El "loco del martillo" que aterrorizó Venecia durante dos semanas en junio del 2004, destrozando sin explicación alguna invaluables obras de arte, devolvió del baúl de la memoria un nombre: Laszlo Toth. En 1972 este desequilibrado atacó a martillazos la más hermosa y emblemática de las obras de Miguel Angel, La Piedad, la representación de María sosteniendo el cuerpo de su hijo muerto, golpeando la cara y el cuerpo de la Virgen, y dañándole la nariz, el ojo izquierdo y un brazo. ¿Fue sólo el acto demencial de un desequilibrado o, como se dijo, la expresión de una nueva corriente de pensamiento artístico? ¿Es posible aceptar un manifiesto político detrás de tan vergonzoso acto?
Cuando Miguel Angel esculpió La Piedad tenía 23 años, una edad en la que muchos no saben todavía qué hacer con sus vidas. Estaba tan orgulloso de su escultura que fue la única de todas las que hizo que firmó con su nombre completo: Michael Angelus Bonarotus Florent. Casi quinientos años después, aquella espléndida obra de arte estuvo a punto de perderse irremediablemente después del irracional ataque de Toth si no fuera por dos casualidades del destino: durante su restauración se recurrió a una copia de yeso realizada en 1964 y a las más de 3000 fotografías que se le tomó años antes, desde todos los ángulos y planos, para realizar un viaje para una exposición en Estados Unidos.
Al ser sometido por los guardias y algunos de los presentes, alguien alcanzó a preguntarle asombrado a Toth por qué lo había hecho. "¡Yo soy el verdadero hijo de Dios!", era lo único que vociferaba. Lo sorprendente vino después. Hubo quienes no sólo justificaron su acto sino que además la manera en que fue restaurada posteriormente fue el argumento que esgrimieron para afirmar que éste había actuado correctamente. Pero, ¿quién era Laszlo Toth? ¿Cuál fue el significado de su acto?
Este enajenado, un biólogo húngaro de 31 años residente en Australia, no era nadie antes de su crimen y lo fue todo después de él. Se convirtió en el icono de una corriente que rechazaba la institucionalización del arte, el consumo antes que la contemplación. Ganó admiradores por su absurda infamia. Hasta un reconocido poeta colombiano, Premio Nacional de Poesía, representante del antiacademicismo y la contracultura de su país, proclamó su admiración por él, lo llamó "mi anti-ídolo". Peor aún, a partir de ahí surgió una corriente de pensamiento que todavía hoy, por las noticias que llegaron de Venecia la semana pasada sobre el "loco del martillo", parecía seguir teniendo adeptos: ¡No más grandes obras de arte! Pero no sería el único. Su insensato acto se convertiría en credo.
¿Quién es Karen Eliot?
Para muchos, al igual que el de Laszlo Toth, el nombre de Karen Eliot puede no significar nada. Y de hecho es así porque no es nadie. Karen Eliot es una y mil personas a la vez. Un nombre que han ido asumiendo, sucesivamente, artistas de diversas nacionalidades en Internet hasta convertirse en un nombre múltiple a disposición de todo aquel que quiera utilizarlo. Su finalidad: acabar con el mito del artista creador individual. De ahí su acendrado odio a las obras de arte más sublimes: llevan firma. Como esta, existen decenas de historias en la red.
A 'Karen Eliot' le debemos, precisamente, la 'sustentación teórica' del ataque de Toth y que hoy pareciera tomar nuevamente actualidad. Fue esta artista múltiple la que preconizó y dio forma al manifiesto "No más obras maestras", la partida de bautizo de esta guerrilla mediática de terrorismo cultural, con tanto éxito que incluso existe una Enciclopedia de Terrorismo Cultural en Internet que, fiel a sus principios, cambia constantemente de dirección y en la que se puede encontrar todas las referencias a la contracultura, los okupas y al Noismo (la negación de todos los 'ismos'). Laszlo Toth es una de sus entradas. Que no nos sorprenda que Antonio Benacchio, su reciente discípulo, con sólidos conocimientos artísticos y religiosos (fue empleado del ayuntamiento de la ciudad), y que estaba bajo tratamiento psiquiátrico, figure muy pronto en ella.
Los postulados de esta "corriente de pensamiento" germinaron sus frutos. En 1991, otro "desquiciado", un pintor frustrado llamado Piero Cannata, la emprendió contra el David, también de Miguel Angel, destrozando el pie izquierdo de la escultura. La primera de cuatro fechorías contra obras maestras del arte que han hecho de él un auténtico terrorista cultural, un asesino en serie del arte. ¿Qué es lo que pasa por la cabeza de un ser humano que es capaz de semejantes abominaciones? El mismo lo explica: "Para mí, el arte no existe. Dar un martillazo al David de Miguel Angel es como aplastar con el pie una vulgar cajetilla de cigarrillos".
Pero tal vez, de todas las ideas de estos subversivos del arte la más audaz, la más temeraria sea la de defender el plagio.
¡Viva el plagio!
De acuerdo al Manifiesto antes mencionado, "el plagio es necesario". Intenta abolir la tiranía del "copyright", los derechos de autor. Una negación total de la propiedad de las ideas que trata a éstas como vulgares mercancías. El plagio para estos contestatarios es revolucionario porque "desenmascara y refuta, de una vez por todas, el individualismo burgués". Por eso la justificación de la atrocidad de Toth, Benacchio y sus partidarios. Y fue precisamente la restauración de La Piedad, como se dijo, lo que sirvió de base a tan discutibles argumentos.
Durante su restauración, los especialistas se guiaron por la copia en yeso de 1964 y que incluso hoy es exhibida como un original. ¿En qué se diferencia de la auténtica dicen ellos? ¿La firma del artista? Todavía hoy causa bochorno la exhibición durante días de un Morandi en la Galería Uffizi como si se tratase de un original, hasta que un insignificante suceso puso en evidencia la falsedad del cuadro: se cayó al suelo y al recogerlo vieron detrás un mensaje del ladrón: "Gracias, siempre me ha gustado Morandi".
Crímenes sin nombre
Los atentados contra obras de arte o restos arqueológicos, en otra perspectiva, no son nuevos.
En 1914 una sufragista entró en la Galería Nacional de Londres y acuchilló la “Venus del Espejo” de Velázquez, enojada por la banalización de la imagen femenina. Semejantes ataques de arma blanca sufrieron también obras de Durero e incluso la “Mona Lisa” de Leonardo da Vinci. El primero de ellos es tal vez quien ha sido víctima del más salvaje de los atentados de terrorismo cultural: dos botellas de champán llenas de un potente corrosivo acabaron en 1988 con tres de sus pinturas. Jamás pudieron ser restauradas.
Y más recientemente todavía están frescos en nuestra memoria la imagen grotesca e incomprensible de los soldados talibán disparando hasta destruir por completo los budas gigantes en Afganistán.
Nuestro país no ha estado exento de esto. Basta recordar el atentado contra el candelabro de Paracas por parte de una secta hace años y la reciente agresión a la piedra de los doce ángulos en el Cusco, entre muchos casos más. La lista de "accidentes" es todavía mucho más larga. Y la de robos… esa es otra historia.
* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 16 de julio de 2004