Más allá de los libros escolares (*)

. lunes 8 de septiembre de 2008
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Por Alberto Adrianzén M.

A estas alturas es bueno preguntarse si el famoso asunto de los textos escolares es una simple cortina de humo o si más bien estamos frente a un síntoma que esconde una enfermedad que amenaza con expandirse. Primero fue la denuncia de la congresista Mercedes Cabanillas respecto a que algunos textos escolares tenían un sesgo ideológico favorable al terrorismo. Incluso, se habló de que estaríamos frente a libros que hacían una abierta apología del senderismo. Luego, se dijo que algunos profesores procesados por terrorismo continuaban dictando clases.

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Hace algunos días un congresista también aprista, Edgar Núñez, ha dicho que la "izquierda ha manejado y sigue manejando el Ministerio de Educación". Incluso, este congresista ha dado una serie de nombres de supuestos "infiltrados" en dicho sector. Y para terminar, el fujimorista director del diario La Razón, Uri Ben Schmuel, ha escrito que estamos "ante la madre de todas las batallas" ya que los "caviares", con estos libros, quieren aniquilar el arsenal moral e intelectual de nuestra sociedad.

Que lo diga el director de La Razón, defensor de uno de los gobiernos más corruptos de nuestra historia como es el fujimorismo, no nos debe preocupar, pero que ello comience a ser más o menos repetido por varios legisladores sí debe preocuparnos. Hoy, por ejemplo, Fidel Castro, más allá de la opinión que se tenga sobre él, no es un líder ni referente latinoamericano del siglo XX, por la sencilla razón de que es de izquierda y por lo tanto se le tiene que borrar de la historia. En cuanto al velasquismo, como ha dicho el legislador Luis Galarreta, es un proceso de ideas retrógradas y que, por lo tanto, merecen ser condenadas en los textos de primaria y secundaria. Cualquier parecido con los intentos de autoritarios que buscan siempre escribir una "historia oficial", no es una simple coincidencia, es más bien más de lo mismo.

Sin embargo, como hemos señalado al inicio de este artículo, cabe preguntarse si todos estos hechos son simples cortinas de humo, luchas sórdidas por el poder o si, más bien, son las evidencias de que estamos viviendo un franco proceso de derechización que tiene como blanco casi único, al progresismo. Posiblemente haya un poco de cada cosa, pero lo que sí llama la atención es que a sectores apristas y derechistas (que no es lo mismo pero es igual) se les está haciendo costumbre, digamos una rutina, utilizar el fantasma de la izquierda (y ahora el nacionalismo) para explicar todos los males, ya no solo nacionales sino también internacionales, que se deberían a la existencia de este sector político/ideológico.

Es cierto que esta utilización de la izquierda es interesada. Además de ser un recurso fácil, ya que se busca establecer una similitud entre izquierda y terrorismo. Sin embargo, no deja de ser un juego y una táctica, al mismo tiempo, peligrosos. Un sistema político monocolor ideológicamente, como el que ahora se busca construir, es siempre el mejor caldo de cultivo para el autoritarismo y la intolerancia. Pero además, en un contexto democrático, es la mejor manera de convertir a esa misma democracia en un sistema precario y frágil.

Y es que en realidad la existencia de todos estos problemas refleja claramente los límites de un sistema (político y económico) que solo puede funcionar a condición de que todo sea del mismo color. Cualquier otra tonalidad es vista como una amenaza. En ese sentido, y a diferencia de otros países, nuestro sistema tiene poca capacidad de digestión. Se empacha rápido y es intolerante a nuevas propuestas las cuales son rápidamente descalificadas. Por eso tenemos un sistema político que cada cierta cantidad de años nos da una sorpresa, y una cultura política que no es "conservadora" sino más bien reaccionaria y antiliberal. Es el temor al otro lo que define, finalmente, el carácter de nuestro sistema y de nuestra cultura política.

El asunto de los libros escolares -que dicho sea de paso circulaban hace ya desde unos años- es una buena demostración de esta cultura. Descalificar al otro sea por apetitos de poder, por figuretismo, por una mentalidad reaccionaria o por lo que fuere es el deporte que se practica más en la vida política de nuestro país. Y si no le pueden preguntar al presidente García, que decidió calificar a la mayoría de los peruanos como el nuevo perro del hortelano.


* Publicado en La República, 6/9/2008.