Una colección de treinta biografías peruanas publicada hace un par de años, y dirigida al público escolar, consigna la de una sola mujer: la de Santa Rosa de Lima. Otra, bastante más antigua y casualmente titulada ‘Los que hicieron al Perú’, apenas si registra la de doña Francisca Zubiaga de Gamarra, La Mariscala, pero enfocada tanto en los ‘pintorescos detalles’ de su azaroso matrimonio, que en realidad mejor homenaje hubiera sido no escribir nada sobre ella. Y en un libro publicado hace 5 años por el Ministerio de Educación dedicado a los “Grandes Educadores Peruanos”, todos son hombres, ni una sola mujer. No sabemos por qué, pero parece existir la extendida creencia de que el Perú fue hecho exclusivamente por hombres, de que sus grandes pensadores sólo son varones. De no ser por las propias mujeres, que han empezado a construir su propia historia, este equívoco u omisión sería interminable además de completamente injusto.
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Injusto porque figuras como la de Teresa González de Fanning, de quien se cumplieron este lunes 90 años de su muerte, quedaría en el olvido, desconocida para las generaciones futuras una biografía que resulta ejemplar en todos sus aspectos y, lo que es más injusto todavía, silenciada su enorme contribución intelectual al país. Porque es ella quien propugna, según María Enma Manarelli, “la exigencia de liberar la fuerza laboral femenina, manifestando que la mujer al conseguir su independencia económica, perdería la condición de subordinada”. Algo tremendamente revolucionario para su época, porque en consonancia con lo dicho al inicio de esta nota, a mediados del siglo XIX peruano, mujer y sumisión eran términos bastante próximos, casi sinónimos. Teresa González de Fanning, intelectual, escritora y, esencialmente, educadora, se rebeló contra todo esto.
Perteneciente a una generación gloriosa de peruanas del siglo XIX que buscó darle a la mujer el lugar que le correspondía en la sociedad de su tiempo, es parte de ese grupo de féminas a quienes se ha referido la historiadora Francesca Denegri como ‘la primera generación de mujeres ilustradas en el Perú’, y no le falta razón para ello. Contemporáneas y colegas de pluma y lucha de González fueron Elvira García y García, Lastenia Larriva de Llona y María Alvarado, entre las educadoras, y Mercedes Cabello de Carbonera, Clorinda Matto de Turner y Juana Manuela Gorritti, entre las escritoras.
Nació el 12 de agosto de 1836 en una hacienda de sus padres en Nepeña, Ancash, y a la edad de dieciséis años contrajo matrimonio con Juan Fanning, quien moriría en la defensa de Lima en la Batalla de Miraflores el 15 de enero de 1881, al mando del célebre batallón Guarnición de Marina. Pero esta es, en realidad, la segunda de sus tragedias personales, ya que antes había perdido a sus dos hijos durante la huida a Lima tras una sublevación de los peones de su hacienda. Es a la muerte de su esposo, y privada de hijos, que se sobrepone al doble infortunio y decide fundar un colegio para señoritas y poner en práctica sus ideas sobre educación femenina, escribiendo ella misma los textos de Historia del Perú, Geografía y Economía Doméstica que se utilizaban en el mismo. Pero su labor educadora iría más allá al desarrollar una activa labor periodística en diarios y revistas de la capital.
Cuando escribe, por ejemplo, que “la educación escolar en el Perú adolece de un grave defecto: la falta de aplicación práctica, tanto la que se da al pueblo, cuanto la que reciben las clases elevadas” (El Comercio, 26/02/1898), se está refiriendo a las reformas que propondría para el plan de estudios de instrucción primaria y en la ‘aplicación práctica’ de los cursos que lo componían. Así, cree que en Química debe enseñarse “algo de tintorería y otras aplicaciones industriales y domésticas”; y que en Botánica “deben, ante todo, estudiarse las plantas que nuestro suelo produce, la manera de aprovecharlas y hasta algunas nociones acerca de floricultura” (El Comercio, 31/03/1898).
