Mi vida con Vargas Llosa

. miércoles 8 de octubre de 2008
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Si se me pidiera elegir un nombre, uno solo, el de un peruano o extranjero, vivo a quien admirar sin cortapisas (hoy en día es tan difícil admirar a alguien), elegiría sin pensarlo mucho y sin titubeo alguno el de Mario Vargas Llosa. Como a muchos, es el escritor que cambió mi vida pero también el intelectual honesto que me enseñó a serlo (al menos, a intentar serlo) y la persona, el ser humano que, de muchas maneras, me reveló que la vida que nos toca vivir a cada uno puede ser buena si sabemos entenderla en los términos correctos que debemos hacerlo. Si esta fuera una crónica, y no un reclamo como lo que es auténticamente, llevaría por título "Mi vida con Vargas Llosa" (y tal vez la titule así finalmente) porque en realidad gran parte de mi existencia de adulto y de escritor frustrado la he hecho a su lado, a la sombra de su enorme influencia que en muchos sentidos ha sido tan beneficiosa como nociva, por definir de algún modo, el que insista por su culpa en aquello para lo cual algunos mortales estamos negados como lo estamos de manera categórica: la literatura.

¿En qué momento empezó esta relación casi familiar con alguien al que nunca he tratado personalmente y al que sólo conozco a través de sus libros o de lo que aparece de él en la prensa? En un suceso que fue definitorio y que a mí me gusta contarlo, mi vida con Mario Vargas Llosa tiene fecha de nacimiento, exactamente una tarde de diciembre de 1982.

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En el último año de estudios secundarios, el año en que descubrí los mejores libros que he leído en mi vida, le pregunté a mi profesora de Lengua y Literatura si conocía a un escritor del que todo el mundo hablaba, un tal Vargas Llosa, y si podía prestarme algún libro de él. Me dijo que sí y me pidió que volviera otro día. Una semana después puso en mis manos un paquete que contenía, además de un libro de Jorge Basadre, La ciudad y los perros, La casa verde y La tía Julia y el escribidor. En este último, que conservó como uno de los mayores tesoros de mi biblioteca, estampó una dedicatoria que me indicó que aquello no era un préstamo.

Desde aquel diciembre de hace muchos años, mi vida no ha vuelto a ser igual, cambió para siempre. El generoso obsequio de mi profesora me llevó a las puertas de un mundo que desconocía completamente y que al traspasarlas me impulsó a hacerme una promesa que luego de tantos años no he logrado cumplir, más por falta de talento que por ganas sinceramente: convertirme en escritor. La lectura de esas tres novelas fue, en ese sentido, tan determinante como iluminadora. Yo, que había leído a los grandes clásicos nacionales como Alegría y Arguedas y a los grandes novelistas del siglo XIX, me encontré de repente con textos que no respetaban los tiempos narrativos, la secuencia lógica de capítulos, un coro de voces múltiples contando la misma historia desde distintos puntos de vista, con saltos del presente al pasado o de éste al futuro a través de una estructura interna que parecía más cosa del demonio que de un hombre (creo que ahí fue cuando empecé a hacerme ateo, a cuestionar todo orden sagrado y establecido). Y pese a ello, podía entender claramente que aquel fárrago de tiempos y voces narrativos superponiéndose unos a otros era una forma de literatura completamente nueva, revolucionaria, distinta a todo lo que había leído antes y, además, hecha por alguien vivo. Y peruano encima. Como para sentirse tan feliz como orgulloso.

Desde entonces he seguido la carrera literaria de Vargas Llosa como si fuera la de un familiar, la de un ser querido y amigo, y he celebrado cada triunfo y lamentado cada revés, literario o político, como si fuera propio. Poseo en mi biblioteca ejemplares de todos sus libros (bueno, en realidad casi todos; me faltan su "Diccionario del amante de América Latina" y su obra teatral completa, que no termina de convencerme siendo tan buena como lo es, eclipsada por el peso avasallador de sus novelas y ensayos; y el catálogo de la Exposición con la que la Universidad Católica le rindió homenaje este año y que es un complemento perfecto de sus libros). En tres de ellos he logrado que estampe su firma. Pero cada vez que he querido que escriba una dedicatoria, la muchedumbre de admiradores que lo rodea o los agentes de seguridad que lo cuidan, han impedido que disponga del tiempo necesario para escribirla. Hasta ahora no he logrado el tan ansiado "Para Jorge Moreno", pero aún no me rindo, todavía no desisto. Sigo a la caza. Algún día llegará como el esquivo Nobel, que no necesita que se le otorgue porque hace mucho tiempo que se lo ganó por derecho propio.

