Mario Vargas Llosa: "Aun sin darnos cuenta, todos hemos sido educados por el cine" (*)
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Lima se convirtió, en las dos semanas pasadas, en la capital que reunió lo mejor del cine latinoamericano. Y no sólo eso. Dentro del marco del Festival de Lima, organizado por la Universidad Católica a través de su Centro Cultural, visitaron la capital reconocidos críticos, cineastas, actores y productores con el propósito de hablar y disfrutar del séptimo arte. Dentro de este inusual movimiento cultural que estremeció nuestra ciudad, el escritor Mario Vargas Llosa vino al país desde España para cumplir una de las labores más exigentes en esta celebración: presidir el jurado de la Sección Oficial de Ficción. Durante su estadía, la agenda era apretada en extremo, pero el mayor escribidor peruano se dio un tiempo para recibirnos una tarde en su departamento de Barranco. ¿Qué caracterizaba a la población universitaria en la época en la que usted asistía a San Marcos como estudiante?
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Nosotros vivíamos en la dictadura de Odría y eso marcaba profundamente la vida universitaria. Cuando yo entré a San Marcos había muchos profesores universitarios en el exilio, se había arrasado con las organizaciones universitarias, los centros federados estaban decapitados, había muchos estudiantes presos. Entonces, en la universidad se vivía un ambiente de mucho recelo, pues había policías disfrazados de estudiantes para vigilar las actividades políticas dentro de San Marcos. Yo milité en una organización clandestina, el grupo Cahuide, que quería resucitar al Partido Comunista. Estuve sólo un año ahí, pero realizamos una serie de actividades que luego me servirían como materia prima para escribir Conversación en la Catedral.
¿Este mismo ambiente se vivía entonces también en la Universidad Católica?
Era muy distinto porque San Marcos era mucho más politizado. La Católica, en esos años, era un mundo de muchachos de familias acomodadas. Sólo a partir de los años 60 se abriría más a estudiantes de todos los sectores sociales. Había una distancia muy grande entre las dos universidades. Yo tenía amigos en la Católica que compartían conmigo aficiones literarias, como Abelardo Oquendo y Luis Loayza, y por eso la frecuentaba. Asistí alguna vez a escuchar las clases que dictaba Luis Jaime Cisneros en el local del Instituto Riva-Agüero. Pero aparte de esas visitas esporádicas, ambas universidades mantenían vidas muy separadas.
En la muestra que hay en su honor en la Casa O’Higgins, llama la atención que expusieran sus libros con anotaciones suyas, que reflejan una gran rigurosidad en el trabajo de lectura.
Yo estoy muy agradecido con la Universidad Católica por estos homenajes. Ha sido emocionante descubrir mi vida tan organizada. Cuando tú vives tu vida, no sospechas que haya una estructura que se va tejiendo poco a poco. Yo me acostumbré, desde mis años universitarios, a anotar los libros que leía, a poner pequeños comentarios. A mí me servían como una guía de lectura y también como algún testimonio sobre mi experiencia al enfrentar esos libros, pero jamás imaginé que eso sería expuesto al público. Era una cosa absolutamente privada, personal. Pero al mismo tiempo, cuando me plantearon el proyecto de la exposición, me pareció que era bueno también dar cuenta de esta vida privada, que es una vida intelectual.
Esta vez ha venido a Lima dentro del contexto del Festival de Lima. Varias de sus obras han servido de inspiración para películas de cine. ¿De qué manera se ha recorrido el camino inverso?
Yo creo que el cine ha tenido influencia en mi obra, como creo que la ha tenido en prácticamente todos los escritores de mi generación y los más jóvenes. El cine es el arte del siglo XX y creo que todos, aun sin darnos cuenta, hemos sido educados por el cine en nuestra manera de entender una historia. Sobre todo la organización del tiempo y la manera en que este circula de manera más veloz en una película ha tenido un efecto en la literatura. Ahora las historias ocurren de una manera más rápida y directa que en la literatura del pasado, donde todo era muy fijado y precisado para no confundir al lector. Hoy día, con la estructura de la narración cinematográfica, los lectores están acostumbrados a esos saltos en el tiempo, a que el tiempo sea como un espacio.
No sólo ha cambiado el creador, sino también el receptor.
Sin duda. Yo creo que la literatura contemporánea es muy distinta en gran parte por el cine, pero por otra parte porque el lector exige un tipo de literatura que no es la clásica. Por eso, cuando nosotros leemos un libro clásico, tenemos que reacomodarnos, no lo podemos leer de la misma manera en la que leemos una obra contemporánea. Tenemos que adoptar una actitud diferente porque nos enfrentamos a obras que transcurren de una manera muy distinta; el tiempo transcurre con más lentitud y esto resulta casi irresistible para un lector contemporáneo. Uno tiene que reeducarse, reaclimatarse a lo que fue el lector clásico para leer a los clásicos.
Es también distinta la relación que se establece con un libro que con una película.
Creo que el espectador cinematográfico es mucho más pasivo que el lector. Cuando una historia nos es contada con imágenes, como sucede en el cine, nosotros somos más pasivos, nos dejamos impregnar por esas imágenes y nuestra participación es muchísimo menor que la del lector, que tiene que traducir palabras en imágenes e imágenes en conceptos para saber qué es lo que ocurre en la historia. El lector está mucho más comprometido intelectualmente y obligado a participar de manera creativa que el espectador cinematográfico. Por eso mismo, creo que el efecto que tiene la literatura es más demorado, más duradero que el que tiene una película, que puede ser muy intenso, pero es más efímero. (Por Rosario Yori)
* Publicado en Puntoedu, N° 119, p. 16.









































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