Entre los años 1997 y 1998, la periodista y escritora española Rosa Montero se dedicó a relatar la historia de las parejas de amantes más famosas de los últimos dos mil años. Fue una cita semanal en la que en el relato del destino de unas pasiones, como ella las llamaba, uno podía encontrar la manera en que ellas cambiaron el curso de la historia. Era una lectura del pasado que, asombrosamente, ha seducido a infinidad de autores a lo largo de los tiempos e incluso a los propios historiadores.
Porque si hemos de ser honestos, esta visión del pasado y sus protagonistas, del amor y sus protagonistas, no es para nada novedosa; en realidad desde la antigüedad y hasta el siglo XIX los historiadores, con Carlyle a la cabeza, estaban convencidos que la historia la protagonizaban los grandes hombres, los predestinados, el héroe por antonomasia. Pero fueron los franceses, que son expertos en revoluciones, quienes revolucionaron también la concepción de la historia misma y echaron al olvido esa visión romántica del pasado. Hasta que llega nuevamente alguien y vuelve a contarnos las desventuras de dos seres que en sus desgracias arrastraron a todo un pueblo, nación o imperio. Pero todo eso es mito, literatura pura escrita para el goce popular. Qué de admirable, increíble o sublime puede haber en la historia de un Marco Antonio reducido a piltrafa humana plantando el combate al ver que su adorada Cleopatra lo abandonaba al atisbar la derrota en la batalla de Actium. La suya antes que una desventurada historia de amor, es esencialmente una historia política. De una desmesurada ambición política por parte de sus protagonistas que en su descontrolada megalomanía se enajenaron hasta creerse dioses con derecho a gobernarlo todo y a todos.
>>> Seguir Leyendo... >>>
Pero como la de ellos, la historia de otros famosos amantes raya igualmente en la locura, el sinsentido, la excentricidad y el ridículo, cuando no en el absurdo más grande, torpe y hasta suicida. Nada hay de hermoso en sus historias, nada de glorioso en sus desgracias. Sino que lo diga la propia Rosa Montero, que luego de escarbar en ellas escribió: “vistas de cerca, la mayoría de las historias de amor más conocidas son atroces”. Y no le falta razón. Pero pensar que al destino de ellos está ligado el de otros miles de seres humanos, resulta ya un exceso. Un completo disparate. Señale un caso cualquiera y verá las miserias y pequeñeces de que está hecho. Detrás de todas ellas se esconden la desdicha, el hambre, la pobreza y privaciones de aquellos que se deleitaron escuchando los infortunios que hacían imposible la consumación de su amor y que no aparecen por ningún lado en los programas de The History Channel.
La historia de amor por excelencia, por ejemplo, la de la hermosa Helena y su príncipe troyano, que en su desaforada pasión arrastran a dos pueblos a la guerra, esconde en lo más hondo los afanes expansionistas griegos y el ansia por el dominio del tráfico y comercio en los Dardanelos. Sólo un obstáculo se oponía a los griegos y era la ciudad de Troya. La arrebatada fuga de Helena con Paris, o su rapto según el razonamiento de los griegos y que justificaba su rescate, constituyó en sí mismo el inicio del predominio marítimo heleno. Si no que lo diga la propia Helena y su cornudo esposo Menelao, que luego del saqueo y destrucción de la ciudad de Ilión volvieron ambos a Esparta a continuar su vida de casados y hasta tuvieron una hija. Como si nada.
Estos episodios, abundantes en la historia y literatura universal, son sin embargo de una fuerza tan seductora que se ha convertido en el filtro con el que se ha querido mirar el pasado humano y la causa que explica por qué el destino de la humanidad se desarrolló de una manera y no de otra. Así, no extraña que Voltaire escribiera que el amor “es la más fuerte de todas las pasiones porque ataca al mismo tiempo a la cabeza, al corazón y al cuerpo”. Tan fuerte que incluso ha hecho creer a muchos que en ocasiones ha sido el motor de la historia. Como aquella otra engañosa que sigue embelesando al público de todas las épocas, la de los Duques de Windsor, una historia que de galante tuvo muy poco.
