El Marx menos conocido

. domingo 16 de marzo de 2008
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Cuando Marx murió, el 14 de marzo de 1883, su amigo y colaborador Friedrich Engels, en carta a un amigo, escribió: “He sido un segundo violín, y creo haber alcanzado cierta virtuosidad; estoy muy contento de haber tenido un primer violín como Marx”. En realidad se quedaba corto en la descripción de sí mismo, ya que de no haber sido por él difícilmente Marx hubiera llegado a ser quien fue y a escribir lo que escribió. Porque en la biografía de Marx si algo resalta nítidamente es que él y su obra sobrevivieron gracias a que Engels financió ambas.

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Nacido en Tréveris en el seno de una familia judía alemana, Marx tuvo siempre problemas con la autoridad y el primero de ellos fue con la autoridad paterna, un rabino que ocupaba un alto cargo en la administración pública y que se pasó al protestantismo para conservar el puesto. Marx vio en esto una claudicación y no sólo se apartó de la religión sino que renegó de cualquier forma de ella. Aunque inició estudios de Derecho en la Universidad de Bonn, fue en el estudio de la filosofía, en la Universidad de Berlín, donde encontraría el camino de Damasco que lo llevaría a la creación del socialismo científico. Fue por su época de estudiante que conoce y se compromete con Jenny von Westphalen, hermana de un ministro prusiano y con la que se casa a la muerte de los padres de ella, que se oponían tenazmente a la relación. Es también por esta misma época que empieza su fecunda actividad periodística que añadiría dos constantes en su vida: el cierre por las autoridades de las publicaciones que dirigía y la marcha al exilio luego de ellas.

Desterrados de Alemania, Bruselas y Francia sucesivamente, recalarán en Londres en donde fijan su residencia definitiva, siempre bajo la mirada vigilante de la policía. Aquí, “Marx vive en la peor, la más barata calle de Londres. En el apartamento entero, no hay un solo mueble sólido y limpio; todo está roto, viejo, gastado e invadido por el polvo”, escribe en su informe el policía que fue hasta la casa de los Marx para investigar la actividad subversiva del sospechoso. Pero así como describe en su informe al Marx padre y esposo, como “el más gentil y manso de los hombres”, se ceba en el mismo describiéndolo como “alguien muy desordenado, cínico y un mal anfitrión” (Marx, que andaba siempre en aprietos económicos, no tuvo ni un vaso de agua que ofrecerle o una silla donde sentarse). “Lavarse, cepillarse y cambiarse de ropa son cosas que raramente hace, y a menudo está ebrio. Aunque frecuentemente se entrega al ocio, se desvelaría noches enteras cuando tiene mucho trabajo por hacer”, concluye. Otro contemporáneo suyo lo describió como “un hombre poderoso y greñudo, sin domesticar”.

Cuando se publicó su correspondencia, los especialistas en construir ‘verdades oficiales’ la expurgaron con tanto celo que sólo quedó lo político y doctrinario en ella; y dentro de lo que quedó, exclusivamente aquella parte que no fuera contra la línea oficial del partido. Estaban tan empeñados en crear un Marx heroico y semidivino que el Marx más humano, el devoto padre de familia que se condolía por la muerte del primogénito varón (“por primera vez sé lo que significa el infortunio”); el esposo enamorado que escribía apasionadas cartas de amor (“le aseguro a usted, sin el menor asomo de romanticismo, que estoy perdidamente enamorado”); el hombre común y corriente que recibe la noticia de la muerte de la madre con expectativa (“en las presentes circunstancias, yo era más necesario que la vieja… Tengo que viajar a Tréveris cuanto antes con motivo de la herencia”), no asoma por ningún lado en ella. Hubo que esperar muchos años para conocerla íntegramente y revelarnos un Marx menos glorioso del que conocemos.

