El próximo año se cumplen 100 años del ‘descubrimiento arqueológico’ de la ciudadela inca de Machu Picchu, ocurrido el 24 de julio de 1911 por el aventurero estadounidense Hiram Bingham. Sin ánimo de restarle la importancia debida, casi un siglo después hay que decir que el mérito de Bingham fue dar a conocer al mundo la existencia de la ciudadela inca que, como lo han establecido las últimas investigaciones históricas y arqueológicas, ya habían sido localizada y visitada con anterioridad por otros muchos años antes que él. Un hecho que el propio explorador reconoció y dejó, de puño y letra, apuntado en una de sus muchas libretas de notas de la expedición.

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Lo que no se sabe con exactitud es si el próximo año, para conmemorar el centenario de tan significativo acontecimiento, habrán retornado ya al país las miles de piezas que Bingham sacó del país a título de préstamo para su investigación por 18 meses y que, 99 años después, no han sido devueltas. En poder de la Universidad de Yale, lo extraído de Machu Picchu es materia de una reclamación del estado peruano a esa universidad que esta no está dispuesta a ni a oír en modo alguno. .

Visto en perspectiva, el saqueo del que fue víctima Machu Picchu es apenas una de las centenares de historias que existen del expolio del que han sido víctima pueblos y culturas a lo largo de la historia y del que Egipto y Grecia podrían dar los testimonios más dramáticos. Solo por citar un ejemplo, la egiptología, con todo lo que ha aportado al conocimiento de una las civilizaciones antiguas más extraordinarias, es el resultado del colonialismo europeo del siglo XVIII y XIX que prácticamente arrasó con el legado cultural de los pueblos que conquistó y colonizó. Una ciencia nacida del robo y el expolio, así de simple.

Un auténtico saqueo cultural que ha merecido las más diversas explicaciones y justificaciones por parte de sus perpetradores, y que incluso ha sido glorificado por el cine (Indiana Jones) y hasta los videojuegos (Tomb Raiders). Una situación a la que no escapan los propios historiadores. Francisco Calvo Serraller, historiador y crítico de arte español, por ejemplo, es de la idea de que hablar de devoluciones no tiene sentido. "Los museos de todo el mundo se han nutrido de obras de procedencia irregular. Lo que hay que prevenir es el futuro”, afirma sin el mayor asomo de vergüenza.

Tres historia sublevantes

En este rosario de malas noticias, hay tres que de manera particular ejemplifican lo que para los peruanos representa la reclamación de las piezas de Machu Picchu: la evolución a sus legítimos dueños de su patrimonio cultural.

El penacho de Moctezuma. Reclamando desde hace 60 años, esta hermosa y única pieza, un impresionante tocado de plumas de quetzal, pese a su nombre, no se sabe con certeza que haya pertenecido a Moctezuma. Lo que sí sabemos es, más o menos, como llegó a su paradero actual, el Museo Etnológico de Viena, que se niega a entregarlo por considerarlo “patrimonio nacional” (¿aztecas y teutones?). Se sabe que fue parte de los regalos que el emperador azteca obsequió a Cortés, y que este envió al Emperador Carlos V. De ahí pasó a las colecciones de arte de los Habsburgo, donde permaneció durante siglos hasta que, durante la Segunda Guerra Mundial, fue trasladado a Viena. Hasta hace muy poco se rumoreó bastante que, con ocasión del Bicentenario, Viena estaba dispuesta a devolverlo como regalo al pueblo mexicano. Pero lo cierto es que tal cosa no sucedió y nada hace pensar que en el futuro se concrete su devolución.

El busto de Nefertiti. Descubierto en 1912 durante unas excavaciones en Tel el Amarna, en el sur de Egipto, por Ludwing Borchardt, profesor del Instituto Alemán de Ciencias Egipcias de la Antigüedad, el busto de la reina Nefertiti (1370-1330 a.C.) es la pieza que se ha convertido en el símbolo de la cruzada pro devolución que ha emprendido el secretario general del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, el polémico y mediático Zahi Hawas. Una cruzada a la que hace oídos sordos el Museo Egipcio de Berlín, alegando que su adquisición, en su momento, fue completamente legal. Una discusión a la que no le importa que su autenticidad siga siendo cuestionada por muchos.

