Hay ocasiones en que descubrimos que la vida puede ser más sorprendente de lo que uno imagina y menos caprichosa de lo que esperamos. Los grandes momentos épicos, por ejemplo, esos instantes de gloria sublime y excelsos que separan al hombre común de los predestinados, y de los que todos alguna vez deseamos ser parte, ya ocurrieron ante nuestras narices y los protagonizamos sin darnos cuenta. Transcurrieron cargados con toda esa notoriedad que soñamos para nosotros y ni siquiera tuvimos tiempo ni olfato para disfrutarlos. Yo fui testigo de uno de esos momentos gloriosos. Ahora lo sé. Sé que estuve ahí por una razón. Para dar testimonio de eso suceso, de una transformación que hoy, después de tanto tiempo, aún me emociona al recordar cada detalle de él.
Estábamos en cuarto de media y acabábamos de rendir el primer examen de álgebra en el que ni siquiera Gómez, el más chancón de un salón de cuarenta y dos redomados sinvergüenzas, salió indemne. Cuando el profesor empezó a llamar uno por uno para entregarnos nuestras pruebas escritas, empezamos a temblar. Porque aunque era un excelente profesor de matemáticas y nunca abusaba de su condición de regente del salón, tenía muy mal carácter y un defecto que provocaba la burla de todos nosotros: a medida que iba ganando en cólera, un tartamudeo nervioso se apoderaba de él. Mientras más se enojaba, más tartamudeaba y más colorado de ira se ponía su rostro. Era todo un espectáculo que muchas veces no convenía presenciar, mucho menos provocar. Y esa fue una de esas ocasiones. Hicimos los esfuerzos más grandes para contener una risa que no siempre ocultábamos y que lo ponía más y más rojo de ira. Era nuestro fin.
>>> Seguir Leyendo... >>>A cada nombre que pronunciaba el profesor, le seguía la nota: Rodríguez, ¡cero ocho!; Bellido, ¡cero siete!; Paredes, ¡cero seis! Gómez ¿Qué pasó con usted, Gómez? ¡Cero nueve! Cuando pronunció mi nombre, yo estaba listo para todo menos para el cero cuatro que cantó y que fue la nota más baja de aquella tarde. Fui el centro de atención y la misericordia de todo el salón, pero solo unos instantes. Entre tantos ceros nadie se había dado cuenta que todavía faltaba uno de nosotros. Mientras escuchábamos el sermón del profesor que nos recordaba la vergüenza que éramos para nuestros padres, del fracaso inminente que nos esperaba en la vida si no nos aplicábamos un poco más en nuestros estudios, una mano solitaria se levantó al fondo del salón. Era Soto. El único que no había sido llamado en esa masacre.
Soto era hijo único de un comerciante con un excelente olfato para los negocios que se advertía en la buena ropa que vestía y en las zapatillas de marca que siempre llevaba a la clase de educación física. Era un buen tipo que siempre nos invitaba algo en el recreo y nunca se hacía de rogar cuando alguien le picaba unos soles a pesar de las burlas y las bromas de las que era víctima por sus rasgos marcadamente indígenas. Esa tarde, en que cuarenta y dos muchachos fueron desaprobados de la manera más deshonrosa, fue la llamada del destino para Soto.
- ¿Cuál es su apellido, señor?
- Soto, profesor.
- Ah, usted es Soto. Vergüenza debería darle. ¡Venga acá!
El tono de voz del profesor hizo dudar a Soto sobre lo que tenía que hacer. No movió ni un cabello en su carpeta.
- ¡Venga acá, le he dicho!
Soto se puso de pie y apenas dio un paso hacia adelante.
- ¡Qué espera! ¡Apúrese! - gritaba mientras agitaba en una de sus manos una hoja de papel.
Soto empezó a caminar hacia el profesor con una lentitud de plomo que cada uno de nosotros podía sentir la pesadez de sus piernas, la gravedad de su situación. Era hombre muerto.
- ¡Apúrese, no tengo todo el día! - vociferaba mientras arrugaba la hoja de papel en su mano.
Nunca antes y después en toda mi vida he vivido segundos como esos, los más largos que haya visto transcurrir y que le tomó a Soto llegar hasta el profesor. O casi. Porque cuando le faltaba poco más de un metro para llegar hasta él, el profesor arrojó la hoja de papel arrugada al suelo al tiempo que anunciaba a grito pelado a la clase entera una nota que ni siquiera era eso: ¡cero cero, señor!
- ¡Recoja esa basura!
Soto no sabía qué hacer, yo no sabía qué hacer. ¡Nadie sabía qué diablos hacer en ese momento decisivo! Porque si de algo sí estábamos seguros era de que si Soto saltaba a la yugular del profesor, medio salón lo ayudaría gustosamente en despedazarlo y la otra mitad se lo impediría. Yo, ¿qué bando escogería, pensaba, mientras recordaba mi cero cuatro?
- ¡Le he dicho que lo recoja!
Soto, con una lágrima rodándole la mejilla, se agachó a recoger su examen. Esa tarde no correría sangre.
