Resulta paradógico, por decir lo menos, que haya pasado inadvertido entre nosotros, que poseemos una envidiable tradición historiográfica, el centenario de Theodore Mommsen (1889-1903), el último de los historiadores clásicos en el sentido clásico del término. ¿Por qué Mommsen debiera resultarle particularmente familiar a la comunidad académica peruana?
El mismo año de su muerte, ocurrida el 1 de noviembre de 1903, nacía Jorge Basadre, el historiador peruano que mejor asimiló sus enseñanzas y el que mejor se acerca a esa idea de historiador completo que también representó el erudito alemán. Asombra, en ese sentido, la serie de similitudes o coincidencias, según el cristal con que se miren las cosas, que presentan las obras de ambos. La concesión del Nobel en 1902, que debió coronar su carrera, se vio apagada por la polémica que suscitó que no se lo concedieran a Tolstoi, lo que hizo parecer que Mommsen no tuviera los méritos suficientes para recibirlo. Representante, mejor que nadie, de lo que para muchos fue el Antiguo Régimen Historiográfico, y que la Escuela de los Annales se encargo de enviar al panteón de ilustres en que a veces se convierte la simple referencia bibliográfica, Mommsen ha sido ingratamente olvidado, torpemente relegado. Esperemos que la cultura digital, que cada vez se asienta más en nuestra tiempo, rescate para las generaciones futuras la ingente obra de este humanista, que constituye el canto de cisne de la cultura clásica que se escribió cuando empezaban a germinar las vanguardias del siglo XX.
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