Don Bartolomé Herrera (*)

Por José Antonio de Lavalle (**)

No es un periódico de la naturaleza del presente, que por su objeto y dimensiones necesita solo contener lectura corta, ligera y variada, el lugar más aparente para reseñár la vida del Illmo. Sr. Dr. D. Bartolomé Herrera, tan estrechamente ligada con la iglesia, la política y la enseñanza en un largo periodo de nuestra historia, ni para estudiar debidamente, esa poderosa inteligencia y ese gran carácter. Por eso, en la necesidad de acompañar el retrato que encabeza este número, con alguna noticia biográfica, que lo recuerde á sus contemporáneos y lo revele á sus pósteros, fuerza será ceñirnos y dibujar solo á grandes rasgos, esa fisonomía tan interesante moralmente observada, como lo era físicamente contemplada: y eso es lo que vamos á hacer en las siguientes líneas:

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Bartolomé Herrera, hijo legítimo de padres pobres y honrados, y en cuyas venas, si no corría noble sangre, corría si purísima la de la raza caucasiana, como lo manifestaba la blancura de su tez, el claro azul de sus ojos, lo rubio de sus cabellos, y la finura de las facciones de su rostro, nació en esta ciudad el 24 de agosto de 1808.

En 1813 y cuando contaba apenas cinco años, tuvo la desgracia de perder á los autores de sus días, quedando con su hermano menor Juan Gualberto, á cargo de unos tíos suyos, los que a pesar de su pobreza, procuraron darle la mejor educación posible, y luego que hubo terminado la primaria, le enviaron al colegio de San Carlos en condición de capista, ó sea alumno externo, en 1823. El joven capista, por su inteligencia, juicio, aplicación y bella y simpática figura, atrajo vivamente la benévola atención del rector de ese famoso establecimiento que lo era á la sazón el venerable padre de la congregación del Oratorio de San Felipe Neri, Dr. D. Manuel José Pedemonte, que si no brillaba por el talento y la elocuencia que lucia su hermano el famoso D. Carlos, era por sus virtudes, el tipo del sacerdote católico. El Sr. Pedemonte, que seguía con interés á Bartolito, como él lo llamaba, notó un día su ausencia del patio de machos, que era el destinado á los capistas, ausencia que se prolongó por días y días, con gran disgusto suyo y sin que esplicársela pudiera, hasta que topóse con él en la calle, é inquiriendo su causa, supo que la escasez de sus medios por la muerte de su tío, le obligaba á dejar los estudios y buscar en el trabajo manual, medios de subsistencia para él, su hermanito y su anciana tía. El Sr. Pedemonte entonces, díjole que no consentiria tal cosa: que desde ese momento su educación y la subsistencia de su familia, corrían de su cuenta; y señalando á esta una pensión de veinte pesos mensuales, hízole reingresar á San Carlos, pero esta vez como colegial ó sea alumno interno.

Terminados sus estudios de filosofía, matemáticas y física, se graduó de Maestro en Artes y se cruzó esa banda celeste, que suele ser insignia, de honor en mi colegio, como dice Olmedo; y cuando se disponía á seguir los de jurisprudencia, se interpuso el Sr. Pedemonte, exigiéndole que hiciese primero los de teología. Cedió Herrera por complacerle, y sin perder de vista su objetivo, el de ser abogado, se dedicó con empeño á ellos, logrando por premio de sus afanes, recibir el capelo y las borlas blancas de Doctor en esa ciencia, en la Universidad de San Marcos, en 1828.

Comenzó entonces los de derecho á la vez que regentaba las cátedras de filo sofía y matemáticas, y al año siguiente de 1829, resolvió casarse con una interesante joven, á la que hacia tiempo profesaba acendrado amor. Creyó justamente de su deber pedir permiso al efecto, al buen sacerdote que de padre le sirviera, y, ¡cuál seria su sorpresa y su dolor, al ver al hacerlo, caer al Sr. Pedemonte de rodillas á sus pies, exclamando —¡Bartolito! Yo no te he educado para ti: yo te he educado para Dios y para su Iglesia, y solo consagrándote á su servicio me puedes pagar lo que he hecho por ti! Herrera inclinó la cabeza, arrancó su amor de su corazón y pidió las órdenes sagradas. El Sr. Echagüe, Dean de la Santa Iglesia Metropolitana, que ejercia el Gobierno de la Arquidiócesis en Sede vacante, le dispensó el defecto de la edad, y el Illmo. Sr. Orihuela, Obispo de Cuzco, residente en Lima desde que fué expulsado de su diócesis en 1826, le ordenó inmediatamente de diácono.