Muchos años después, cuando ingresé a la universidad, ocurrió otro suceso tan capital como el que acabo de contar: ingresé a trabajar en el Instituto Raúl Porras Barrenechea de la Universidad de San Marcos, que como se sabe funciona en la que fue la casa del historiador y que sus herederos donaron a la cuatricentenaria para fundar el instituto que lleva su nombre. No encuentro palabras para expresar la emoción que sentí cuando el doctor Jorge Puccinelli me ofreció un puesto de trabajo en la biblioteca del Instituto y que acepté sin pensarlo dos veces. Había entrado a trabajar en la casa y el sitio donde alguna vez, también, Vargas Llosa había trabajado cuando universitario, y a las órdenes de quien había sido su maestro. De algún modo interpreté, y lo sigo haciendo, ese trabajo como un designio más de mi vida junto a Vargas Llosa.

Pero no fueron sólo casualidades (¿les mencioné ya que los dos nacimos un 28 de marzo?) o circunstancias como las que he contado la que me llevan a hablar de una vida al lado de nuestro escritor. Como intelectual honesto y comprometido que es, también me sirvió de guía y modelo a seguir. Con él aprendí a respetar la palabra intelectual. Entendí, por ejemplo, que no todo el que publica un libro es un intelectual en el cabal sentido de la palabra, y mucho menos que todo libro que se publica es necesariamente resultado o producto de estudios y profundas lecturas. Por eso no entiendo ni entenderé como muchos de mis colegas y amigos pueden llamarse o considerarse a sí mismos escritores sólo por haber reunido un puñado de artículos publicados en diarios o revistas, no más de diez o quince, y publicarlos en forma de libro. Por eso siempre digo que hay ‘escritores’ que publican más de lo que escriben.

Esta falta de seriedad con el oficio contrasta abismalmente con la que practica Vargas Llosa. Para cada libro que publica, hace un trabajo de investigación y pesquisa histórica y literaria tan ardua y prolija que no debería extrañarnos que sus novelas sean tan ‘realistas’ como lo son y sus ensayos tan ‘documentados’ como usualmente suelen ser. De igual forma, cuando no tengo tiempo u oportunidad para investigar o revisar todo el material necesario o la bibliografía requerida para escribir una nota que difícilmente sobrepasará las 900 o 1000 palabras, prefiero no escribir nada. Fue con esta lección de auténtico intelectual que entendí mejor aquello de que Dios da talento pero sólo el trabajo duro convierte el talento en genio. Como lo es él, definitivamente.

¿Qué otra cosa aprendí de él que no sea literario o de carácter ilustrado? Pues a ser buen padre. Sí, a ser buen padre. O mejor dicho, a ser buen padre en los asuntos fundamentales.

En una entrevista que le hicieron hace muchos años cuando se comentaba la venta de su archivo personal a una universidad norteamericana por un millón de dólares, el desorientado periodista le hizo el comentario de que con ese dinero el futuro de sus hijos estaba asegurado. Vargas Llosa respondió que él no pensaba destinar uno sólo dólar de ese dinero a algún tipo de herencia, porque la mejor herencia que le estaba dejando a sus hijos era la de una buena educación en las mejores universidades del mundo. Por eso cada centavo extra que he podido ganar y que no sirva para pagar las cuentas de fin de mes, lo he gastado en estudios, maestrías y libros. Mi hijo y mi esposa se podrán quejar (si acaso lo hacen, porque tal parece ser que ellos también comulgan del todo con la teoría vargasllosiana de la herencia), de salir poco, carecer de algunos artefactos usualmente presentes en cualquier hogar, viajar sólo cuando me sacó algún premio, entre otras cosillas, pero ambos saben que cuentan con la mejor educación que mi sueldo de periodista e historiador ha podido pagar.

