Por Manuel Burga

No creo que sea fácil, para nadie, por más experimentado periodista que sea, hacer una breve reseña del extenso libro que Juan Gargurevich Regal, Historias de periodistas, presentó en la Casona de San Marcos. Un libro que describe, deliberadamente, las historias incompletas de hombres que conocían los secretos del periodismo, en sus afanes, grandezas y miserias. El autor es un periodista, apasionado de su profesión, y al mismo tiempo un historiador del periodismo y un maestro universitario. Conozco muy rápidamente sus quince libros anteriores, y por eso no estoy seguro de poder comentar adecuada y periodísticamente un libro tan singular, profuso, que en gran medida, como sucede con los buenos narradores, habla de los otros para hablar de sí mismo.

Está compuesto de quince semblanzas, una reflexión sobre la masacre de periodistas en Uchuraccay que parece definitiva y una reflexión metodológica final. Nos dice que podemos hacer la historia del periodismo, tal como lo recomienda el francés Jacques Grayser, analizando los procesos técnicos, tecnológicos, económicos y políticos que explican la creación de un diario, su existencia y su desarrollo. Pero el autor prefiere jugar un poco con la historia y la memoria, sin ser cautivo de métodos, sino más bien dando rienda suelta a su espontaneidad, transformando la memoria en historia, haciendo de sus biografiados hombres de carne y hueso.

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Construye semblanzas, porque la semblanza “… es una biografía incompleta porque elige solo los hechos reveladores de la vida y carácter del personaje”.

Nos habla de una larga historia del periodismo en nuestro país. Desde Pedro, el pregonero negro, o desde la misma pregonería de la época, que vino con los primeros españoles y que servía para comunicar las buenas o malas nuevas que el Ayuntamiento y el Gobierno Colonial necesitaban hacer conocer. Comunicando también otras noticias, como la muerte del rey, la llegada de un nuevo virrey o la proximidad de un pirata, compitiendo con el toque de campanas. Los pregoneros, como los que escribían relaciones por encargo real, son los primeros periodistas, los que transmitían noticias de arriba abajo, de la autoridad a los súbditos, los que replicaban la voz del rey.

Los periodistas, tal como hoy los conocemos, aparecen con la Revolución Francesa, la modernidad, que trajo el fin de las monarquías absolutas y el nacimiento del pensamiento crítico. El español Gaspar Rico llegó con inquietudes periodísticas, como liberal que era en 1793, cuando pretendía hacer su propia conquista, pero como la fortuna no le sonrió, terminó muy pronto convirtiéndose en realista fanático y publicando diarios para apoyar al virrey y desacreditar a los patriotas.

El autor dedica un buen espacio a Manuel Atanasio Fuentes, sarcástico defensor de la “República Práctica” de Manuel Pardo y abierto enemigo de Nicolás de Piérola. Un gran salto lo lleva a José Carlos Mariátegui, el joven redactor de El Tiempo, cercano del Partido Demócrata de Nicolás de Piérola, crítico del civilismo de entonces. Rescata un episodio del primer Mariátegui, el que funda, junto a César Falcón, el diario “La Noche”, para combatir, con todas las armas posibles, al gobierno de José Pardo. Aquí aparece además la figura de Abraham Valdelomar, culto, elegante, innovador, junto a Mariátegui, fundando el periodismo moderno en nuestro país.

Luego pasa revista a la segunda mitad del siglo XX a través de los retratos de los periodistas más importantes. El recordado Corpus Barga, Genaro Carnero Checa, tan temido por sus posiciones radicales, izquierdistas. Recuerda también a Alfonso Tealdo, el gran entrevistador, y se detiene en Raúl Villarán Pasquel, infatigable y sorprendente periodista, fundador de Última Hora (1950), Expreso (1961) y Correo (1963), del magnate Banchero Rossi, que pretendió construir un nuevo periodismo nacional con réplicas regionales del diario que se publicaba en Lima. A partir de aquí las historias personales de periodistas se confunden con su propia vida y por eso hace las semblanzas, para dialogar con ellos, para terminar conversaciones inconclusas, para darles la palabra largamente y para dejar que otros tomen también la palabra en su libro.

No olvida a “Pocho” Rospigliosi, ni a Guido Monteverde, los periodistas del deporte y la farándula, con detalles exquisitos, conocidos solamente por los que vivieron el periodismo desde la intimidad de las oficinas de redacción. Leyendo este libro, tan ameno, evocador, de historias tan detalladas, personales, que nos acerca a una comprensión más humana de la historia, podemos acceder a ese mundo tan complejo, difícil y cambiante de los periodistas del siglo pasado. Hombres que frecuentemente defendían ideas e ideales y que algunos de ellos, en el fragor del combate, murieron literalmente sobre sus propias máquinas de escribir. Un libro para despertar vocaciones y para advertirnos, a los que no somos periodistas, pero escribimos en los periódicos, que lo debemos hacer con sinceridad, honestidad y convicción. Gracias, maestro.


* Publicado en La República, el jueves 23 de julio de 2009.

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