O la exposición de ideas como ésta: “Uno de los convencionalismos de nuestra época es el de halagar a las mujeres y al pueblo para hacerlos más manejables: como a los convalecientes y a los niños, se les entretiene para que sean dóciles” (El Comercio, 04/03/1898), que le valió que Jorge Basadre la calificara de “franca, valiente y elevada”, y precursora de la formación cultural de la mujer. Y fue el propio Basadre quien sentenció en 1971: “Hay que rescatar del olvido dos aportes femeninos: el de Teresa González de Fanning y el de Elvira García y García”.
Pero a sus reconocidas virtudes de educadora, Teresa González sumaría la de escritora, en donde también obtendría reconocimiento aquí y afuera. Participó y fue colaboradora de las afamadas ‘Veladas Literarias’ que organizaba Juana Manuela Gorriti, además de socia del Club Literario. Publicó una serie de novelas y obras que le merecieron un prólogo de Emilia Pardo Bazán a una de ellas, “Lucesitas” (1893), y la Medalla de Plata en el concurso internacional promovido, en 1886, por El Ateneo de Lima para su novela “Regina”. Otro relato suyo, la novela histórica “Roque Moreno” (1904), se publicó por entregas en una reconocida revista de Derecho de Buenos Aires, antecedido por una elogiosa presentación en la que se lee: “Conserva [Teresa González] en su espíritu como vivificadora savia, la tradición liberal de los que contribuyeron a la emancipación de este continente”.
Tan cómoda y segura se sentía de su trabajo como escritora y educadora, que cuando fundó el colegio que le daría prestigio dejó de usar los seudónimos de ‘Clara del Risco’ y ‘María de la Luz’ que hasta entonces había utilizado para publicar sus trabajos literarios en revistas como El Coreo del Perú, La Alborada, El Perú Ilustrado y el diario El Comercio, entre otros más de distintas latitudes, predicando así con el ejemplo la emancipación de la mujer por el trabajo que tanto propugnaba. Y en esto también dejó una lección. Murió en Lima el 7 de abril de 1918.
Una ‘instructiva’ polémica
Un ejemplo del papel que mujeres como Teresa González de Fanning y sus contemporáneas desempeñaron en el debate sobre el carácter que debía tener la educación de la mujer, lo constituye la polémica que a principios de 1898 se registró en las páginas de El Comercio.
El 15 de enero de ese año, Mercedes Cabello de Carbonera publicó un artículo en el que señalaba lo desacertado de la educación femenina, que se regía por el programa oficial y que en esencia era marcadamente religioso. Al igual que González, abogaba por una educación secularizada y ponía como ejemplo “Los exámenes en el Colegio de la Señorita Elvira García y García”, o sea el Liceo Fanning. Su artículo recibió la contundente respuesta de Lastenia Larriva de Llona, para quien una educación religiosa era fundamental al punto de considerar a la fisiología y “a otras ciencias por el estilo” de conocimiento inútil, sentenciando: “¡Desgraciado el hogar en el que la mujer no reza!”. Pero Cabello, que no quiso ceder en el debate, se mantuvo en sus trece. En los días siguientes, además de las idas y venidas de las dos educadoras y que se extendió a otros diarios de la época, se publicaron avisos, como los de ahora, en el que los padres del colegio aludido afirmaban que sus ‘hijas reciben y han recibido siempre la educación moral más pura y completa”.
La polémica siguió su buen tiempo y fue entonces cuando, “suponiendo terminado el periodo candente y apasionado de este asunto que tanto ha exaltado los ánimos”, que González de Fanning publicó (el 29 de enero de 1898) un artículo en el que trataba de demostrar la conveniencia de educar laicamente a la mujer. “La educación de la mujer es la base sobre la que se alza el edificio social. De ella depende el edificio de la familia, ese laboratorio de hombres, de donde han de salir los ciudadanos que den lustre a la patria o que la hundan en el abismo del retroceso”, concluía.
Fue el primero de una serie de artículos en El Comercio que glosó bajo el título de “Educación femenina” a lo largo de todo ese año y que luego reuniría, en forma de libro con el mismo título, como una ‘colección de artículos pedagógicos, morales y sociológicos’. Una obra que constituye su mayor y mejor legado y que todo peruano, y peruana, debería leer.