"La estampa de la Biblioteca Nacional, tan familiar para los estudiosos hasta mayo de 1943, es ahora un recuerdo que va esfumándose y embelleciéndose con el tiempo hasta que nadie viva para evocarlo. La puerta de entrada abríase a la calle de Estudios; y, al atravesarla, se ingresaba en un claustro con sobrios portales en los cuatro lados y un amplio espacio descubierto en el centro. Era la clásica vista de un convento antiguo lleno de una nobleza que los pretenciosos edificios modernos no suelen tener. A la izquierda, en toda el ala de los bajos, estaba el Archivo Nacional con sus altos y empolvados muebles de madera, llenos de expedientes. La Biblioteca ocupaba sólo el centro y el ala derecha del edificio en ese piso. Una escalera de mármol, también al extremo derecho del patio, conducía a los altos, donde hallábanse las salas de conferencias y de sesiones y la biblioteca de la Sociedad Geográfica, en mi época no muy frecuentada. En ese piso vivió don Ricardo Palma con su familia.
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Antes de entrar en dicho establecimiento, hallaba el visitante en los últimos años anteriores al incendio, la columna sobre la que se erige la cabeza del tradicionista, esculpida por Piqueras Cotolí. Un pequeño corredor daba acceso, a la derecha, a la sala de la Dirección; a la izquierda a un depósito de revistas; y, al fondo, al salón de lectura. La Dirección tenía sólo los muebles necesarios, sin ostentación alguna y en sus estantes de madera guardábanse algunos documentos considerados muy valiosos, como los tomos correspondientes al archivo Paz Soldán, las memorias del general Luis La Puerta y los folletos de la colección Zegarra. Un retrato de don Ricardo Palma, obra de Teófilo Castillo, pendía de la pared, detrás del modesto escritorio del Director. La sala de enfrente, jamás abierta, albergaba colecciones no leídas de revistas europeas, en su mayor parte españolas y francesas, que se repartían en las estanterías insertas en la pared del piso y en un altillo al que se subía por una escalera de caracol perteneciente a la misma armazón. Más el fondo y colindante con el Archivo Histórico, hallábase una segunda sala de depósito, sin estanterías, donde en su suelo estaban hacinadas, en enormes montones, revistas europeas, la desencuadernada mayoría perteneciente a los años posteriores a 1912 y anteriores a 1918. Entre ellos hallé alguna vez El Motín, periódico anarquista de Barcelona, seguramente de la época en que fue Director Manuel González Prada.
[...] La Biblioteca Nacional albergó en 1880, 56,127 volúmenes. En 1884 fue reabierta con un total de 27,894 volúmenes. Al quemarse en 1943, se dijo que tenía 100,000 volúmenes. Cuando llegó a ser reabierta en 1947 contaba con más de 134,000 volúmenes. Este último cálculo no lo he hecho yo. Consta en la Memoria del Director de la Biblioteca, Ingeniero Cristóbal de Losada y Puga. Señala esa Memoria también que en la Sala Perú había en 1950, 25,980 obras a las que sería justo sumar 3,800 folletos peruanos sin catalogar, 7,897 publicaciones oficiales, 3,976 libros peruanos duplicados y 8,040 folletos peruanos duplicados. Ellas integraban en la nueva Biblioteca un fondo nacional más considerable que la totalidad de la colección de la Biblioteca reabierta en 1884. Llamo la atención sobre este año, inmediatamente posterior al de la desocupación de Lima por los chilenos. La Biblioteca destruida en 1943 sólo pudo ser reabierta a fines de 1947".
(*) Jorge Basadre. La vida y la historia. Lima, 1975, 622 p.






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