Sea por ahogar más fácilmente con la ausencia su contrariada pasión y disponerse á recibir dignamente la unción sacerdotal, sea por alguna razón que ignoramos, el hecho es, que apenas ordenado de diácono, dejó el joven Doctor los claustros de San Carlos y se trasladó á Huánuco, en cuyo colegio estableció durante su residencia allí, la enseñanza de las matemáticas, que profesó en él hasta el año de 1831, que dejó Huánuco y se restituyó á Lima y á San Carlos, en donde se le confió el cargo de Vice-rector y se le nombró regente de Teología y Artes. A fines de ese año recibió de manos del mismo Sr. Orihuela, la orden sacerdotal, acto al que se preparó con gran celo y fervor, bajo la dirección del sabio presbítero Dr. D. Mateo Aguilar, misionero apostólico, y del santo franciscano Fray Francisco de Sales Arrieta, años después Arzobispo de Lima.

Los años corridos desde aquel hasta el de 1834, los pasó el Sr. Herrera en San Carlos, compartiendo su tiempo entre el estudio de la jurisprudencia, en la que recibió también el capelo doctoral, la enseñanza de la teología, la filosofía y las matemáticas, las atenciones del vicerectorado, el púlpito y el confesionario. En 1834 fué nombrado cura de la doctrina de Cajacay en la provincia de Cajatambo, en una agreste serranía para donde luego partió.

“En aquel curato, dice un biógrafo, vivió el Dr Herrera, como se vive en la mayor parte de los pueblos de la sierra, en una horrible soledad; pero esta soledad le fué utilisima. En ella pudo tomarse cuenta del fruto de sus estudios, y descubrió que había bebido como doctrina sana en el colegio, los errores, jansenistas en religión, y en política las nociones más subversivas del orden social. Entónces emprendió la renovación completa de sus ideas, desde la filosofía, su ciencia predilecta; y desde entonces suspiró incesantemente, por salvar á la juventud de los estragos de las pésimas doctrinas que le habían extraviado y que corrían con el mayor crédito.” “Por lo demas, dice el mismo biógrafo, cumplió sus deberes de párroco con palpable provecho de la parte del rebaño que le estaba encomendada.”

Consagrado Arzobispo de Lima en 1835 el Illmo. Sr. Dr. D. Jorge Benavente, resolvió hacer la visita de su vasta arquidiócesis, viuda desde la expulsión del Sr. de las Heras en 1821, y nombró secretario de la visita al cura de Cajacay; con cuyo motivo volvió este á Lima, seria mente atacado de la terrible enfermedad conocida con el nombre de verrugas, en 1837. La visita no tuvo lugar sino en esta ciudad únicamente, por el mal estado de la salud del prelado, que falleció poco después y en la relativamente temprana edad de 55 años; y el Dr. Herrera se restituyó a su doctrina de Cajacay, no sin haber prestado antes importantes servicios en la capital, como miembro de una comisión instituida por el Sr. Benavente, para examinar el Código civil promulgado ese año por el General Santa Cruz, Protector de la Confederación Perú-Boliviana, en algunos de cuyos artículos se atacaban abiertamente los derechos é inmunidades de la Iglesia, y hacer á aquel, las debidas representaciones, que, justo es reconocer, recibió y acató con benevolencia.

Poco tiempo pudo permanecer el Dr. Herrera esta vez en Cajacay, porque acometido nuevamente por sus mal curadas verrugas, tuvo que abandonarlo definitivamente, pidiendo coadjutor, y trasladóse otra vez á Lima.

