¿Por qué difieren tanto los historiadores sobre un mismo hecho o proceso histórico?
Una de las lecturas más aleccionadoras de mi época universitaria fue sin duda Historia y Verdad, de Adam Schaff. Es la lectura que todo aspirante a historiador debe leer tanto al incio de su carrera como a lo largo de ella. Cómo muchos recordarán, el libro trata de responder a una cuestión aparentemente simple, y que de alguna manera también preocupa a los buenos reporteros: ¿Es psoible la verdad objetiva de los acontecimientos? Según Schaff, "los historiadores 'en la medida en qué difieren' no tienen la misma visión del proceso histórico; dan imágenes distintas, y a veces contradictorias, del mismo y único hecho. ¿Por qué? La respuesta a esta cuestión constituye lo esencial de la presente obra". Es entonces cuando empieza a desmenuzar, una por una, en las primeras 70 páginas de su genial introducción, las hipótesis de cada uno de los principales historiadores que se han ocupado de los razones de la Revolución Francesa. Cuando llega a las tesis de Alexis de Tocqueville, expuestas en su "El Antiguo Régimen y la Revolución", Schaff llega a calificar de 'las más bellas páginas de la politología' la explicación que Tocqueville hace de los acontecimientos:
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"La Revolución na ha sido de ninguna manera un acontecimiento fortuito. Cierto que ha cogido a todo el mundo desprevenido; sin embargo, no fue más que la culminación de un largo trabajo; era el final repentino y violento de una obra en la que habían trabajado diez generaciones. Si no hubiera tenido lugar, el viejo edificio social se habría desmoronado igualmente, en unas partes más pronto, en otras más tarde; sólo que habría caído pieza por pieza en lugar de derrumbarse todo simultáneamente...
No siempre se cae en la revolución cuando se va de mal en peor. Lo que ocurre con más frecuencia es que un pueblo después de haber soportado las leyes más agobiantes sin qiejarse y como si no las sufiera, las rechaza violantamente a partir del momento en que se aligeran. El régimen que una revolución destruyó casi vale más que el precedente, y la experiencia enseña que el momento más peligroso para un mal gobierno ordinariamente es aquel en que empieza a reformarse... El mal que sufre pacientemente como inevitable parece insoportable cuando se concibe la idea de sustraerse al mismo. Todo cuanto entonces se quita de los abusos parece poner más en evidencia lo que aún resta y hace el sentimiento más acuciante: cierto que el mal ha disminuido, pero la sensibilidad es más aguda. El feudalismo contodo su poderío nunca inspiró tanto odio como en el momento en que iba a desaparecer. Las más pequeñas arbitrariedades de Luis XVI parecían más difíciles de soportar que todo el despotismo de Luis XIV".








































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