José Baquíjano y Carrillo, un reformista incomprendido (*)

Por Francisco José Del Solar Rojas

Abogado por la Real Audiencia de Lima. Doctor en Cánones y Leyes por el Seminario de Santo Toribio. Egresado de la Universidad Mayor de San Marcos (UMSM). Profesor de derecho en su alma máter. Protector de indios y fiscal del crimen. Especialista en comercio y leyes mercantiles. Presidente de la Sociedad Académica Amantes del País. Vicerrector de la UMSM. Alcalde del Crimen. Juez de Alzadas Perpetuo del Tribunal del Consulado de Lima y del Tribunal de Minería. Vicepresidente de la Junta Conservadora del Fluido Vacuno. Oidor de la Audiencia de Lima. Tercer conde de Vistaflorida. Consejero de Estado del reino español.

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José Javier Leandro Baquíjano y Carrillo, junto con Pablo Antonio Joseph de Olavide y Jáuregui, Toribio Rodríguez de Mendoza Collantes y Vicente Morales y Duárez integra el brillante cuarteto de juristas y maestros que hicieron posible el nacimiento de una pléyade de jóvenes abogados reformistas y demócratas, encabezada por José Faustino Sánchez-Carrión Rodríguez. Luego, ese grupo con ideales republicanos forjó en el crisol del patriotismo el surgimiento del nuevo Perú, cuyo desarrollo fue frustrado por las ambiciones, envidias y odios de las oligarquías de entonces, tanto la militarista como la económica.

PRIMEROS AÑOS

Baquíjano y Carrillo nació en Lima, el 13 de marzo de 1751. Sus padres fueron el hidalgo peninsular Juan Bautista Baquíjano de Beascoa y Uribe (primer conde de Vistaflorida) y la aristócrata criolla María Ignacia Carrillo de Córdoba y Garcés de Marcilla, descendiente de primeros conquistadores y encomenderos. Fue el segundo hijo varón de esta feliz y acaudalada unión. El primogénito fue su hermano Juan Agustín (segundo conde) y a la muerte de éste, el título recayó en José Javier, haciéndole el “tercer conde de Vistaflorida” (1807).

Sus estudios los realizó brillantemente en el Real Colegio de San Martín, a cargo de los jesuitas. Después pasó al seminario de Santo Toribio con igual desempeño, graduándose de doctor en Cánones y Leyes, a los 15 años. Ello le permitió ser profesor en su alma máter y a los 20 años se tituló de abogado ante la Real Audiencia de Lima, lo que permitió nombrarle asesor del Cabildo y del Consulado.

Sólo otro ilustre joven criollo igual que José Javier había brillado tanto como él. Era Pablo Antonio de Olavide y Jáuregui (Lima, 1725-Baeza, Andalucía, 1803). Desde entonces, se interesó en conocer más sobre su homólogo y le contaron las últimas penurias vividas en Lima y los grandes éxitos logrados en la metrópoli.

ESTANCIA EN CUSCO

En 1770, Baquíjano fue nombrado secretario letrado del rector del seminario, prelado Agustín de Gorrichátegui, y, en tal condición, asistió al Sexto Concilio Provincial de Lima (1772). Éste fue designado obispo de Cusco y Baquíjano viajó con él. En esa ciudad, probablemente, conoció al cacique de Tungasuca, Pampamarca y Surimana, José Gabriel Condorcanqui, más tarde Túpac Amaru II.

Al no acostumbrarse, José Javier decidió regresar a Lima para ir a España y abandonó definitivamente la posibilidad de ordenarse sacerdote. En este ínterin, mientras preparaba su viaje a Europa, fue iniciado masón en alguna logia irregular rito York (color azul), al igual que De Olavide.

VIAJE A ESPAÑA

Lo realizó en 1773, en busca de nuevos y grandes horizontes. Poseedor de una cuantiosa fortuna y deslumbrado por la vida mundana europea se dedicó a jugar y disipar parte de ella, en compañía de hermosas mujeres. Algo cansado de esta fútil vida, fue al encuentro del famoso De Olavide, quien le recibió en su casa con el mayor cariño. Le presentó a sus influyentes amigos y le incorporó en sus tertulias y afanes filosóficos y masónicos. Fue invitado a afiliarse a la Gran Logia de España, rito escocés (color rojo). El padrino fue el ilustre escritor español Gaspar Melchor de Jovellanos, íntimo del influyente anfitrión.