- ¡Vaya a su sitio! - le dijo a mi compañero, al que compadecí al punto de reprimir con mucho esfuerzo también yo una lágrima de odio mientras lo veía regresar a su carpeta con un semblante de muertos.
- La próxima semana les voy a tomar otra prueba - anunció - que reemplazará esta nota. Así que estudien, porque si sacan una más baja a esta, igual se las reemplazo.
Como era de esperarse, la semana transcurrió como cualquier otra, sin sobresaltos ni dramas de ningún tipo. Los más avezados, a los que yo secundaba, ya sacaban cuenta y se resignaban: si nos jalan otra vez, muchachos, nos vamos a marzo y ahí nos toca otro profesor menos duro que este. Adiós verano, pero asunto arreglado. ¡A la mierda con este huevón! Pero pese a tener resuelto en apariencia todo, yo no dejaba de pensar en Soto que toda esa semana no asistió a clase. Hubo quien dijo que se lo había cruzado en la calle y que había dicho que no volvería a la escuela. Otro dijo que lo vio trabajando en la tienda de su viejo. No faltó quien afirmó haberlo visto con una maleta tomando un taxi. Nada de eso resultó cierto porque el día del examen, Soto se presentó para rendir la prueba. Taciturno y callado, con la cara de una derrota prematura dibujada en el rostro, entró silenciosamente al aula y ocupó su sitio al fondo del salón. Nadie lo importunó con preguntas o interrogatorios. Tampoco había timpo para eso. Rindió la prueba, rendimos la prueba y todo volvió a la normalidad. Menos para Soto, que aunque volvió a asistir normalmente a clases, algo había cambiado en él. Era otro. Mi amigo era otra persona. Hasta que llegó el día en que nos devolvieron el examen sustitutorio.
Voy a ahorrar detalles ya conocidos por todos diciendo que solo ocho aprobaron con las justas el segundo examen y que yo, que plagié con mucho esfuerzo y dificultad, subí mi nota a cero cinco. Y mientras nos sermoneaba, ahora sí todos caímos en la cuenta que otra vez el profesor no había vuelto a llamar a Soto. Por supuesto, él levantó la mano.
- Sí, señor… Ahhh, Soto - dijo, con un tufillo de sarcasmo -. Venga acá.
Fue entonces cuando todos supimos con certeza que esta vez sí correría sangre y yo en qué bando estaría. Había tajado muy bien mi lápiz.
- Venga a acá, le he dicho - repitió su orden el profesor.
Soto se puso de pie y empezó a caminar resuelto hacia él, con un rostro desafiante que infundió valor a todos los presentes. No había nadie que no sostuviera con fuerza en sus manos los lápices convenientemente tajados. La suerte estaba echada y Soto era un César a punto de cruzar un Rubicón de cemento, hasta que el propio profesor interrumpió su paso altivo y decidido.
- ¡No! Quédese ahí. Yo mejor voy por usted - dijo y nos dejó a todos sin saber qué hacer.
Llegó hasta Soto y le pasó un brazo por el hombro mientras lo llevaba al frente de todo el salón. Cuando se pararon junto a su escritorio, el profesor abrió su maletín y sacó una hoja de papel. Era el examen de Soto que este sostenía con mucho cuidado. Nunca voy a olvidar lo que dijo aquella vez el profesor de matemáticas más duro y cruel que haya conocido, el hombre que hacía temblar hasta a los más rudos en el colegio y que profesaba como una religión sagrada aquello de que la letra con sangre entra. Nadie como él para hacer llorar a las piedras.
- Señores, este joven que ven ustedes acá es el hijo que a mí me hubiera gustado tener - empezó diciendo y todos concluimos que ahora sí se había vuelto loco.
- El señor Soto se ha sobrepuesto a la derrota de la semana pasada y la ha convertido en una victoria del espíritu - dijo solemnemente, mientras le mostraba a todo el salón una hoja de papel con un enorme veinte dibujado en la parte superior de ella.
- Su triunfo es mi triunfo y nada de lo que yo haga ahora o mañana igualará este momento único e irrepetible - siguió diciendo mientras se le quebraba la voz. - Tómenlo como un modelo a seguir, señores.
- Vaya a su sitio, Soto - finalizó mientras le entregaba su prueba y le estrechaba con mucha fuerza la mano.
Desde ese día nadie jamás se volvió a burlar de Soto, a tomarle el pelo y mucho menos a decirle serrano. Soto había logrado una proeza que, hasta donde sé, nadie ha vuelto a igualar en la historia del Nicanor Rivera Cáceres de Barranco. Cómo lo hizo, nunca lo supimos y él no soltó prenda, pero todos sabíamos que esa semana que faltó a clases se preparó para un examen que lavaría su honra, haría olvidar a todos la humillación que sufrió y, sobre todo, lo convertiría en una leyenda que hasta hoy algunos contamos a nuestros hijos y se la seguiremos contando a nuestros nietos. Un momento épico, único e irrepetible como dijo Mendoza, que para mi suerte y ventura pude presenciar y ser testigo.








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