareas más grandes y notables. A sus decisivos esfuerzos se debe, por ejemplo, la instalación de la primera imprenta en nuestro país, la que trajo el turinés Antonio Ricardo.
El Tercer Concilio Provincial Limense de 1582, y el primero de los tres que convocó, incidió en la necesidad de imprimir catecismos para la labor evangelizadora de la población indígena. Cuando un año después aprobó el texto definitivo de la “Doctrina Christiana y Catecismo para instrvcción de Indios” en castellano, quechua y aimará, la Audiencia de Lima hizo lo propio autorizando su impresión en julio de 1584. En él, Ricardo desplegó todo su arte utilizando viñetas, volutas y grabados que hacen de este primer libro impreso en el Perú una deliciosa obra de arte. Vargas Ugarte nos cuenta que mientras se imprimía la Doctrina Christiana, mandó manufacturar primero la “Pragmática de los Diez días del Año”, que regularizaba el cambio del calendario Juliano al Gregoriano, el salto del jueves -juliano- 4 de octubre al viernes -gregoriano- 15 de octubre de 1582, desapareciendo diez días. Pero Santo Toribio habría de tener un rol todavía más protagónico en la historia peruana, realizando trabajos cuyas consecuencias llegan hasta hoy.Consciente de la extraordinaria extensión de su arzobispado, que se extendía desde Lambayeque hasta Arequipa y desde Lima hasta Huánuco, Jauja y Huamanga, consultó al rey la conveniencia de dividirlo y sobre la base de sus propias recomendaciones, se erigió la diócesis de Trujillo, incorporando a ésta las provincias de Piura y Jaén que antes pertenecían a la de Quito. A este hecho, y a las tres visitas pastorales que realizó recorriendo y organizando su jurisdicción, se debe el origen de las circunscripciones políticas que asumiría la colonia y heredaría posteriormente la república peruana.
Precisamente, estas visitas pastorales lo forzaron a pasar sólo ocho de sus veinticuatro años como arzobispo en la ciudad de Lima, lo que le granjeó algunas críticas de parte de las autoridades virreinales. El resto del tiempo lo pasó viajando por el país. La primera de ellas, que inició en 1584 y en la que recorrió toda la sierra norte desde Lima hasta Cajamarca, pasando por Chachapoyas y Moyobamba, le tomó seis años. La segunda, cuatro, de 1593 a 1597, y otra vez hacia el norte, pero esta vez por la zona litoral de Ancash, Trujillo, Chiclayo y Lambayeque. La tercera, que inició en enero de 1605, quedó inconclusa por su muerte. En la segunda de ellas, antes de dirigirse a la costa, subió a la sierra de Lima y en el pueblo de Quive, Canta, confirmó a la edad de once años a quien luego sería conocida como Santa Rosa de Lima. Entre una y otra, realizó viajes a pueblos de Lima, Callao, Mala, Cañete, Chincha y Nazca. Si se quiere tener una idea de los resultados de sus visitas, recordemos el millón de personas que confirmó, las seis mil hostias que consagró o los cerca de treinta mil kilómetros que trajinó a lomo de mula.
Son abundantes los testimonios de su caridad, entrega y desinterés total por lo material. Es el hombre que vendió su biblioteca para pagar la dote de su hermana que deseaba entrar en un convento. El funcionario eclesiástico que antes de poner su firma a cualquier decreto que lo requiriese, anteponía la palabra gratis. En una ocasión, cuando se desató una terrible peste en la ciudad que causó innumerables muertos y enfermos, muchos de ellos pobres que abarrotaban los hospitales, le mandó decir a su cuñado que gastase todo su dinero en socorrerlos y que si faltaba, que pidiese prestado que luego él lo devolvería. En otra, un altercado gravísimo entre dos nobles limeños terminó con la condena a muerte de uno de ellos. Sólo el perdón del otro, que los ruegos de medio Lima no consiguieron, podía salvar de la ejecución al condenado. Ya a punto de realizarse el ajusticiamiento, el arzobispo de Lima fue a buscarlo, se arrodilló a los pies del ofendido y suplicó por su perdón como si fuera para él mismo obteniéndolo. Fue, además, el primer antitaurino del que se tenga noticia en estas tierras. Mandaba cerrar las ventanas de su casa cuando había corridas en la plaza, que es donde antes se hacían, y tenía a su familia prohibido asistir a ellas.Cuando murió, a las tres y media de la tarde del 23 de marzo de 1606, un Jueves Santo, en la Villa de Saña, dispuso que se repartiese entre los pobres lo que quedaba de su renta, todo lo que hubiera en su casa y el valor de los diezmos que recibía. Cuando su cuerpo llegó a la ciudad de Lima para ser enterrado en la Catedral, alguien mandó abrir el ataúd para contemplarlo por última vez. Se tuvo que pedir ayuda y contener a gritos a la multitud que llegó con tijeras para cortar el pontifical del muerto y llevarse una reliquia del que ya advertían venerable en vida. Una bula papal en 1726 confirmó sus sospechas declarándolo santo.
* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 4 de abril de 2006
* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 4 de abril de 2006


































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