Por aquellos días, Baquíjano conversó con el cacique de Oruro, Blas Túpac Amaru, quien viajó a España para presentar sus reclamos y quejas ante el rey Carlos III. Fue llevado ante la Corte por el conde de Aranda, a solicitud de De Olavide. José Javier anduvo en tres o más reuniones con el noble indígena americano y con el cicerone que el monarca dispuso que se nombrara para tal fin: el masón Ventura Santalices. Lamentablemente, la misión del embajador indio quedó inconclusa porque falleció envenenado en una de sus sensuales salidas nocturnas. Éste informó a Baquíjano sobre los pormenores de las exigencias que, paralelamente, estaba haciendo en Lima el cacique Condorcanqui (1776-78).

EN LIMA

Baquíjano apareció en Lima, en enero de 1780. De inmediato se convirtió en el centro, líder y portavoz de los criollos tanto de los de arriba como de los de abajo. De igual manera, no abandonó a su suerte a los caciques y a los indios en general.

Bajo las luces masónicas pretendió unir a los ritos azul y rojo, habiendo introducido este último de manera irregular, por encargo de De Olavide. Recordemos que ambos criollos habían sido iniciados en él rito azul durante sus años mozos en Lima.

En este contexto, Baquíjano se ganó la simpatía y adhesión del virrey Manuel de Guirior, quien le nombró catedrático de Cánones en la UMSM, protector interino de indios ante la Real Audiencia de Lima y fiscal interino del crimen en el mismo tribunal. En el ejercicio de sus funciones defendió algunas libertades de comercio para los criollos, reformas educativas y representación de los indios. Todo ello acorde con el espíritu de la Ilustración, reinante en la época.

Para lograr estos nobles propósitos le fue fundamental contar con el apoyo de su antiguo compañero y amigo del seminario Santo Toribio, el clérigo Toribio Rodríguez de Mendoza Collantes (Chachapoyas, 1750-Lima, 1825), a la sazón, ilustre jurista y destacado profesor del Convictorio de San Carlos. Así también, del cura español jeronimita, jurista y masón Diego Cisneros y Becerra, llegado a Lima en 1773 después de haber vivido en la corte ilustrada del rey Carlos III, como confesor de la princesa María Luisa. El religioso cordobés había sido muy amigo del conde de Aranda y de De Olavide.

EN DEFENSA DEL VIRREY

Guirior fue acusado de pro criollo por el visitador real José Antonio de Areche, quien había llegado a Lima en 1776, y de inmediato incrementó los impuestos y creó otros nuevos, originando el descontento de criollos y caciques. Situación crítica que se acrecentó a finales de 1779 y explotó al año siguiente con el apoyo otorgado a Baquíjano y el respaldo virreinal a sus acciones.

Con el apoyo del docto limeño, el virrey se enfrentó al visitador. Nombró a Baquíjano como su abogado defensor. Empero, Areche informó al ministro de Indias José de Gálvez, su aliado y protector en España, quien al igual que el visitador tenía desconfianza y odio a todo lo criollo, a lo americano. Lamentablemente, el virrey fue separado del cargo. Años después, fue reivindicado por la corona.

El visitador no sólo se contentó con perjudicar a Guirior, sino, además, a Baquíjano. Le acusó de disipar su fortuna, de llevar una vida liberal, “enteramente perdida de costumbres”, etcétera. Ante tanta maledicencia, la condesa viuda de Vistaflorida -su madre- salió en su defensa mediante escritura pública. Ello irritó más a Areche.

Los masones -azules y rojos- también defendieron a su unificador. En las tenidas fue informado de la decepción de Condorcanqui al no ser recibido por el virrey y, más bien, atacado por Areche. Asimismo, de la iniciación masónica del cacique. Fue, entonces, cuando Baquíjano recordó las conversaciones sostenidas en España con el cacique de Oruro.