Hallábase en esta ciudad cuando el Illmo. Sr. Arrieta, sucesor del Sr. Benavente en el gobierno de la arquidiócesis, abrió concurso de curatos en 1840: opúsose el Dr. Herrera al concurso y se le confirió la bonita doctrina de Lurín, lo que influyó poderosamente en su vida ulterior. Desde luego, ello fue causa de que se relacionase estrechamente con el entonces Coronel reformado D. José Rufino Echenique, que trabajaba la vecina hacienda de San Pedro; y después, de que lo conociese el General Vidal, cuando vencedor del General Torrico en la batalla de Agua Santa, pasó por Lurín para venir á tomar posesión del gobierno en Lima en el mes de Octubre de 1842, el cual quedó tan prendado del joven cura, que le nombró Rector de San Carlos, luego que llego á esta ciudad.

La obra del Dr. Herrera como tal, en los nueve años que estuvo al frente de ese establecimiento, no puede ser estudiada en las estrechas páginas de un periódico: bástenos decir, que estableció un nuevo sistema de educación, cambiando completamente el plan, los textos y las doctrinas de la enseñanza: que él mismo escribió algunos de esos y enseñó la filosofía, la economía política, los derechos natural, constitucional, de gentes, canónico y la teología: que estableció la disciplina más severa, mediante el despliegue de la más vigorosa energía, unida á las formas más sagaces, y que formó un gran número de aprovechadísimos discípulos, que han ocupado posteriormente los más altos puestos del Estado y brillado en el foro, la magistratura, la cátedra, la iglesia, las armas y las letras.

Absorbido en sus tareas rectorales estaba el Dr. Herrera cuando fué designado por el gobierno del Mariscal Castilla, que regía constitucionalmente la República desde Abril de 1815, para pronunciar el sermón en la misa de gracias que debía celebrarse en la Catedral el 28 de Julio de 1846, XXV aniversario de nuestra independencia. Inmensa fue la sensación que esa espléndida oración hizo en la metropolitana cuando se pronunció y en toda la república cuando la prensa la llevó en sus alas, hasta sus más remotos confines. Ninguno de los que le escucharon podrá olvidar al joven y bello orador, cuando en vez de las vulgaridades y lugares comunes, que hacía un cuarto de siglo venían profiriéndose en días semejantes, al hablar de la conquista exclamó: «¡Gloria á los que la acometieron! ¡Gloria á España! Esa gloria que se refleja en los instrumentos de los grandes hechos del Altísimo: y la gloria verdadera quede á Dios por haber dotado á la nación española de la inflamada fantasía, del corazón generoso, del firmísimo é incontrastable carácter que era menester para semejante prodigio.» De suponer es la tempestad que en aquellos tiempos levantarían estas y otras ideas, verdaderamente extrañas en ellos, sostenidas con brío singular por el Dr. Herrera, así en el púlpito como en la cátedra. Así fue en efecto: gimieron verdaderamente las prensas con todo género de ataques, desde los más abstractos en el órden de las ideas, hasta los de las más concretas personalidades; pero á todos hizo frente el Dr. Herrera con la tranquila energía y la calma imperturbable que formaban el fondo de su carácter, rebatiendo á sus contendores, ya por escrito desde las columnas de “El Comercio”, ya de palabra en los exámenes públicos que se realizaron en San Carlos en Diciembre de aquel año. No obstante esa tempestad, en Noviembre del mismo, el Mariscal Castilla le confirió una canonjía en el coro metropolitano.

Afiliado el Dr. Herrera al partido de su antiguo vecino de Lurín D. José Rufino Echenique, ya General, que con el apoyo decidido del gobierno, disputaba la sucesión legal del Mariscal Castilla al General Vivanco, fue llevado al Congreso como Diputado por Lima, á la legislatura que se abrió el 28 de Julio de 1849 y elegido luego Presidente de su Cámara. En ella se mostró potentísimo orador parlamentario, y cuenta que tenía por rival y habitual contendor, á D. José Manuel Tirado, el más brillante sin duda, de los tribunos del Perú, jefe entonces del partido de oposición al gobierno.