La suya fue, aunque sea difícil de creer, la historia de un enfrentamiento contra los ideales de libertad y democracia contra los que chocó Eduardo VIII cuando se enamoró de Wallis Simpson, la mujer con la nariz más fea de la historia. Sus pretensiones autoritarias, que muchos aristócratas ingleses compartían entusiastamente y que no eran bien vistas por la clase política inglesa, lo apartaron del trono. Y menos lo fueron aún cuando mostraron su enorme admiración por Hitler y el nazismo. Su obcecada decisión de casarse con ella fue el pretexto que él les entregó en bandeja para conseguir su abdicación y colocar a un monarca más manejable como su hermano Jorge. Nunca antes en la historia los valores de libertad y democracia prevalecieron tanto como en aquella ocasión. Nada tuvo que ver el amor, tal vez sí algo del desmedido orgullo del propio Eduardo 8, como gustaba firmar ocasionalmente sólo por dar la contra.
¿Por qué entonces despiertan tanto interés? Porque al amarse cometieron el enorme sacrilegio de hacerlo en el lugar y el momento equivocados. Y en eso reside, precisa y únicamente, el mérito de estos amantes, malditos o sublimes. En vivir su amor pese al torbellino de acontecimientos en que les tocó vivir y que amenazaba con arrasar a todos y a todo como finalmente sucedió. Se amaron contra la razón, contra el sentido común y contra la historia misma, no importa cómo sucediera y en qué dirección fuera. Si el cauce de los acontecimientos hubiese ido por otro lado, sencillamente se hubieran amado más libre, más espontánea y más impunemente, pero la historia hubiera sucedido aún sin ellos. Porque, valgan verdades, la historia no la escriben los grandes hombres; menos dos seres afiebrados y descontrolados de la cintura para abajo. Qué va.
Piérola y su ‘cámara oscura’
En el Perú, donde las historias de afiebrados amantes no han sido pocas, destaca una de manera especial por la manera en que se le ha querido soslayar en los libros de historia: la de Piérola y su amante francesa, Madame Marie Cristine viuda de Garreaud, el famoso fotógrafo francés.
Sus biógrafos, que han sido muchos, ignoran por completo este episodio o apenas si se atreven a mencionarlo, ya sea movidos por respeto a la memoria del caudillo o por puro decoro, como son el caso de Alberto Ulloa o Enrique Chirinos Soto. Ricardo Vegas García en su “Presidentas del Perú”, donde hace cumplida reseña de doña Jesús Iturbide, esposa del Califa, nos escamotea totalmente el asunto, algo difícil de comprender ya que Vegas era de una erudición tremenda y en la prensa de la época las referencias a la adúltera relación son profusas. Como aquella letrilla que Hugo Garavito rescata en “La última batalla del Califa”, novela histórica sobre la Revolución de 1895, y que a la sazón refiere: “Dicen que el Jefe Supremo (Piérola) / En Valparaíso heredó / la hermosa cámara oscura / Del fotógrafo Garreaud”.
Quien no se anduvo con miramientos de ningún tipo fue el poeta arequipeño Alberto Hidalgo, que escribió con toda la virulencia que su espíritu inconforme le dictaba: “De pronto, un buen día, la Patria tuvo una rival: era una francesa… En plena guerra con Chile, en la triste guerra del 79, su querida almorzaba y comía con champaña mientras los soldados que peleaban por el honor y el interés de la nación no tenían ni agua para beber”.


































2 comentarios:
Una porquería de artículo. ¿Esto es historia? ¿Usted se considera historiador? Mejor dedíquese al periodismo, que para eso nomás sirve. Y encima ataca a Piérola, uno de los mejores presidentes que ha tenido el Perú. Usted es cualquier cosa, menos historiador.
A.Z.G.
Piérola, uno de los mejores presidentes del Perú?. Ese tipo está borracho o tiene altas "aspiraciones".
Publicar un comentario en la entrada