Por Jorge Moreno MatosRazones para asistir a talleres de cómo no hacerse escritorA la señora Sara Liendo
Escribir resulta un arte además de difícil, muy duro de aprender. Y más duro es aún cuando se ha tenido la fortuna de tener los profesores que tuve yo en la escuela, primero, y en la universidad después.
En la escuela secundaria, mi profesora de lengua y literatura fue la mejor profesora que uno puede tener cuando se empieza a descubrir el mundo de los libros. No sólo fomentaba en sus alumnos el amor y respeto a las grandes obras de la literatura universal, sino que además alentaba y promovía cualquier asomo de invención en ellos por ínfimo que fuese su talento, como ocurría la mar de veces. Una historia que cuento siempre cada vez que alguien me pregunta por qué me hice historiador, la dibuja de cuerpo entero.
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En el último año de estudios, el año en que descubrí los mejores libros que he leído en mi vida, le pregunté si conocía a un tal Vargas Llosa y si tenía algún libro de él que pudiera prestarme. Me dijo que sí y que volviera al otro día. Cuando lo hice, puso en mis manos un paquete que contenía tres de sus mejores novelas y un libro que cambiaría mi vida para siempre: las “Conversaciones con Basadre” de Pablo Macera. Nunca le he preguntado porque me regaló ese libro, pero lo cierto es que ese día me hice dos promesas que no he logrado cumplir del todo: escribir novelas y hacerme historiador. Esta es la persona que, después de tantos años, cada vez que publico alguna nota o artículo me llama o escribe para decirme que la ha leído, provocando en mí ese pavor que sentía cada vez que le entregaba mis trabajos escolares. Y digo que vuelvo porque sé que su mirada experta encontrará en cada párrafo, en cada línea que tanto trabajo me costó construir un sustantivo mal utilizado o un adjetivo demás que yo no supe detectar a tiempo. Y como si esto fuera poco, vino luego la universidad.
En ella conocí a un profesor que tenía la rara virtud de prestar sus libros por montones a sus alumnos sin el menor temor a perderlos, así que gracias a él leí mucho y bien. Este profesor poseía el raro talento de la brevedad al escribir, lo cual ya es mucho decir. Como Azorín, podía comunicar muchas cosas con pocas palabras, lo cual resultó terrible a la hora de elegirlo como modelo y mentor, que fue en lo que finalmente se convirtió para mí. No sé si con todos sus discípulos fue igual, pero conmigo tuvo la generosidad de obsequierme una inestimable clase de estilo y honestidad intelectual que ha marcado mi trabajo desde entonces: "Ya otros han escrito con mejor talento lo que tú quieres escribir. Así que no escribas nada sino tienes algo nuevo que decir y ve directo al grano". Hoy, en su venerable ancianidad, ya no escribe mucho, pero sigue siendo mi maestro, mi guía y, sobre todo, mi amigo. Lo único, como discípulo, que puedo reprocharle es que él, al igual a su vez que su maestro Raúl Porras, nos dejará impaga la enorme deuda del gran libro que su inmenso conocimiento nos debe y que no escribió porque tuvo que desperdiciar su enorme talento dictando clases para ganarse la vida (incluso los sabios tienen que comer). Unas clases que tuve el privilegio de compartir con jóvenes que desde el primer instante sabían que estaban ante un gran historiador y como tal lo trataron en todo momento. Él también me llama para decirme, cada vez que publicó algo, la frase más terrible que pueda yo oír: “leí tu nota”.
Tratando de exorcizar estos fantasmas de estilo, no sé en que momento de mi vida fui a caer en el vicio (o en las garras sería mejor decir), de los talleres de escritura. He asistido a tantos que no sólo he perdido la cuenta, sino que además he llegado a una conclusión que en realidad es una gran y desoladora pregunta: ¿Se aprende verdaderamente a escribir en estos talleres?
El último al que asistí lo dictó Juan Villoro, extraordinario escritor y periodista mexicano, autor de unas crónicas que luego de su lectura me han confirmado lo que me viene dando vueltas desde el primer día que inicié este blog: que se puede ser historiador o sociólogo sin estar obligado a escribir con ese lenguaje académico, recargado y acartonado que tanta mala fama de aburridas le han dado a la historia y a la sociología (siendo tan entretenidas como son), haciéndole perder los miles de lectores que ambas merecen. Fue un taller con tantas verdades y cosas claras de por medio que en lo primero que pensé cuando oí hablar a Villoro de los entresijos para escribir una crónica, fue en la experiencia frustrada de mi primera comisión como periodista cultural (la única que en realidad tuve) y que se fue por el sumidero de la vergüenza por mi torpeza de bisoño redactor y que hoy, oyéndolo, me pregunto si fue el destino que hizo que nunca escribiera la crónica sobre una crónica frustrada por las mismas razones que ahora él exponía.