CONDORCANQUI

Corría julio de 1780 y José Javier ya nada pudo hacer. Las decisiones estaban tomadas por ambos frentes. El cacique a sublevarse. El virrey y, principalmente,Areche a combatirle y acabar con él. Más aún, teniendo en cuenta que el vicesoberano reemplazante de Guirior fue Agustín de Jáuregui y Aldecoa (tío materno de De Olavide), quien llegó al Perú el 21 de julio y no tuvo tiempo suficiente para conocer la realidad peruana, habida cuenta de que la sangrienta insurrección indígena comenzó el 4 de noviembre del mismo año, en Tinta.

Areche se convirtió en el hombre más poderoso, dispuesto a acabar con toda revuelta y con los insurrectos. Lo hizo en mayo de 1781, al terminar con la familia Túpac Amaru. Empero, algo más, también quería eliminar a los defensores de criollos e indios. La mira estaba puesta contra Baquíjano que era un justo y brillante protector de naturales, lo cual acrecentaba el odio de Areche. Ambos personajes se enfrentaron cuando el visitador acusó y castigó al cacique Pedro Cimbrón, señor de Checras, en la jurisdicción de Chancay. Asimismo, al cacique Bernardo Tambohuacso, por presuntos vínculos con la sublevación.

EL “ELOGIO AL VIRREY DE JÁUREGUI”

Este virrey vino con la orden de restablecer el imperio (autoridad) de la Corona española. Al respecto, el Consejo Supremo y Real de las Indias -léase ministro De Gálvez- le había impartido disposiciones terminantes de acuerdo con la información remitida por el visitador Areche.

No obstante ello, Baquíjano pensó que había llegado el momento para levantar su voz de protesta dentro de los esquemas formales del poder establecidos por la metrópoli. En efecto, aprovechó su designación como el orador de orden para ofrecer el discurso “homenaje o elogio” al nuevo virrey que le ofrecía la UMSM.

El joven profesor sanmarquino criticó, cuestionó brillante y acerbamente la labor de gobierno del Consejo de Indias, lo que incluía la incoveniencia de los nuevos impuestos dispuestos por Areche, y, fundamentalmente, exigió la reforma educativa universitaria que se había implantado en España con la autorización del ilustrado rey Carlos III, la cual había sido promovida por el conde de Aranda y De Olavide.

Sin duda, eso no fue del agrado del representante del rey, que consideró una audacia del joven maestro jurista, quien, por el contrario, debería caracterizarse por su prudencia y respeto para con las autoridades virreinales. Ello, a pesar de que había alabado al monarca, empero, emplazaba al nuevo virrey a seguir impulsando las reformas iniciadas por Guirior. Entre ellas, la de realizar elecciones para el cargo de rector de la universidad, concurso de cátedras, etcétera. El más golpeado en el Elogio fue el visitador Areche, quien juró vengarse del orador y arruinarle su vida pública. En efecto, así lo hizo.

El jurista limeño no tuvo empacho alguno en mencionar ideas y hasta algunas citas de libros y autores prohibidos en su discurso. De ahí que subrayó el poder de la voluntad popular y el derecho a la rebeldía, ideas trabajadas por el sacerdote español jesuita Francisco Suárez (1548-1617) y desarrolladas más tarde por Monstesquieu, Voltaire, Rousseau, D´Alembert y Diderot, entre otros. Por otro lado, sea dicho de paso, para nosotros, el Elogio es, en verdad, una pieza (tabla) masónica por la simbología utilizada.

El Elogio fue pronunciado en una fría mañana del 27 de agosto de 1781, tres meses después de haber sido ejecutado Túpac Amaru II (Cusco, 18 mayo de 1781). Es verdad que expresamente no aludió a este crimen, empero, lo incluyó de manera general al calificar de “política sangrienta” a la aplicada por las autoridades virreinales y subrayó que “destruir a los hombres no es ganancia”, etcétera. El ofendido Areche informó minuciosamente al ministro De Gálvez, mediante carta (Lima, 3 de noviembre de 1781) y le remitió un ejemplar del discurso que había sido impreso por la universidad.

