Por Roberto Simanca

Que la historia sea el conocimiento del pasado, esa es una verdad de perogrullada; ahora que con fundamento en supuestas metodologías y caída de paradigmas se nos venga con metafísicas de vieja data, eso si es preocupante.

A poco asistí al denominado I Congreso Internacional de Historia Inmediata, donde el revisionismo, las salidas delirantes y el juego de palabras altisonantes como lo epistemológico, las perspectivas multilaterales o cosas por el estilo; obnubilan a la ciencia histórica. La metafísica está de vuelta, esa es la primera conclusión por adelantado; por ello se hace fundamental insistir en ese texto guía- que no Biblia- de Mao Stetung, Sobre la Práctica: El conocimiento del hombre depende principalmente de su actividad en la producción material (Cinco Tesis Filosóficas de Mao Tsetung); que no significa única, para que no se nos venga con aquello de la teoría del reflejo y demás sandeces para desviar el argumento, como si es el caso de estos científicos sociales; quienes sin pretenderlo algunos y otros si, caen en el llamado solipsimo, entendiendo por éste como apunta el filósofo Ferrater Mora: El idealismo subjetivo epistemológico, que reduce todos los objetos de conocimiento a contenidos de conciencia (Diccionario de Filosofía, Tomo III); es decir, para estos intelectuales el problema seria un combate por las ideas, por la historia, la utopía y la esperanza; obviando aquella expresión síntesis del pensamiento dialéctico materialista, cuando el difunto Mao se preguntaba ¿De dónde provienen las ideas correctas?: ¿Caen del cielo? No. ¿Son innatas de los cerebros? No. Sólo pueden provenir de la práctica social...(Obra citada); así en dichas respuestas se arremete de modo magistral contra la concepción teísta, mentalista y se reafirma lo concreto material; sin caer en la trampa actual de poner en duda la objetividad de la ciencia y avalar la posibilidad de una metafísica como explicación histórica.

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En torno a la metafísica, al inquirir al grupo de científicos sociales de manera capciosa sobre si la memoria está hecha de olvido; entonces es evidente que la historia seria una ilusión a lo muy Calderón de la Barca; uno de los catedráticos me planteaba que si y para colmo me remite a esa cueva peste de Jorge Luís Borges con su laberinto. Una aclaratoria, digo peste al igual que con la novela Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez; porque pienso que el realismo mágico y la ficción borgiana- sin duda con su merito literario- por desgracia forman parte del imaginario latinoamericano, que aun vive en las catacumbas. Pues bien, aquí se resume una de las criticas de esta tendencia: la negación de la objetividad y la posibilidad de llegar a la osadía de pensar que la ciencia no existe, cayéndose en una sui generis concepción mágico en tiempos de postmodernidad.

Claro que verdades absolutas no existen, menos en ciencia. La verdad absoluta no es más que la suma infinita de las verdades relativas y sólo en la práctica en última instancia se dirimirá si un conocimiento es válido o no; y lo es si cumple con la premisa de ser objetivo, fundamentado en la razón y la metodología, citando a Mao: El que sea verdad o no un conocimiento o teoría no se determinan mediante una apreciación subjetiva, sino mediante los resultados objetivos de la práctica social (obra cit). Por lo que en primer término, resalta el carácter idealista de las premisas que sustentan muchos de los exponentes; a ello se le agrega el soslayo del elemento económico, como coartada para reducir el hecho histórico al ámbito de la historia, la sociología, la antropología y la geopolítica; sin nombrar para nada la producción como categoría fundamental para visualizar la grandeza o no de cualquier grupo societario, que se concreta en el desarrollo de sus fuerzas productivas; la ciencia y la tecnología en rezago o crecimiento, en si, la posibilidad cierta de hablar de una sociedad que ha creado civilización.

Cierto que los hechos históricos son múltiples y, por consiguiente las fuentes deben serlos; pero dar un salto de casi negación de una fuente u otra, en este caso la documental, es atentatorio con el fichaje excavatorio de los acontecimientos históricos. Bien que el documento como tal no dice mayor cosa, debe el científico social leer entre líneas, integrar los actores que subyacen en la fuente; pues, si no caería en el mero relato, como nos tienen acostumbrados por ejemplo los ancianos de la Academia de Historia del Estado Zulia.

De una estigmatización por no decir una execración del documento, los historiadores al instantepareciesen exaltar los medios masivos de comunicación y las llamadas tecnologías digitales, especie de flash ante el corre corre del día. Mucho sesgo se adentra en esa premisa. En primera instancia, el avalar la información per se, es esconder el sustrato de esa información, sacralizarla; póngase por ejemplo un historiador de la economía local, tendría como única fuente los archivos de los periódicos locales, la páginas Web del gobierno estatal y las diatribas de los oponentes en esos diarios; pero para el historiador al debate nada sumaría los debates en el Consejo Legislativo, las alianzas entre diputados, el manejo sigiloso del control fiscal, el análisis del plan y el presupuesto público; quienes fueron los actores beneficiados con las licitaciones, en qué municipios se quedó el grueso del gasto público, en si, por donde viajó el erario público. Pero no, el historiador al debate en su data room sólo echaría mano de sus periódicos digitales y demás tecnologías del procesamiento, en tanto, los actores, que no son entes abstractos sino personajes pertenecientes a definidas clases sociales, serían para él sólo agentes de información; de ese modo la historia al debate logra escamotear el conflicto y de seguro lo integrará en términos de entradas, procesamiento y salidas a sus esquemas de mera gobernabilidad y ejercicio del poder en tanto abstracción de lo cotidiano colectivo.