Este es el hombre que proclamó “Proletarios del mundo, uníos. No hay nada que perder, sólo sus cadenas”. El mismo que sucumbe a la tentación y embaraza a su criada y consiente que sea Engels quien lo reconozca; el que permite que su mecenas firme con su nombre, para cobrar él los réditos, los artículos que el fiel amigo publicaba en diarios de Nueva York; el entusiasta degustador de pescado y de platos fuertes y picantes que minaban terriblemente su salud y que, como no podía ser de otra forma, tenía por color favorito al rojo; el que leía en inglés a Shakespeare y en griego a Esquilo. El que admiraba a personajes tan disimiles entre sí como Espartaco y Kepler. Al que el poeta Antonio Cisneros llamó cariñosamente ‘viejo aguafiestas’. El hombre del que el pasado viernes se cumplieron 125 años de su muerte y cuyo fantasma, utilizando sus propias palabras, “recorre el mundo”.


‘El Capital’

Tanto sus contemporáneos como biógrafos posteriores han señalado la asombrosa capacidad de Marx para el trabajo intelectual. Era un auténtico devorador de libros. Un lector insaciable que pasaba ocho horas diarias en la sala de lectura del Museo Británico componiendo, a lo largo de muchos años, su obra magna, ‘El Capital’, una disección de la sociedad burguesa y capitalista del siglo XIX. Una obra que difícilmente un obrero hubiera podido leer, mucho menos comprender. Tan densa y oscura que existe la vieja historia del censor ruso que la leyó y dejó pasar con el argumento increíble de que se trataba de una obra que exaltaba el capitalismo.

En ella aportó dos conceptos, plusvalía y revolución social, que sentó las bases del materialismo histórico y dialéctico en los cuales se basarían quienes buscaban una transformación radical de la sociedad. El primero de ellos, la plusvalía o apropiación del trabajo por parte de los propietarios de los medios de producción, y el segundo, la lucha de clases como verdadero motor de la historia, fueron la gran contribución teórica de Marx a la construcción de un socialismo científico.


¿Y su legado?

Es un lugar común repetir que la revolución que predijo Marx se hizo contra los postulados del propio Marx. La gran revolución proletaria que vaticinó no se produjo en Inglaterra o Alemania, los países más industrializados de su época, sino en el más atrasado y rural de todos, en la Rusia zarista. "El socialismo triunfó en países atrasados y su obsesión fue modernizarlos… y si para hacerlo era necesario recurrir a procedimientos autoritarios, pues adelante", escribió Hobsbawm una vez.

El socialismo que en nombre de Marx llegó a gran parte de Europa del Este lo hizo por la fuerza de las armas, no por una sublevación popular como había predicho. En el mejor momento de su existencia, los regímenes marxistas llegaron a contar con una población de 1,500 millones de personas. De ellas, más de cien millones murieron en campos de concentración o en oleadas represivas que se sucedían una tras otra. Y los que murieron por hambrunas, o los que marcharon al exilio o se pudrieron en sus cárceles, ayudarían fácilmente a duplicar esta descarnada estadística.

En su tumba, en un cementerio de Londres, se lee la última de sus 'Tesis sobre Feuerbach': “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Y vaya que si contribuyó, al igual que Darwin, Freud o Einstein, a transformarlo.


Testimonios

"En el siglo XIX Marx ya vaticinó la globalización, y cuando se celebraba el 150 aniversario del Manifiesto Comunista, las crisis económicas del sureste asiático y de Rusia en 1997 y 1998 confirmaban sus predicciones. El poder del marxismo sigue intacto".
Eric Hobsbawm

“El Capital es la obra de un hombre que no pertenece a la sociedad normal alemana o inglesa y que ha escrito sobre capitalistas y trabajadores como si fuera un corresponsal de la guerra de clases”.
George Bernard Shaw

“No se puede admitir que sean exclusivamente los motivos económicos los que determinan el comportamiento del hombre en la sociedad”.
Sigmun Freud

“Marx es un Ricardo convertido al socialismo y un Hegel transformado en economista”
Ferdinand Lassalle

“Imagínate a Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel juntos - y digo bien juntos, no revueltos - en una sola persona y tendrás al Dr. Marx”.
Moses Hess

“Su mayor grandeza está en que supo recoger las ideologías del siglo XIX y lanzarlas en una dirección completamente opuestas”
George L. Mosse

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