La Biblioteca Nacional en 1860

Un testimonio que desmiente que la existencia de cerca de 50 mil libros en la antigua Biblioteca Nacional es un 'invento de poetas borrachines'


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El día de ayer sábado el periodista César Hildebrandt publicó en su columna del diario La Primera lo siguiente: "Hace pocas horas, el director de la Biblioteca Nacional, Hugo Neira, dijo que la cantidad de '50 mil libros' saqueados por la soldadesca chilena en 1881 'era un invento de poetas borrachines que se reunieron en el Huáscar' ". He tratado de encontrar las declaraciones del Director de la Biblioteca Nacional, pero no he logrado precisar dónde y qué exactamente fue lo que dicen que dijo, ya que me resisto a creer que un intelectual de la talla de Hugo Neira, con una cultura impresionante como la suya, haya cometido semejante desliz y, peor aún, en los términos en que lo hizo. Algo simplemente impensable en él. Debe tratarse, muy seguramente, de una confusión que el propio Neira se encargará, en su debido momento, de aclarar por su bien y el de la propia Biblioteca Nacional. Porque no sólo se está negando un expolio que de ninguna manera constituye un enigma histórico o algo por el estilo, sino que además, de ser ciertas sus palabras, está minimizando el mayor atropello sufrido por la institución que dirige, con lo cual deslegitima su propia posición en el cargo que ocupa. Y niega el legítimo derecho que tienen todos los que se sienten insatifechos por el 'gesto amable' de Chile a exigir más que una devolución, una disculpa histórica que nadie ha creído necesario reclamar o exigir. En todo caso, transcribo aquí un informe del diario El Comercio publicado 20 años antes de la guerra, en 1860, que señala que ya por aquel entonces la Biblioteca Nacional contaba con 30 mil volúmenes y que reseña, además, los mismos problemas, estrecheces económicas y abandono oficial que sufre desde siempre. Algo que, como hombre culto e historiador de fuste que es, sabe muy bien el propio doctor Neira. Lo repetimos, seguramente se trata de un error, un malentendido o alguna transcripción mal hecha. Neira, el discípulo predilecto de Raúl Porras, no puede haber dicho semejante desatino.


Lima. Crónica de la capital
Biblioteca Nacional (*)


Un establecimiento tan importante como la Biblioteca de Lima, debiera ocupar de preferencia el cuidado no sólo de los hombres de letras, sino también de parte de la administración. No es tan escaso como pudiera creerse el número de ejemplares con que cuenta, puesto que pasa de 30,000 volúmenes; pero a pesar de esto y de que su respetable bibliotecario se esmera en hacerla progresar cuanto le es posible, no llegará por cierto a ocupar el puesto a que está llamada en Sud-América, si el Ministerio de Instrucción no le presta su apoyo siquiera por el honor nacional.

No hace mucho tiempo que después de un largo litis sostenido por el señor Bibliotecario con los padres de la Congregación de San Felipe Neri, se declaró de la pertenencia de la Biblioteca un hermosísimo salón, cuya techumbre puede rivalizar con la del Senado por su magnífica construcción artística. Para ponerlo en comunicación con aquella, colocar buenas estanterías de fierro y darle un aspecto brillante a ese establecimiento nacional, no se gastaría por cierto la décima parte de lo que se emplea en sostener la armada. Sin embargo, nada se hace respecto de las mejoras que tanto ha menester ese local olvidado con tanta injusticia.

Lo que decimos respecto de la parte material del edificio puede aplicarse con fundamento sobrado a las colecciones de obras que allí se encuentran. La negligencia, el descuido o acaso la demasiada tolerancia de los anteriores bibliotecarios, ha contribuido en gran parte a perder muchas obras interesantísimas, cuyos nombres se ven en el antiguo catálogo, pero que no se encuentran en la Biblioteca. ¡Y para subsanar estas pérdidas lo mismo que para comprar las nuevas, no se destina ni la cuarta parte de la renta que se paga a un coronel del ejército.

En Lima tenemos algunos depósitos de preciosos manuscritos que se perderán irremediablemente, carcomidos por la polilla, sin que ninguna persona haga uso de ellos, y que estarían mil veces mejor colocados en la Biblioteca a disposición de todo el mundo. En el convento de San Agustín se conservan todavía muchos, muy buenos y muy interesantes repertorios, que acaso darían una luz inmensa sobre la historia literaria, política y religiosa del coloniaje. En el convento de Santo Domingo tenemos entendido que sucede lo mismo. Aun en los archivos de nuestras Cortes existen documentos inéditos, causas célebres, que allí de nada sirven desde que nuestra legislación ha cambiado. Pero todos estos depósitos son como el lugar sagrado adonde no le es permitido introducirse al paria que desea conocer los datos curiosísimos de nuestros antiguos anales. ¿Y que costaría ponerlos a disposición de todos?

Si el señor Ministro de Instrucción quisiera dar mayor impulso a la Biblioteca Nacional, haciendo abstracción por un momento de las tareas que naturalmente le rodean, haría un verdadero servicio a la juventud estudiosa y a la Nación, ordenando que los archivos de que hablamos fuesen puestos inmediatamente en la Biblioteca, para acopiar en ella todos los luminosos datos que suministran a los que se consagran al estudio. En esto no se gastaría sino un pliego de papel y una firma. Entre tanto los hombres que viven del estudio en el país, ya que no tienen ningún estímulo, hallarían copiosos materiales donde trabajar en su provecho y en el de la patria.

* Publicado en el diario El Comercio, el 9 de agosto de 1860.

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