Mucho de utopismo debe tener este enfoque histórico, con aquello del periodista norteamericano John Reed y su libro Diez Días que Estremecieron al Mundo; quien viviendo el proceso soviético como participe, se consideraba que estaba haciendo historia y debía escribirla, aunque sólo desde la óptica de la epopeya bolchevique; y he aquí el problema a mi criterio medular: La historia al Debate es una historia comprometida, una historia de pasiones, de toma de posición; lo que en gran medida la descalifica para ser integrada con el mote de cientificidad, es al contrario, mera fuente para el historiador futuro.

Desde la pasión la razón languidece, al quebrarse ésta cae uno de los elementos fundamentales de una ciencia: La objetividad y como consecuencia el método y el sistema lógico en que se pretendía encauzar analíticamente el hecho histórico objeto de estudio.

Los documentos de este grupo de historia para el debate comandado por el historiador español Carlos Barros, serán, a despecho de su creador y sus pioneros, documentos para el estudio sereno cuando se clarifiquen las múltiples variables que afectan el hecho histórico; el cual es harto difícil aprehensarlo en la mera superficie de la noticia y la figuración de los actores; si se considera que el poder y lo intereses aparentan en lo público apenas una que otra careta de las alianzas y desalianzas superlativas, que los grupos de presión, los colectivos y las élites imponen trastienda.

Historia de la superficie y de toma de posición, valida en tanto se crea en una ideología; pero que no necesariamente puede comulgar con la ciencia. Se puede asumir como humano al fin, posición por la transformación o el statu quo; pero téngase en mientes que entonces se estaría en presencia de una ideología histórica y no la historia como ciencia. Una cosa es pensar la historia y otra conocerla, idea muy bien esbozada por el historiador Germán Carrera Damas.

Resumo mis objeciones. La historia al debate es una consecuencia no lineal de los ciclos económicos, los cuales en gran medida cada vez se acortan más. Si en el pasado cada ciclo duraba un promedio de cincuenta años y los economistas han devenido en meros administradores de las crisis económicas, que por lo general tienen una duración promedio de tres años; ello se refleja en el abordaje histórico a ese tiempo, con todas las consecuencias de unas fuentes fallidas por incompletas. Al estigmatizarse el documento histórico se toma partido por el diarismo; diluyéndose unos elementos fundamentales para diseccionar el hecho histórico de toda sociedad: su aparato público en términos de plan y presupuesto; de igual modo se silencia las historias de colectivos, esa que se fragua tras bastidores y, por lo general no admite reseña en los medios sacralizados sino como estética del mal gusto ante las élites imperantes. Los historiadores al debate reducen la toma de posición a categorías abstractas como civilización, barbarie, poder, crisis, imperialismo; descontextualizando lo básico de toda sociedad: la administración y la economía. La historia al debate es una ideología histórica, que con el poder en manos de algunos de los ganadores, devendrá en historia ideologizada.

La historia más allá de lo apuntado tiene su verdadero bemol: la imposibilidad de reconstruir irremediablemente algunos y muchísimos hechos históricos, bien por la perdida de todo rastro de fuente y hasta el olvido pactado de sus colectivos; ello no implica avalar la posición tremendista, por no decir que acomodaticia, de decir que la historia es el relato de la mentira. La memoria puede estar hecha de olvido pero ello no nos puede inducir para hacer de la historia, ficción, partiendo de la idea de que el olvido es mayor que el recuerdo; pues, quiérase o no toda ciencia es una reconstrucción de lo que existe o existió, no una certeza. Es inevitable que el historiador en este esquema de la historia al debate haga juego con sus ideas, por la sencilla razón de que toma partido y, por lo tanto, no es neutro en términos de metódica y razón.

Ni lo inmediato es lo último de la historia ni puede existir historia sin documento. Los extremismos se juntan y esto es lo que se visualiza en la gama de historiadores que se confrontaron: ambos ponen en tela de juicio la objetividad, apuestan por el discurso histórico, quieren salvar su posición por una mera eticidad del compromiso, bien con la revolución socialista o con el etéreo proyecto nacional, caso de Venezuela. Que el poder haya negado la historia a los vencidos, no significa tampoco que se deifique la historia de esos colectivos: indígenas, negros, mujeres, gays y otros tantos. El integrar para aprehensar la totalidad es el reto; cualquier reduccionismo, válido en lo personal, es desdecir de la cientificidad de la historia.

Creo que se debe romper mitos como aquel de Marx de que: Lo único bueno que tiene la burguesía son sus mujeres, o bien Buñuel con El discreto encanto de la burguesía; y en el otro extremo del populismo: La voz del pueblo es la voz de Dios. Tiempo inevitable para el combate, en lo personal asumo el socialismo, que no el borbónico ni el democrático a lo Teodoro Pèkoff; pero estoy consciente que en función de la dinámica y sus realidades, quienes tomamos dicha senda debemos hablar del Socialismo Posible, que no es la concepción àcrata, socialdemócrata ni menos la ortodoxia marxista ni menos aun ese engendro llamado socialismo del siglo xxi. Apuesto por el combate sin cortapisa pero con una pasión razonada y una razón no airada


Vía: Analítica.com

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