¿Se encuentra el Dr. Porras?

. miércoles 16 de abril de 2008
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En una ocasión tratando de hacerles entender a mis alumnos de una universidad privada la importancia de la lectura para un joven universitario, y más aún para uno que estudia periodismo, les recriminé duramente el nivel cultural que tenían pese a estar en cuarto ciclo de su carrera. Dolidos, la reacción de muchos de ellos fue agria y hosca, incluso tildaron mi crítica de injusta y exagerada. Para demostrárselos le pedí a uno de ellos que me mostrará su carné universitario (era 2003, año del centenario de Jorge Basadre). Le pregunté si podía decirme quién era el personaje que aparecía en el dorso del mismo. Su respuesta no pudo ser más elocuente: “El Rector”. Repetí la pregunta varias veces hasta que uno pudo identificar al autor de la “Historia de la República del Perú”, luego de un buen rato de tener que escuchar las más disparatadas (estaban adivinando) respuestas posibles: el decano de la facultad, el fundador de la universidad, el ministro de Educación.

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Durante los cuatro años que enseñé el curso de Tecnología de la Información a estos estudiantes de periodismo pude comprobar cómo, año a año, no sólo iba disminuyendo el nivel de lectura de mis alumnos, sino también cómo cada vez los pocos que leían un libro de vez en cuando, leían cada vez menos. O, peor aún, cómo aquellos que se acercaban al mundo de la lectura se decantaban por ‘libros fáciles’, por ‘autores digeribles’ en cuestión de segundos. Cuando uno de ellos vino a decirme que estaba siguiendo mi consejo y que había empezado la lectura de una novela de Paulo Coelho, le sugerí que mejor leyera “Los Hermanos Karamazov” o “La Guerra del Fin del Mundo”. Su respuesta fue mucho más desalentadora: “Imposible, profe, son novelas con muchas páginas y nunca las podría acabar”.

De todo esto que cuento, muchos han tratado de buscar sus responsables. Para la gran mayoría es el pésimo sistema educativo que tenemos. Una gran parte se lo achaca a la televisión y su gran heredero, el cable. Pueden ser cualquiera de ellos o una conjunción de factores que les permite actuar juntos, pero hoy me he convencido que es algo más que todo eso. Que en esta desatención por la cultura, en este desprecio por la lectura, en el ninguneo soberbio a cualquier forma de conocimiento artístico o humanista, se fundamenta en una actitud. Una actitud de calificar de innecesario o inútil cualquier conocimiento humanista para el ejercicio profesional de cualquier persona en cualquier carrera.

Hoy por la mañana ha visitado el local del Instituto Raúl Porras Barrenechea de la Universidad de San Marcos un abogado bien vestido, dizque egresado de la propia cuatricentenaria. Un hombre que por lo que aparenta y se esmera en mostrar, se deduce que ha gozado de todas las oportunidades de contar con una educación de primera. Se ha presentado y ha preguntado si se encuentra el Dr. Porras porque desea tratar un asunto de suma importancia con él. Se le explica que el Dr. Raúl Porras falleció hace casi cincuenta años y entonces nos dice que pensaba que estaba vivo y que esa era su casa porque lleva su nombre. Más explicaciones y más dudas. Más disparates (¿Qué es lo que hacen en esta casa?).

¿Es que acaso este abogado exitoso no tiene la menor idea de lo que es un centro de investigaciones universitario? ¿Cómo lidiar con situaciones cómo está? ¿Qué podemos esperar de un hombre como éste, y que como él son congresistas, autoridades, funcionarios públicos, y tienen en sus manos asuntos de ‘suma importancia’, los asuntos del país?

Pobre Perú, qué porvenir te espera si para personajes como éste uno de tus más preclaros hijo le es un completo desconocido.