Recientemente en una reunión de coordinación en el diario donde trabajo, una de las personas que asistía a la misma manifestó el contratiempo que significaba las tareas que, en esa misma reunión, se estaban asignando. Su manera de expresar su contrariedad no pudo ser más elocuente: “Yo leo dos libros a la semana y con esto apenas voy a leer uno”, dijo y a mí me embargó un sentimiento de culpa tremendo que hasta ahora no me abandona. Y es que, como mencioné en otros post, desde ya hace varias semanas que vengo acumulando sobre mi mesa de trabajo una cantidad de libros que esperan ser leídos, fichados, digeridos, resumidos y, por supuesto, reseñados en este blog. Pero ya está resultando imperdonable semejante situación. Porque a las manidas y resabidas excusas de siempre de falta de tiempo, exceso de trabajo y la familia (y que según Vargas Llosa, son las más comunes y corrientes que damos), habrá que sumar la que tal vez sea la única y auténtica razón: la pereza. Pero no esa vulgar pereza de echarse a dormir y no hacer nada por la vida. No señor. La pereza de tener que soplarse 200 ó 300 o quien sabe si unas muy densas 500 páginas de texto duro y sesudo, cuando bien podríamos leernos esa misma cantidad de páginas (o el doble o triple) de una buena novela o de un conjunto de relatos o poemas que seguramente nos resultarán más entrañables e inolvidables. A ese tipo de pereza me refiero. Y en este sentido, las últimas semanas me he vuelto muy perezoso.

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Así que no extrañe a nadie que lo más probable sea que le dé curso primero a este otro conjunto de libros, novelas y relatos, que es lo que verdaderamente va a suceder y por lo cual se seguirán acumulando los libros de historia sobre mi escritorio. Una prueba de ello: ahora mismo, cuando empezaba la lectura de las primeras páginas de Roma. Auge y caída de un imperio, de Simon Baker, un libro extraordinariamente bien escrito (por cierto, se deja leer como la mejor novela), claudique para empezar la lectura de Vida y destino de Vasili Grossman, la extraordinaria novela rusa sobre la Segunda Guerra Mundial. Y todo parece indicar que quien le va a seguir es el primer tomo, en la edición de bolsillo, de las Obras Completas de Borges (su Historia Universal de la infamia es una deuda pendiente que tengo desde hace mucho tiempo por razones que ya tendré oportunidad de comentar). Aunque siempre queda, por supuesto, la tercera vía a todo este vergonzoso asunto, una más salomónica y sencilla: seguir el ejemplo del experimentado periodista que mencione al inicio de este post y empezar a leer dos libros a la semana (no uno, y mucho menos un libro en dos semanas), y equitativamente uno de historia y una novela. Claro está que el verdadero compromiso es honrar la palabra y cumplir el objetivo propuesto. Y después, escribir. Escribir, escribir, escribir.

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