A mediados del siglo XIX se desató la fiebre del oro en California, que atrajo a sus territorios no sólo a aventureros de todos los rincones del mundo, sino también a muchos hombres que con sus familias llegaron hasta ahí deseosos de convertirse en nuevos ricos de la noche a la mañana. La de California es la más conocida, pero lo cierto es que hubo muchas a lo largo del siglo XIX y las características de cada una de ellas fue determinante en el desarrollo o configuración de las sociedades en donde se produjeron. Por otro lado, y contrario a lo que pudiera creerse, hubo muchos latinoamericanos que se contagiaron de esta fiebre y formaron grandes grupos por nacionalidades, en campamentos a los que les daban generalmente nombres fácilmente identificables, como fue el caso del campamento ‘Chilecito’, que reunía a los de esta nacionalidad. Uno de estos fue Joaquín Murieta, oriundo de Valparaíso, que luego de una serie de trágicas contrariedades, terminó convertido en forajido al más puro estilo del viejo Oeste. Inspirado en su memoria, sus desgracias y ‘el pago de los gringos’ como él sufrían, Pablo Neruda escribió en 1967 una obra teatral para la cual escribió una introducción. Su texto, que ahora rescatamos, no sólo rezuma poesía e historia, sino también ese aire de rebeldía que inunda toda su obra.
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“Yo escribí un libro grande con versos, lo llamé ‘La Barcarola’, y era como una cantinela, yo picaba aquí y acá en mis materiales, de los que dispongo, y éstos son a veces aguas o trigos, sencillas arenas a veces, canteras o acantilados duros y precisos, y siempre el mar con sus silencios y sus truenos, eternidades de que dispongo aquí cerca de mi ventana y alrededor de mi papel, y en este libro hay episodios que no sólo cantan sino cuentan, porque antaño era así, la poesía cantaba y contaba, y yo soy así, de antaño, y no tengo remedio, bueno, aquel día piqué el pasado, salió polvo como de terremoto, voló la pólvora y apareció un episodio con un caballo con su caballero y éste se puso a galopar por mis versos que son anchos ahora, como rutas, como pistas, y yo corrí detrás de mis versos y encontré el oro, el oro de California, los chilenos que lavan la arena, los buques repletos desde Valparaíso, la codicia, la turbulencia, las fundaciones y este chileno vengativo y vengador, descabellado y sonoro, entonces me dijo mi mujer, Matilde Urrutia, pero si esto es teatro, ¿teatro? le respondí, y yo no lo sabía, pero ahí lo tienen, ustedes, con libro y con escenario vuelve Murieta, se cuentan sus rebeliones, y las hazañas de chilenos agrestes que con patas de perro se soltaron hacia el oro, se apretaron los cinturones trabajando en cuanto cosa y cosita pudieron para recibir después el pago de los gringos: la soga, la bala y cuando menos el puntapié en la cabeza, pero no sufran, porque además hay el amor, con versos que tienen rima como en mis mejores tiempos y de un cuantohay, hasta cuecas, con música de Sergio Ortega, y además Pedro Orthous, famoso director de escena, metió su cuchara y aquí cortaba y acá me pedía un cambiazo, y si protestaba aprendí que así hacía con Lope de Vega y con Shakespeare, les meten tijera, los modifican para ustedes, y yo soy apenas aprendiz de teatrero y acepté para que volviera Murieta, para que volara Murieta, como en los sueños, a caballo y con banderita chilena, ¡Viva Chile, mi hermosura!”, y que vuele con caballo y todo como un meteoro que regresa a su tierra porque yo lo llamé, lo busqué entre los materiales, cavando en mis trabajos día a día, frente al mar océano, y de repente saltó el bandolero y echaba chispas de fuego su cabalgadura en la noche de California, le dije, asómate, acércate, y lo hice pasar por la carretera de mi libro para que galopara con su vida y su drama, su fulgor y su muerte, como en un sueño cruel, y esto es todo, este es mi cuento y mi canto”.

Pablo Neruda
Isla Negra, setiembre de 1967.

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