Hace muchos años, el profesor del que ya les hablé me consiguió una plaza en la redacción de un diario local. Como era estudiante de historia, a mi jefe se le ocurrió enviarme a entrevistar a una conocida y reconocida historiadora que acababa de publicar un nuevo libro. Acudí a la cita seguro de mí mismo preparando cada pregunta, releyendo sus libros, revisando sus entrevistas anteriores y memorizando cada una de sus respuestas y teorías. Como la entrevista también me la consiguió él, apenas saludarla hice hincapié en la amistad entre mi profesor y yo y ese fue mi gran error. Supo que podía hablar en confianza. De un momento a otro, en los minutos previos a la conversación que debíamos sostener surgió el nombre de Garcilaso y fue entonces cuando la doctora Jeckyll se transformó en la señora Hyde. Comenzó a utilizar los más duros adjetivos para referirse a nuestro cronista. Lo llamó ‘mentiroso’, ‘miserable’ y ‘canalla’. Atónito, lo único a lo que atiné fue a decirle que los garcilasistas… “¡Los garcilastas, nada!”, me cortó en seco. “Todos son tan falsos como Garcilaso y mejor no te cuento lo que sé de ellos porque sino te quedas mudo de espanto”. “¿Y qué es lo qué sabe?”, le pregunté. “Bueno, para empezar… pero tú venías a otra cosa - se interrumpió a sí misma -. Mejor empecemos con la entrevista”. Hoy está de moda ser iconoclasta e irreverente con todo, sobre todo con los grandes héroes o santos tutelares del panteón nacional, pero por aquella época esto era impensable, así que yo creí ingenuamente en ese instante que tenía la gran noticia de la semana en mis manos.
Cuando eche a andar la grabadora volví sobre Garcilaso y, para mi sorpresa, la doctora Jeckyll regresó de adónde la había enviado la señora Hyde. Habló en los mejores términos del autor de los ‘Comentarios Reales’. Señaló uno que otro error u omisión por parte del cronista sin llegar a acusarlo de nada. Insistí con dos o tres preguntas para ver si volvía la señora Hyde, pero fue inútil. Ante mi continua insistencia por su retorno, la doctora dio por terminada la entrevista de muy mala manera. Salí con la convicción de que además de sus ecuánimes respuestas, llevaba en la grabadora una bomba de tiempo, sin saber que la bomba estallaría en la redacción. Cuando me preparaba a transcribir la entrevista caí en la cuenta de que, sabe dios por qué, no había grabado más que tres o cuatro minutos de conversación. El resto era humo, polvo, nada. ¿Qué había pasado? Sencillamente no había funcionado.
Por eso aquellas dos mañanas que compartí con decenas de aspirantes a cronistas, las palabras de Villoro no hacían más que devolverme una y otra vez el recuerdo bochornoso de mi prehistoria periodística, de mi frustrada carrera como cronista cultural.
De entre las muchas cosas que dijo, nomás empezar y ante la pregunta de ¿cuáles son los límites de la novelización en la crónica?, estaba aquello de que ‘novelizar’ tiene sus límites: no siempre es posible verificar los datos. Citaba como ejemplo el de una periodista española que había escrito, novelizando su texto, que el juez Baltazar Garzón decidió, mientras se amarraba los cordones de los zapatos, arrestar a Pinochet. ¿Se lo contó Garzón? ¿Estaba ella o alguien ahí para dar fe de esa decisión? Como éste, conozco decenas de ejemplos que proliferan en las páginas de nuestros diarios (hay cada escriba que alucina cada cosa). En otras palabras, la crónica tiene que ser verificable, la novela no. Entonces, ¿podía escribir yo mi crónica sobre la más acérrima antigarcilasista si no existía grabación alguna que certificara sus desmadres? No. Punto para Villoro.
Luego vino una verdad que no por evidente deja de ser menos desoladora todavía: toda crónica debe estar planteada desde donde está escrita; es decir, debe estar escrita en primera persona, nunca en tercera persona. Además debe decir, de manera implícita, cómo se escribió. ¿Cómo puedo yo decir, reconocer, que todo lo que iba a leer el lector era fruto, no tanto ya de mi imaginación sino de mi buena memoria, que vaya que la tengo? ¿Cómo consignar que la más reconocida y respetada de las historiadoras del país tenía un genio del demonio? ¿No era mejor contar la historia de un despistado que perdió la oportunidad de su vida por no hacer lo mínimo que hace hasta el más torpe estudiante de periodismo, revisar las pilas de su grabadora? No, porque eso sería escribir cínicamente y ya sabemos que eso no forma parte de nuestro oficio. Otro punto para Villoro. Y podrían ser más, pero ya me cansé de darme palos a mí mismo.
Ahora, luego de rememorar el testimonio lúcido de quien se asemeja mejor que nadie al ideal de cronista que me gustaría algún día llegar a alcanzar, sé con mayor convicción, de manera absoluta y definitiva que si hay algo para lo que los talleres de escritura no te preparan nunca ni te dan fórmulas salvadoras es para el ojo censor de tus maestros y de tus modelos. (Ojalá que Villoro no lea nunca esta crónica. Y tampoco la doctora Jeckyll, claro).