En Abril de 1851 completó el Mariscal Castilla su periodo de seis años de gobierno y le reemplazó el General Echenique, proclamado por el Congreso después de una reñida y sangrienta lucha electoral; y cuando en Agosto de ese mismo año organizó su ministerio, que hasta esa fecha fue unipersonal, nombró al Dr. Herrera, Ministro de Justicia, Instrucción pública, Beneficencia y Negocios eclesiásticos, encargándole del despacho de Gobierno y Relaciones Exteriores, mientras se hacía cargo de él el titular D. Joaquín José de Osma, que con el General D. Manuel de Mendiburu en Hacienda, y el de igual clase D. Juan Crisóstomo Torrico en Guerra y Marina, formaban el gabinete. No se había visto quizá antes, ni tal vez se ha visto después, ninguno más completo, bajo todo punto de vista; sin embargo, no duró ni un año: antes que él se cumpliese salieron los Sres. Osma y Mendiburu como Ministros plenipotenciarios, este en la Gran Bretaña y aquel en los Estados Unidos primero y en España después, y el Dr. Herrera con igual carácter, cerca de Su Santidad, quedando solo el General Torrico en el gobierno con nuevos colegas.

Cosa de un año permaneció el Dr. Herrera en la ciudad eterna, representando dignísimamente á su país bajo todos aspectos, muy estimado por Su Santidad Pío IX, muy distinguido por el Cardenal Antonelli, Secretario de Estado y muy bien acogido por sus colegas del numeroso cuerpo diplomático allí residente, los miembros del Sacro-colegio y la alta sociedad romana en general; y después de una rápida misión en Toscana y Cerdeña, dio vuelta al Perú, llamado con viva instancia por el General Echenique, que veía ya formarse en el horizonte político, la tempestad que estalló poco tiempo después. No obstante esa llamada, el Dr. Herrera no tomó parte en el gobierno á su regreso á Lima, limitándose su participación en la política, al desempeño de las funciones de Consejero de Estado, para lo que había sido elegido por el Congreso, y al ejercicio de las de Director general de Instrucción pública, para lo que fué nombrado por el gobierno, hasta la caída del General Echenique el 5 de enero de 1855, y la subversión completa del orden constitucional, con lo que volvió el Dr. Herrera á la vida privada y á ocupar su silla en el coro metropolita, ya en la dignidad de Chantre.

Alejóse entonces de la política y aun de la capital, pues sus ya sériamente afectados pulmones, obligáronle á hacer una larga residencia en Jauja, hasta que la disolución de la Convención y la convocatoria á un Congreso que debía reunirse en 1858, lo llamaron nuevamente á aquella y le trajeron otra vez á esta, como Diputado unánimemente elegido por la dicha provincia.

En el Congreso de 1858 luchó el doctor Herrera con la inteligencia y brío que lo caracterizaban, en defensa de los principios fundamentales del orden social, que formaban su credo; pero sin éxito ninguno: ese Congreso fué una especie de apéndice de la Convención, que no hizo más que complicar la situación y que cayó al fin tan ridículamente como ella. Resolvió entonces el gobierno apelar directamente á la nación, para que esta, mediante un plebiscito, manifestase su voluntad respecto á la reforma de la Constitución de 1856, y eligiese por sufragio directo, sus representantes, debida y especialmente autorizados para llevarla á efecto. El pueblo respondió unánime y presuroso al llamamiento del gobierno y el Congreso reformador se instaló el 28 de Julio de 1860, bajo la presidencia del Sr. Herrera, elegido nuevamente Diputado por la provincia de Jauja, no sin que antes el partido opuesto á la reforma de la Constitución, hubiese hecho todo esfuerzo por impedir su reunión, hasta el extremo de atentar á la vida del Presidente de la República el 25 del propio mes. Ya por entonces era el Sr. Herrera Obispo de Arequipa, para cuya sede, vacante por la promoción á la archiepiscopal de Lima del venerable Sr. de Goyeneche, fué presentado por el Mariscal Castilla en 1859, y consagrado por el Sr. Orueta, Obispo de Trujillo, en la iglesia de San Pedro de esta ciudad, el 27 de Mayo del mismo año de 1860.

