
El historiador Pablo Macera cuenta la historia de una mujer que, víctima de un complejo de inferioridad, atormentaba a su psicoanalista con súplicas para que la curase. "Si veo a mi vecina con un vestido rojo, yo también me pongo uno. Si ella se compra un auto, yo también lo hago. Si sale de compras, igual salgo yo. ¡Cúreme por favor!", le imploraba. Cansado de tener que soportar la misma historia cada semana, el doctor recurrió al único remedio que podía servirle a la atormentada paciente: le reveló la verdad. "Mi querida señora" -le dijo- "usted no sufre de ningún complejo de inferioridad. ¡Usted es inferior!". La señora nunca más volvió porque se curó de inmediato.
Con esto no queremos decir que muchos de los que escribieron las cartas más acres a Pizarro sean acomplejados ni mucho menos, sino que, como la señora de la historia, no pueden, o no quieren, ver o entender la realidad de las cosas. Ensayando una respuesta, una interpretación, la renuencia de muchos a reconocer la relevancia de la figura histórica de Pizarro es, en esencia, al decir de muchos, la negación del padre, o sea, su condición de mestizos.
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NEGAR LA PERUANIDAD
En sociedades complejas y mestizas como la nuestra, negar al padre no solo resulta infructuoso sino perjudicial, porque no nos permite mirar al futuro por creer que tenemos cuentas pendientes con el pasado aún por resolver. Cuentas que nunca se resolverán por la sencilla razón de que el pasado es eso, pasado. El ataque a la figura de Pizarro y la negativa a reconocerle su aporte a la construcción de nuestra peruanidad es una prueba de ello. Quienes reclaman agravios pasados y crímenes hace mucho tiempo cometidos, olvidan que somos producto de aquello que más renegamos. Insistir en ello es como pedir que no solo no existiéramos, sino también que dejase de existir todo aquello de lo cual ahora nos sentimos orgullosos y disfrutamos enormemente como la música, la literatura o el folclor.
No son mayoría, por ejemplo, los que disfrutan o bailan una danza pentafónica incaica o se solazan con un pasodoble español. Por el contrario, son muchos más como cierto amigo mío con muchos años de residencia en Italia. Él me contaba que en la última reunión familiar por Navidad salió, cual espontáneo al ruedo, a bailar una marinera norteña cuando esta empezó a sonar en los parlantes. "Y sabes una cosa, yo no sé bailar marinera", me dijo muy ufano. "Es la nostalgia por el terruño", intenté explicar. "No, hermano. Después de tantos años bailando tarantellas, a la tercera marinera descubrí que esta es más alegre y más sabrosa", replicó convencidísimo de su descubrimiento.
HIJOS DEL MESTIZAJE
Pizarro es, además, en muchos sentidos, más peruano que muchos de nosotros. Raúl Porras Barrenechea, que es el que más ha defendido su figura y lugar en la historia, y cuya defensa le granjeó el calificativo de hispanista, es quien mejor ha señalado su peruanidad. A él le debemos -arguye- la primera y más cerrada defensa de nuestras primigenias fronteras. En el fragor de la primera de las guerras civiles entre los conquistadores, la férrea defensa de la circunscripción de su gobernación --dice Porras- es la defensa de lo que será el Perú. Es en ese instante cuando nace como entidad geográfica. "Si Almagro hubiera triunfado" -escribe- "el Cusco, Arequipa, Puno, Moquegua y Tacna hubieran sido extranjeros". ¿Se imaginan una Tacna extranjera? ¿Un Puno chileno? No existirían ni la Fiesta de la Candelaria ni la Marcha de la Bandera.
Al igual que la señora de la historia, basta que muchos de nosotros reconozcamos sinceramente nuestra condición de mestizos, para dejar de "negar al padre". "Nosotros descendemos de los vencidos y de los vencedores, pero no somos vencedores ni vencidos, somos el resultado de ese encuentro", decía el historiador José Antonio del Busto. O como lo explica mejor una de las muchas cartas recibidas: "la sangre es española y el latido es incaico".
"Somos hechura del paisaje", escribió una vez un poeta huancaíno, de ojos rasgados, nombre sonoramente extranjero y tan peruano como el cebiche: Nicolás Matayoshi. Quería, de esa manera, remarcar y reafirmar el hecho innegable de su condición mestiza, de la que se sentía particularmente orgulloso. Si todos pudiéramos resolver, al igual que él, este conflicto interior, encontraríamos no solo el camino a la felicidad y la prosperidad, sino también a la verdadera integración nacional que tanta falta nos hace.
* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 18 de enero de 2007