CONSECUENCIAS DEL ELOGIO

Sin duda alguna, perjudicó a Baquíjano: 1) Areche chantajeó a varios profesores y estimuló la creación de un frente antirreforma o anti-Baquíjano, para evitar que éste sea elegido rector; 2) aumentó su acción difamatoria que venía haciendo en la corte desde un año antes; 3) el Consejo de Indias dispuso requisar todos los ejemplares impresos y ordenó que fueran enviados a la metrópoli (01 de agosto de 1783). Se remitieron 312 y luego, por decreto, se sancionó la inmediata destrucción de cualquier otro ejemplar que hubiera en el país (10 de agosto de 1785); 4) se ordenó al nuevo virrey Teodoro de Croix, caballero de Croix, requisar todos los libros prohibidos de la biblioteca del docto limeño y realizar un “auto de fe público en fuego inmisericorde”, y, finalmente, vigilarle permanentemente por ser un hombre “sospechoso y peligroso”.

Con estos antecedentes, Baquíjano quedó fuera de la administración colonial. Fue pospuesto en sus intentos por ocupar algún cargo público. Todo ello le produjo una inmensa frustración, tanto personal como profesional. Sin embargo, su devoción por la ciencia jurídica, por la educación universitaria y el bienestar del pueblo no disminuyó. Se caracterizó por su inmensa generosidad con los jóvenes brillantes sin recursos económicos, a quienes les concedió becas y ayudas económicas.

No obstante el afán de sus adversarios y enemigos por desacreditarle, los virreyes ilustrados tuvieron especial deferencia por él, concediéndole tímidamente algunos favores y aceptando determinados consejos. Fue el caso de su “vigilante” caballero de Croix, quien comprobó la injusticia que se venía cometiendo contra Baquíjano. De ahí que atendió su recomendación para nombrar a Rodríguez de Mendoza, primero vicerrector, y después rector del Convictorio de San Carlos, en 1785 y 1786, respectivamente. Sin embargo, en honor a la verdad histórica, debemos señalar que De Croix le arrancó a José Javier su arrepentimiento expreso, sincero o no, sobre el Elogio, en 1786.

Este nombramiento permitió a Baquíjano promover algunas reformas en el instituto Carolino, mediante el cura chachapoyano. Fue entonces cuando las ideas reformistas de De Olavide se impusieron en el Convictorio, pasando a enseñar “ciencias útiles” y a dictar cátedras de derecho natural y derecho de gentes, de acuerdo con las obras del iusfilósofo alemán Johan Gottlieb Heineccius o, simplemente, Heinecio (1681-1741).

En este contexto, con otros ilustres criollos, Baquíjano fundó la Sociedad Académica Amantes del País, en 1790, de la cual llegó a ser su primer presidente. Institución réplica de la creada en España por De Olavide y el conde de Aranda. La sociedad editó la revista Mercurio Peruano para difundir temas nacionales referidos a la realidad en los campos de la agricultura, clima, historia, economía, etcétera, y en la que colaboró con el seudónimo de “Cephalio”. Ante la sociedad presentó al ilustre jurista e íntimo amigo y hermano masón Vicente Morales y Duárez (Lima, 1757-Cádiz, España, 1812), quien más tarde sería el presidente de las Cortes de Cadiz (1810-1812).

Recién en 1791, Baquíjano logró hacer las paces y aupar a un buen número de profesores sanmarquinos que le eligieron vicerrector, cargo que le restableció su autoestima y amor propio. Sin embargo, hasta entonces, el Consejo de Indias siempre le había restado importancia y, por lo tanto, denegada, en tres oportunidades, su petición para ser oidor. Frente a esta situación, decidió resolverla directa y personalmente en la península.

SEGUNDO VIAJE A ESPAÑA

Baquíjano viajó por segunda vez a la metrópoli en 1793. Tenía la esperanza de ser escuchado y reivindicado en sus derechos que le correspondían como noble criollo y propietario de una cuantiosa fortuna.

En efecto, le reconocieron parcialmente. A inicios de 1795 le otorgaron honorariamente la alcaldía del crimen en la audiencia limeña. Y, a finales del mismo año, su ansiada jubilación en la cátedra de Prima de Cánones. Finalmente, en 1797 le nombraron alcalde del Crimen en propiedad y en 1798 juez de Alzadas Perpetuo del Tribunal del Consulado de Lima y del Tribunal de Minería, de esta misma ciudad, a instancias de su padrino y hermano masón De Jovellanos, quien a la sazón se desempeñaba como ministro de Indias.