Al Congreso reformador presentó el Sr. Herrera un proyecto de reforma constitucional, ó más bien un proyecto de Constitución, “no como proposición en forma, sino únicamente como materia de lectura particular á los señores Diputados, especialmente á los miembros de la Comisión,” según decía él mismo en el prólogo que lo precedía: estos no tomaron para nada en cuenta ese proyecto, y presentaron otro, que es el que, más ó menos se convirtió en ley fundamental del Estado, y, más ó menos también, norma sus destinos, no sin repetidos eclipses parciales ó totales, desde el mencionado año de 1860, y que, de ningún modo satisfacía las aspiraciones del Sr. Herrera y de sus amigos.

Sin embargo, el Sr. Herrera, acompañado fielmente por alguno de estos, luchó á fin de modificar en alguna manera el proyecto de la Comisión, y siquiera, como el decía, quitar el escándalo de la ley; y, no obstante el decaimiento de su salud, pronunció varios discursos verdaderamente esplendidos y en todo dignos de él: citaremos entre otros, el de la sesión del 29 de Agosto, apoyando el artículo 4.º del proyecto de reforma, y él de la sesión del 3 de Setiembre impugnando el artículo 6º del mismo. Fué este su último discurso y la sesión del 7 de ese mes la última que presidió. En la del 11 se dió cuenta de una acta fechada el 10, en la que anunciaba al Congreso su separación, “por ser imposible que continuase presidiéndolo ni tomase parte alguna en sus deliberaciones; después de haberse declarado competente para abolir y haber abolido el fuero personal de los clérigos, sin acuerdo del jefe de la Iglesia.”

El 28 de Diciembre de ese mismo año, dejó definitivamente su ciudad natal y se dirigió á tomar posesión del gobierno de su diócesis, abordo de la fragata de guerra “Amazonas,” que el gobierno puso á su disposición para que le condujese á su destino. Consagrado ya únicamente al cumplimiento de sus deberes pastorales, vivió el Sr. Herrera en Arequipa, hasta el 10 de Agosto de 1864 en que falleció a los 56 años de su edad, “cuando la patria y la Iglesia se prometian aún más felices sucesos de sus talentos, virtudes y singular laboriosidad,” como dice uno de sus biógrafos.

Durante su paso por el Ministerio de Relaciones Exteriores, celebró el Sr. Herrera con el Comendador Da Ponte Riveyro, el tratado de comercio y navegación fluvial entre el Perú y el Brasil, que lleva la fecha de 23 de Octubre de 1851, por lo que recibió del Emperador Don Pedro II la Gran Cruz de la Orden de Cristo; y durante su misión en Turín ajustó con el General Dabormida, Ministro de Negocios extranjeros, el tratado de amistad, comercio y navegación entre la República y el reyno de Cerdeña, que lleva la del 14 de Junio de 1853, por lo que el Rey Victor Manuel le confirió la Gran Cruz de la Orden de los Santos Mauricio y Lázaro: mientras estuvo en Roma estipuló con el Cardinal Santucci, un proyecto de Concordato al que el gobierno no dió curso.

Las principales obras del Sr. Herrera se contienen en el tomo 2.º de las selectas del clero peruano, dadas á luz en París en 1853 por M. R. M. Laurel; y de todas las que escribió, hácese una relación en la biografía impresa en Lima en 1873, obra, según se dice, de Monseñor García y Sanz. El retrato que hoy se publica, es copia de una fotografía hecha en Arequipa en 1863, y que envió de allí al que estas líneas traza, que conserva siempre su veneranda imagen ante sus ojos, como conserva inalterable en su corazón, el profundo y respetuoso afecto que en vida le profesó.


(*) Publicado en Jurídica, Nª 212, suplemento del diario El Peruano, el 19/08/2008.

(**) El 24 de agosto de este año se cumple el bicentenario del nacimiento de uno de los más preclaros sacerdotes, abogados y políticos de la mitad del siglo XIX: Bartolomé Herrera Vélez. A solicitud de la Sociedad Peruana de Historia y de muchos ilustres lectores y coleccionistas de "Jurídica", cumplimos con adherirnos al homenaje que se le tributa y publicamos la biografía que de él escribió otro gran hombre que ocupa lugar privilegiado en la historia nacional. Este fue José Antonio de Lavalle, quien, con especial afecto, escribió este artículo para el "Perú Ilustrado", N° 14 (Lima, 18 de enero de 1890), que ahora reproducimos textualmente, respetando la ortografía de la época.


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