Cuando el horror de la matanza hubo pasado, inmediatamente el Ejército Nacional de Franco negó los hechos y echó la culpa de la destrucción de la ciudad al Ejército de la República, de quien dijo que había quemado la villa para culpar de ello a las tropas nacionales. Cuando se hizo evidente que sus aliados alemanes, ayudados por los italianos, habían sido los responsables, empezaron a publicar informes y reportajes de que lo acontecido en Guernica era consecuencia de la política de ‘tierra arrasada’ que en su desesperada huida practicaba el Ejercito de la República. Cuando fue imposible seguir negando lo evidente, se impuso una ley de silencio sobre el bombardeo de Guernica que duró lo mismo que duró el franquismo: cuatro décadas. Semejante atrocidad inspiró el que tal vez sea el cuadro más conocido e importante de la historia del siglo XX: el Guernica de Picasso, pintado el mismo año de la tragedia y que también durante décadas estuvo prohibida su imagen en España.
La tarde del 26 de abril de 1937 aviones de la “Legión Cóndor” alemana arrasaron con el pueblo vasco de Guernica. Escuadrillas de bombarderos Heinkel 111 y Junkers 52 soltaron sobre la histórica villa más de tres mil bombas incendiarias, ametrallaron a los pocos civiles desconcertados que encontraron en las calles y destruyeron el histórico casco urbano de la ciudad del que se salvó, afortunadamente, el ayuntamiento y su centenario árbol donde se juraban los fueros desde cientos de años antes. Cerca de tres horas utilizó la aviación alemana para dejar el casco histórico de la villa reducida a cenizas y escombros.
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Transcurrido el tiempo, historiadores de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra Mundial coincidieron en señalar que la importancia estratégica de Guernica (salvo el de su valor simbólico) era nula y que semejante destrucción solo era posible de entender como el ejercicio previo, la prueba de ensayo real y mortífera de lo que luego vendría después: bombardeos masivos y precisos, blancos civiles como objetivos, destrucción generalizada para desmoralizar a la tropa y a las poblaciones. Y, especialmente, probar la eficacia de los pilotos alemanes.
Hasta aquí las rememoraciones. Quiero detenerme ahora en dos hechos significativos de esta triste historia: la contumaz negación de un hecho evidente y la perpetración de ese hecho como ensayo de otro mayor y más abominable.
Se ha vuelto un lugar común decir que la historia nos sirve para aprender de los errores del pasado y no repetirlos. Un axioma que ha perdido todo sentido si nos detenemos a considerar la cantidad de yerros que a diario cometemos, de manera especial nuestros políticos. Más aún, estos van en contra y a sabiendas de cualquier enseñanza de ella. Más cercano a la realidad resulta decir que el presente está impregnado de pasado. Que lo ocurrido ayer no solo puede ocurrir nuevamente, sino que las lecciones que nos deja el pasado, o no las aprendemos o las aprendemos mal. Peor aún, que no las queremos aprender.
Viendo los continuos reportes de la ONPE, sus tira y afloja hacia atrás y hacia adelante sobre el conteo de votos y cómo este, cada vez más lento y más sospechoso, un día acorta la distancia entre la real vencedora y su contrincante y al otro la devuelve a la delantera, no puedo evitar recordar la ‘mentira’ de Guernica. De ahí la rememoración de aquel hecho.
Lo que está perpetrando la ONPE es la legalización de un descarado fraude, la violación por vía oficial y oficiosa de la voluntad popular. Pero no con la intención de hacer ganar a una en desmedro de la otra, sino cómo ejercicio de la posibilidad de cometer otro más grande ante la vista y paciencia de todos nosotros y negarlo por más evidente que este sea.
Aquí lo que está en juego es la credibilidad de una institución, la manera en que esta opera y cómo, en el siglo de las computadoras y la eficiencia organizacional, su proceder nos ha devuelto al tiempo de las cavernas.
Mellando la credibilidad de esta, incrustando en la mentalidad colectiva la idea de que es ineficiente, lenta y sorpresiva, se habrá completado el delito mayor que es el que este gobierno, sus aliados y el fujimorismo pretenden cometer el próximo año. El viejo dicho de Lourdes Flores (“me ganaron en las mesas, no en las urnas”) fue la fórmula feliz, y oficial, que encontraron para torcer los resultados que no coinciden con sus intereses.
Una prueba más de lo que se afirma lo constituye el hecho, soberbio y lenguaraz, que cometió el presidente hace un par de meses cuando dijo que él podía hacer perder (o ganar, según convenga) a quien él quisiera. Lo que está sucediendo con la ONPE y sus cada vez más extraños reportes (tímidos, solapados, de prueba, midiendo nuestra reacción) es la comprobación de su arrogante desliz.
La ONPE no quiere hacer ganar a Lourdes a la fuerza. Sus personeros no defienden ni el voto popular y ni el sacrosanto sistema jurídico y electoral. Nadie retrasa nada para darle tiempo a un mafioso que no sabe cometer bien sus fechorías, a ocultar las pruebas de estas. Lo que todos hacen, en contubernio vil o como simples tontos útiles, es preparar el fraude mayor que se cometerá el próximo año. Ténganlo presente porque lo negarán, como negaron el bombardeo de Guernica, por más humeantes que sean las pruebas.
Ganarán en las mesas, no en las urnas. Estamos avisados.
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