DE NUEVO EN LIMA. OIDOR

Después de permanecer varios años en España, Baquíjano decidió retornar a Lima en 1799. La guerra contra Inglaterra se lo impidió y enfermó gravemente, por lo que radicó en Cádiz. Sin embargo, aprovechó para reencontrarse con el anciano De Olavide, quien acababa de regresar de su largo y penoso autoexilio en Francia.

En 1802, ya está en Lima, casi junto con el nuevo virrey Gabriel de Avilés, marqués de Avilés, con quien entabló amistad. En tal virtud, Baquíjano participó en la comisión de recepción al sabio alemán barón Alexander von Humboldt. Comienza a realizar una activa labor social en el campo de la salud promoviendo la vacunación contra la epidemia de fiebre amarilla y ejerciendo los cargos en los que había sido nombrado en la metrópoli.

Por aquel tiempo, profundiza aún más su amistad con los juristas Rodríguez de Mendoza, Cisneros y Becerra, Morales y Duárez y otros, habida cuenta de que era proclive al juego y penitente conversador, sin descuidar la lectura de buenos libros que intercambiaba con sus amigos. Se preocupa y participa activamente en la marcha del Convictorio y también por el desarrollo de la masonería criolla.

En 1806, llegó a Lima el virrey José Fernando de Abascal y Sousa, marqués de la Concordia, con quien también se relacionó cordialmente. Éste nombró a Baquíjano vicepresidente de la Junta Conservadora del Fluido Vacuno (1806) y en 1807 oidor de la Audiencia de Lima, cargo que había buscado sin cesar desde 1781. En suma, después de 26 años del Elogio, el notable jurista limeño fue reivindicado plenamente al nombrársele en este alto cargo.

CONSEJERO DE ESTADO

A partir de entonces, Baquíjano fue reconocido en la corte, lo cual se consolidó al heredar el título de conde y la fortuna de su hermano mayor, fallecido en Génova (1807). Gozaba de gran reconocimiento público.

Con la asunción de los liberales en el gobierno del reino (1808), sus amigos en España le propusieron como Consejero de Estado. El nombramiento fue expedido por las Cortes de Cádiz (20 de febrero de 1812), presidida entonces por su amigo, colega y hermano masón Morales y Duárez. Lamentablemente, este reconocimiento le llegó tarde, 31 años después del Elogio, más aún, porque tuvo un desenlace infeliz y trágico final.

SÁNCHEZ-CARRIÓN Y BAQUÍJANO

La designación de Baquíjano como consejero de Estado fue celebrada apoteósicamente en todo el país. El Cabildo de Lima decretó feriado los días 4, 5 y 6 de julio de 1812. El joven estudiante carolino José Faustino Sánchez-Carrión Rodríguez (Huamachuco, 1787-Lurín, 1825) fue designado por Rodríguez de Mendoza para ofrecer el discurso de orden.

En este contexto, Sánchez-Carrión se inspiró en el Elogio al virrey De Jáuregui que Baquíjano había pronunciado en 1781. Es obvio que no fue un simple discurso académico, sino una encendida pieza oratoria que movió hasta los cimientos del viejo claustro carolino, exigiendo un mejor y más justo gobierno de la metrópoli para la colonia. Nada gustó al virrey De Abascal y, más bien, originó la desconfianza y vigilancia contra los profesores y alumnos carolinos, acciones y sentimientos que promovió el clérigo arequipeño Francisco Xavier de Luna Pizarro Pacheco.

BAQUÍJANO EN ESPAÑA: 1814

Baquíjano se encontró con una nueva realidad política adversa. Asunción y triunfo de los absolutistas. El rey Fernando VII desconoció a las Cortes de Cádiz y a la Constitución (1812) e inició un gobierno despótico y arbitrario.

Baquíjano sufrió una nueva e inmensa frustración. No tuvo más opción que aceptar su destierro a Sevilla. Le fue denegada su solicitud de autorización para regresar a Lima (Madrid, 4 de octubre de 1814).

Sus últimos días los pasó meditando y abandonado. De tiempo en tiempo, recibía algunas noticias de la guerra independentista. Falleció el 24 de enero de 1817, a los 66 años de edad, soltero. Su sobrino Manuel Salazar y Baquíjano heredó el titulo nobiliario, quien pasó a ser el cuarto conde de Vistaflorida. u


* Revista Jurídica, Suplemento del diario El Peruano, N° 124, 12 de diciembre de 2006.


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