Lo que sucede en Venezuela ya tiene tufillo de historia conocida. Conocida y renegrida. La noticia que dio El Nacional de Caracas el día de ayer es el primero de los síntomas de un gobierno que se siente legitimado y con derecho a hacer lo que quiera. Inluso a reescribir la historia a su gusto y con guión propio. En otras palabras, en Venezuela el socialismo del siglo XXI del presidente Chávez ya empieza a soltar ventosidades estalinistas.

No es la primera vez ni será la última. A lo largo de la historia, los salvadores de la patria de siempre que la pueblan nunca han cejado en su empeño de reescribir la historia según su propia versión que es la mejor manera de asegurarse, suponen, un veredicto amigable en el tribunal de la historia. Hay que reconocerles, al menos, el ímpetu con que se preocupan por la historia que leerán sus escolares. Pero la suya, en realidad, es una preocupación amañada, disfrazada. Insincera. Su verdadero interés es por cómo se verá su legado (si es que dejan alguno) y su foto en los libros de historia. Cometen la increible ingenuidad de creer que reescribiéndola ellos mismos se aseguran un lugar en el futuro que ellos se encargaron de estropear en un presente en que nos tocó soportarlos. Para ellos el futuro no es un asunto de cuándo sino de cómo.

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En esta historia lo que más asombra, no tanto por su originalidad sino todo lo contrario por su recurrencia, son los argumentos esgrimidos para justificar una nueva historia nacional dictada desde arriba. Un ejemplo de lo dicho lo constituye la declaración de una de las voces que busca justificarla, la diputada María Briceño de Queipo (Zulia), presidenta de la Comisión de Educación, Cultura, Deportes y Recreación: "La historia depende de quien la haya escrito. Ha sido una ciencia dependiente y ausente, en la que se encuentran los que asumimos el enfoque crítico y los que escribieron la historia para la dominación". Con semejante declaración, esta diputada ya tiene un parentesco casi genético con alguno de nuestros congresistas, que ya es decir bastante.

Afortunadamente para los amigos venezolanos siempre existen y existirán hombres honestos e intelectuales todavía más honestos que no se suben ni subirán nunca al carro del poder, alzan su voz de advertencia, cuando no de protesta, y señalan lo peligroso de esta práctica que es la historia al servicio del poder de turno. Con hombres así, con historiadores auténticos y veraces podemos decir que todavía nada está perdido y que la esperanza parpadea débil pero firme al final del túnel al que está llevando Chávez a Venezuela, y que no contento con ello ahora quiere arrastrar con él a la cultura nacional y a la memoria de su país. Por favor, que alguien se lo impida.


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