La cultura republicana de la desidia

A propósito de la devolución de libros de Chile al Perú

Por Javier Lozano Yalico
Licenciado en Historia UNMSM


Luego de haberse anunciado por todos los medios de prensa el retorno a la Biblioteca Nacional del Perú por parte de las autoridades chilenas de 3,788 volúmenes los cuales fueron extraídos por las milicias sureñas durante la invasión de Lima de 1881, el debate local se suscitó, primero, en torno a la verdadera cantidad de libros que fueron remitidos a Santiago y, seguidamente, en relación al papel moral que le cupo al ejército y gobierno chilenos de ese entonces.
>>> Seguir Leyendo... >>>

Expresiones como las del actual director de la Biblioteca Nacional Hugo Neira quien señaló que la decisión chilena constituye “un gesto de buena voluntad” o la del canciller García Belaúnde “ya no quedan libros peruanos en las bibliotecas de ese país” llevaron a César Hildebrandt a escribir furibundos artículos en los cuales pugna el periodista por precisar la verdadera cantidad de libros extraídos. Se dice fueron 45,000. Sabemos que la restitución de tamaña cifra de textos sería lo ideal dado que de esa manera los peruanos, en particular, obtendríamos una reparación espiritual propicia para estos tiempos tan sombríos y el mundo, en general, refrendaría aquello de que la cultura no tiene calificación de botín de guerra. Pero pregunto: ¿es todo esto suficiente?

Lo que no se ha reflexionado -ya que es utilidad de la historia tomar acciones correctivas una vez asumidas las consecuencias de los actos pasados- es sobre la responsabilidad previa de la nación peruana mucho antes incluso de que se vislumbre siquiera un asomo de conato con Chile. Se trata de la endémica cultura de la desidia tan presente en nuestra vida republicana. Gracias a un dato manuscrito legado por el historiador Raúl Porras Barrenechea y que aparece al margen de una de las páginas de sus Fuentes Históricas Peruanas (Lima, 1955), texto que se conserva en el Instituto de Altos Estudios que lleva su nombre, pude tener a la vista la reprografía de una crónica aparecida en el diario El Comercio de fecha 9 de agosto de 1860.

En ella el redactor expresa muy agriamente sus ideas. Dice: “Un establecimiento tan importante como la Biblioteca de Lima, debiera de ocupar de preferencia el cuidado no sólo de los hombres de letras, sino también de parte de la administración”.Seguidamente precisa: “No es tan escaso como pudiera creerse el número de ejemplares con que cuenta, puesto que pasa de 30,000 volúmenes”.

Para 1860-1862, cuenta Basadre en su Historia de la República del Perú, los gastos fiscales fueron excesivos al punto de que ni siquiera se podía cumplir con los sueldos y pensiones. Y esto a pesar de que en 1855 el “expendio de guano alcanzó considerable amplitud”. Por eso, bien hablaba el historiador tacneño de la época de la prosperidad falaz; para el caso específico: a pesar de los ingentes ingresos obtenidos, los gobiernos beneficiarios jamás supieron destinar las partidas correspondientes a la buena edificación del local de la Biblioteca Nacional, de allí que el Decano de la prensa advirtiera la pérdida de importantes documentos: “La neglijencia, el descuido ó acaso la demasiada tolerancia de los anteriores bibliotecarios, ha contribuido en gran parte á perder muchas obras interesantísimas, cuyos nombres se ven en el antiguo catálogo, pero que no se encuentran en la Biblioteca”, además muchos manuscritos se perderán “carcomidos por la polilla”.

Como se puede apreciar, la desidia estatal es endémica en el Perú. Chile buscó atesorar lo que de origen no tenía. “Nadie valora lo que tiene hasta cuando lo pierde” predica la sabiduría popular. Luego, el Perú comenzó a añorar, a edificar otra vez la memoria del bien perdido para citar al Inca Garcilaso de la Vega. Por eso, la polémica de hoy en día debe volver, como en 1860, sobre la verdadera misión del Estado en relación al correcto cuidado de los bienes culturales del país. Se trata de que la historia, al menos en esos aspectos, no se repita. Que no vuelvan a ocurrir hechos de lesa cultura los cuales alcanzaron su pico más alto con el incendio de la Biblioteca del 10 de mayo de 1943 (recuérdese que por este hecho el ya citado Basadre dijo en La Vida y la Historia que “En el banquillo de los acusados por delito de omisión debe ser puesto el Estado, a través de muchos años y de varios gobiernos…”) pasando por el tráfico en el mercado negro de documentos coloniales y republicanos sin olvidar las continuas inundaciones del local del Archivo General de la Nación en el sótano del Palacio de Justicia. No esperemos que surjan los bibliotecarios mendigos, logremos más bien que nuestro patrimonio cultural, en toda su magnitud, obtenga los recursos estatales necesarios porque de no ser así continuaremos cosechando los frutos de la desidia.

0 comentarios:

Publicar un comentario