Ante la muerte de José Antonio Del Busto
El pasado 25 de diciembre falleció en Lima el historiador José Antonio del Busto. En su momento, ERH quiso hacer la respectiva nota necrológica pero el tiempo y las obligaciones lo sustrajeron de escribirla. Sin embargo, no quiere dejar de rendirle homenaje y recurre, una vez más, a La Tijera para hacerlo. En esta oportunidad reproducimos la emotiva nota que mi maestro, Héctor López Martínez, escribió en el diario El Comercio.
Por Héctor López Martínez
Historiador
Con el valor que nunca le faltó, José Antonio del Busto hizo frente durante más de una década al mal que, finalmente, lo venció el 25 de diciembre último. Antuco, como lo llamábamos sus amigos, fue un personaje irrepetible. No es una frase trillada, un tópico, sino una realidad que pudimos comprobar en las más diversas circunstancias quienes le conocimos desde hace más de medio siglo. El día del sepelio, en el Instituto Riva Agüero, que fue escenario de su trayectoria académica desde alumno y luego profesor, para terminar dirigiendo durante seis años esa prestigiosa institución, sus amigos, alumnos y nuestro común maestro, José A. de la Puente, dijeron cosas muy ciertas, honrosas y justas sobre las altas calidades intelectuales y morales de un hombre que dedicó su existencia a la enseñanza en las aulas y también desde sus numerosos libros.
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Nos conocimos en 1954, en el Seminario de Historia, y él ya había regresado de su primer viaje de investigación en el Archivo de Indias, en Sevilla. Tenía muy claro que lo suyo era el estudio del siglo XVI, la Conquista, esa etapa dolorosa y sangrienta que forjó la esencia de nuestra peruanidad: el mestizaje. Por entonces estaba decidido a escribir la biografía de Francisco Pizarro y para ello no solo leía detenidamente las crónicas quinientistas sino también había hecho una fructífera búsqueda documental en el Archivo hispalense y en otros repositorios españoles. En 1957 partió a su segundo viaje a la entrañable ciudad del Guadalquivir y yo le seguí poco después. Vivimos juntos en la residencia de estudiantes de la calle Alfonso XII y tomábamos el viejo y bamboleante tranvía número 8 para ir y regresar del archivo.
Con Antuco viajamos por muchos pueblos de las provincias de Sevilla, Huelva y Cádiz. Años más tarde estuvimos en Madrid para luego desplazarnos por Extremadura, donde ambos habíamos estado antes, pero en diferentes fechas. La pétrea y monumental Cáceres nos deslumbró nuevamente, aunque nuestro objetivo era Trujillo, la cuna del marqués gobernador que recorrimos minuciosamente. Estuvimos en el viejo castillo y también en la Zarza. Antuco tomaba apuntes recorriendo aquellos lugares vinculados con el fundador de Lima, sus hermanos, ascendientes y descendientes. En Badajoz abordamos un avión con destino a Madrid. El viaje fue singularmente accidentado. Los motores emitían unos ruidos alarmantes y hasta llegar al aeropuerto de Barajas estuvimos con los cinturones puestos. No hablamos una sola palabra, solo rezábamos.
Juntos estuvimos también en Valladolid, Córdoba -donde por cierto visitamos la capilla del Inca Garcilaso de la Vega-en Granada, donde me ayudaba con sus delgados pero fuertes brazos para vencer obstáculos en razón de mi problema motriz, pues no quería que me privara de nada.
Con el paso de los años la amistad se hizo cada vez más grande y participaba muy estrechamente de ella Carlos Deustua Pimentel, quien se nos adelantó en el viaje sin retorno. Antuco se casó con Teresa Guerín, mujer inteligente, culta, generosa, virtudes que también posee Teresa Landázuri, esposa de Carlos Deustua. La verdad es que no todo fue entre nosotros cordial y fraterno. Tuvimos desencuentros. Antuco blasonaba de terco y me temo que yo también lo soy. Lo que nunca conocimos fue el rencor. No hacían falta explicaciones ni disculpas para volver nuevamente a ser más amigos que antes. Era suficiente un abrazo.
En los últimos meses hablé con Antuco casi todos los días hasta que pudo hacerlo. Ahora, con el cariño más grande, le escribo estas líneas. ¿Cómo terminarlas? Creo que lo mejor será recordar la letra de una sevillana que nos gustaba mucho y que Antuco bailó garbosamente en la Feria de 1959. Aquella que decía: "Algo se muere en el alma cuando un amigo se va...".
Publicado en el diario El Comercio, 28/12/2006








































Conoci a Antonio del Busto en el nido Kinderland ,conducido por su esposa,Teresa Guerin.Mujer culta,de fuerte carácter,estimada por todos los padres de los niños.Me ha sorprendido que nunca mencionara que era chilena.Esta incluída en un árbol genealógico sureño y figura como nacida en Santiago...nadie sabe quién es quien.
Descansa en paz Del Busto, sus alumnos de la Catolica siempre lo recordaran aunque no hayan estado de acuerdo con sus ideas historicas y les haya parecido que mas bien eran una justificacion historica del actual orden social peruano.