El asesinato de Sánchez Cerro

. lunes 5 de mayo de 2008
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En una crítica a la cual no escapa este blog y su autor, el pasado miércoles 30 de abril se cumplieron 75 años del asesinato del presidente Luis M. Sánchez Cerro a manos de un fanático y nadie se ocupó de hacer la mínima reseña, recordación o análisis de tan infausto suceso que marcó la historia política peruana del siguiente medio siglo.

La fecha, que pasó totalmente desapercibida para la prensa usualmente proclive a este tipo de recordaciones, no llamó ni siquiera la atención de aquella tan poco afecta al régimen de turno. Pareciera ser como si ella no tuviera ningún tipo de significación en los momentos actuales. Tampoco es que se trate de despertar rencores ya largamente superados, o soliviantar enfrentamientos trasnochados, pero estamos hablando del asesinato de un presidente en medio de una época de convulsiones sociales y del surgimiento de los grandes partidos de masas que fue decisiva para el país. Un luctuoso suceso qué importa hoy mucho más por el por qué sucedió que por el cómo. Así, resulta poco menos que inverosímil que la no recordación de tan trágica fecha sea gratuita o insignificante como pretendieran hacérnoslo creer. ¿O sí lo es?

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Ensayando la explicación más sencilla y a la mano, está la de los grandes eventos de la política menuda que por estos días el régimen se empeña en querer hacer aparecer más trascendentales de lo que realmente son, dándoles una importancia que frente a los hechos que hoy referimos resulta desproporcionado. Y siendo tan desproporcionados como son, pues lo de gratuito y fútil ya no lo es tanto. El ejemplo más palpable, el más folklórico de los congresistas oficialistas utilizando y ocupando todas las tribunas y medios disponibles para discutir sobre la necesidad de que el cargo de congresista sea renunciable.

Otra, la que tal vez inspiró verdaderamente semejante olvido, es la de que resulta inconveniente y hasta innecesario traer a memoria sucesos que enfrentaron a una parte del país contra la otra, lo fraccionaron y dejaron heridas tan hondas que durante años no sólo no pudieron ser cerradas sino que además sirvieron de argumento para que el partido político más importantes del país no accediera jamás al poder, ensayando y poniendo en práctica mecanismos de ejercicio o acercamiento a éste que hasta hoy sirven de modelo a muchos. Son los verdaderos creadores de la política criolla, siendo el de la ‘escopeta de dos cañones’ su creación más evidente.

Pero da la casualidad de que los protagonistas de los sucesos de ayer, son, de alguna manera, los mismos de hoy: por un lado, el APRA, partido al que pertenecía el fanático que perpetró el crimen, es el partido gobernante que en la actual coyuntura ensaya todo tipo de argumentos para acallar voces discrepantes; de otro lado, militares de alta graduación son juzgados en el fuero civil por casos de corrupción y violación de derechos humanos poniendo en el banquillo de los acusados el papel desempeñado por el ejército durante la guerra interna de las dos últimas décadas, algo que precisamente no sucedió en el pasado, y que para muchos fue lo que llevó al Apra a planificar y ejecutar el magnicidio; y, lo que es aún más significativo, hay un ex presidente siendo juzgado como nunca antes sucedió en nuestra historia por los mismos cargos de corrupción y violación de derechos humanos. ¿Habría sido juzgado Sánchez Cerro por los fusilamientos de Chan Chan, por la ferocidad de la represión o el bombardeo de ciudades del norte peruano? Son preguntas que a 75 años de los hechos hubiera sido interesante discutir y obtener algún tipo de respuesta.

Pero no sólo hemos desperdiciado la ocasión de hacerlo, sino también hemos puesto en evidencia, una vez más, que hoy como ayer no sabemos afrontar el reto que las grandes circunstancias nos proponen y preferimos convertir al país en un vulgar mentidero, en una enorme cárcel o en un gran cementerio.¿Es que acaso no podemos hacer política, y discrepar haciéndola, sin tener que recurrir a la amenaza, la detención o el crimen?

Tal vez toda esta perorata haya sido simplemente innecesaria y hasta sinsentido porque, como me dijo mi esposa, simplemente se olvidaron y punto. Nada más. Simplemente puro olvido. Como siempre. Como ayer. Y además, porque las casualidades sí existen. ¿Verdad?

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