Así vistas las cosas, por donde se mire la sombra de Vargas Llosa aparece y planea por todos lados y en cualquier situación o circunstancia. Hasta cuando tras algún coqueteo o escarceo amoroso, inevitables en ocasiones, he salvado la situación haciendo frente a mi esposa con la teoría vargallosiana de la verdad de las mentiras o la del realismo en la literatura, según la cual sin experiencias propias, amor, no existe un buen escritor ni novela que convenza, que hasta ahora me ha funcionado muy bien. Sorry, don Mario.

¿Sus ideas políticas? Por supuesto que las rechazo o disiento completamente de ellas, pero muchos olvidan que hubo un Vargas Llosa joven enamorado de la Revolución Cubana, un adolescente de ideas socialistas que, como muchos de nosotros, evolucionó por otro lado, no el incorrecto sino sólo distinto al nuestro. En una ocasión, durante un foro online con lectores de diario El País, una lectora le escribió lo siguiente: “Lo admiro sinceramente por sus novelas, pero cada vez que habla de política en sus artículos no puedo evitar resentirme con usted. ¿Qué me sugiere que haga?”. La respuesta no pudo ser más elocuente y sabia, tan sabia que yo seguí durante un tiempo al dedillo el consejo que le dio a su consternada lectora: “No se haga problemas. Lea sólo mis novelas y dejé de leer mis artículos”. Pero desistí de seguirlo porque ello me privaba del Vargas Llosa periodista que es tan valioso o interesante como el novelista. Por eso seguí uno propio, que funciona mejor que el del propio don Mario: cada vez que leo o escucho alguna declaración política que me pone los pelos de punta o me parece una tontería (lo cual suele ser rarísimo en él), corro a mi estudio y cojo cualquiera de sus novelas, y al azar leo unas páginas de ella y todo lo sufrido lo hecho a la espalda. Al olvido. Después de todo, nadie es perfecto y Mario Vargas Llosa menos. Salvo cuando se trata de escribir novelas. Afortunadamente.


3 comentarios:

Yony dijo...

Estimado "reportero de la Historia", debo confesarle que cada nota publicada en su página, la leo en obligatoriamente por que me he suscrito, hoy en la mañana cuando abrí mi correo me encuentro con la nota de vida con Vargas Llosa, y la verdad, Vargas Llosa, no me agrada mucho que digamos, al igual que usted en tiempos escolares leí obras suyas, incluso haciéndole un favor a un amigo de entonces leí por él "Lituma en los andes" para hacerle luego el resumen.
Bueno, vayamos al grano, soy de la idea que Vargas Llosa si hubiera elegido un país en el cual nacer, le aseguro que no hubiera sido el Perú, quizá en una ciudad como Arequipa, que para cuando nació aún conservaba su herencia colonial de ser blanca por excelencia. Por su nota usted me hace valorar, lo importante de su obra literaria, pero sus comentarios políticos, están fuera de lugar. Una vez un profesor en la escuela nos hablaba sobre la devolución del dinero que debía hacernos España, a propósito de todo el oro y la plata que llevaron en tiempos de la colonia, mi impresión, no fue fuerte que digamos, hasta que me tope con el libro "La deuda de España al Perú" de Virgilio Roel, a penas le eche una ojeada, vi el nombre de Vargas Llosa, y me dio mucha cólera y mucha tristeza sus cometarios que hizo cuando Roel reclamaba algo justo, al menos desde mi perspectiva. Soy de Arequipa, y al escribir estos párrafos, siento cólera por el Vargas Llosa político, creo que es un buen consejo suyo de olvidarnos de ello admirando su obra literaria.
Muy agradecido por lo que usted escribe.
Yony Amanqui.

El extraño desconocido dijo...

Muy bueno el blog, te agrego a mi lista de favoritos.

Anónimo dijo...

En un tiempo pensé que ya no era capaz de leer con alegría y fluidez.
Leyendo a Don Mario me dí cuenta de que la incapacidad no era mía sino de gran parte de los escritores que por aquel tiempo yo leía.
Comparto tu admiración

Carmen