Los frisos del Partenón. Este es, tal vez, el saqueo más sistemático y extendido de todos los perpetrados por el colonialismo inglés y el más escandaloso. Las 55 planchas de mármol de 75 metros de largo, que representan diversas escenas, fueron descolgadas del Partenón de Atenas por el embajador británico de aquel entonces, Lord Elgin, quien justificó la medida aduciendo el pésimo estado en que se encontraban. Entre 1804 y 1812, más de 70 cajas conteniendo los frisos llegaron a Inglaterra y finalmente depositados en el Museo Británico. Desde 1982, la presión diplomática y legal del estado griego para que se devuelvan los frisos no ha cesado en lo más mínimo, sin ningún resultado.

Pero estos no son los únicos ni los últimos casos. La lista de reclamaciones es larga. Entre ellos se encuentran la devolución del Zodiaco de Déndera, que se reclama a Francia; la estatua de Ramsés II al Museo egipcio de Turín; la Piedra Roseta y los bronces de Benin al Museo Británico por parte de Egipto y Nigeria, respectivamente; el obelisco de Aksum, la Venus de Milo, y un larguísimo y vergonzoso etcétera.

La catástrofe de Iraq

El 9 de abril del 2003, las fuerzas de la coalición que invadieron Iraq en busca de las armas de destrucción masiva ingresaron a la capital iraquí, Bagdad, y el caos se apoderó de toda la ciudad. El Museo Arqueológico Nacional y la Biblioteca Nacional no fueron la excepción y se convirtieron en blanco de saqueos y pillajes que en cuestión de horas acabó con miles de años de historia.

Cuando funcionarios de la Unesco pidieron ayuda a las fuerzas estadounidenses para proteger ambos edificios, recibieron por respuesta un no rotundo preocupados como estaban por proteger los campos de petróleo que en su huída los soldados iraquíes incendiaban. Durante dos días saqueadores y ladrones bien enterados de lo que contenían las dos instituciones hicieron de las suyas. Cuando el escándalo mundial fue mayúsculo, y que incluyó la renuncia de un alto funcionario de la Casa Blanca que como tal se sintió responsable de tan vergonzosos hechos, se envió un tanque a proteger el edificio del Museo Arqueológico. Ya era tarde. Miles de tablillas con escritura cuneiforme, las primeras huellas de la invención de la escritura, desaparecieron para siempre. Esculturas y objetos sumerios por decenas están desaparecidos hasta el día de hoy y cientos de manuscritos de los siglos X y XI, ejemplares únicos de la caligrafía árabe de la época, fueron a parar al mercado negro y a engrosar los anaqueles de coleccionistas privados.

El expolio del arte europeo en la Segunda Guerra Mundial

Pese a los ejemplos que se han reseñado líneas arriba, no todos los museos son renuentes a devolver a sus legítimos dueños las obras de arte robadas. Un ejemplo de ello lo constituye la actitud que muchos han adoptado con las obras de arte robadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Sistemática y minuciosamente planificada, el saqueo artístico de Europa tuvo en Hermann Goering al paradigma del ladrón de arte por antonomasia. Al momento de rendirse a los aliados, este jerarca nazi poseía 1.375 cuadros y 250 esculturas, además de otros 618 objetos de arte, provenientes de museos de Europa a los que había saqueado y de familias judías asesinadas por sus huestes. Se calcula que un total de 650.000 tesoros artísticos fueron robados a museos y galerías de los países ocupados, así como a las familias judías víctimas del Holocausto. Tras la guerra, muchos emprendieron acciones legales para recuperar sus patrimonios robados, pero debido a una legislación internacional y nacional diversa y ambigua no se ha hecho justicia en muchos casos y todavía muchos esperan la restitución de su patrimonio.

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