Hasta ahora las estadísticas del Nobel de Literatura hablan de un saldo en rojo para el premio: es casi un consenso afirmar que en un siglo de existencia han sido más los desatinos que sus aciertos. Escritores conocidos no más allá de una frontera geográfica o lingüística se han visto beneficiados con él en detrimento de otros con mayores merecimientos, siendo los laureados los primeros sorprendidos.
Se sabe que en febrero se presentan las candidaturas. Se sabe que en mayo ya hay cinco nombres con los que trabaja el Comité Nobel. Y se sabe también que para fines de setiembre, apenas son dos o tres, a lo sumo, de entre los cuales deberá ser elegido el ganador. Fácil ¿verdad?. No, para nada.
ESCANDALO Y CONTROVERSIA
Una serie de acontecimientos puede variar el designio de los dioses que para estos menesteres ha elegido a un grupo de venerables ancianos que, quiéralo o no, en última instancia se guían por prejuicios políticos, geográficos y hasta cronológicos. Muchas veces el valor estrictamente literario de la obra de los nominados ha cedido ante estos. El ejemplo más palpable y que ha quedado como un baldón irreversible para sus responsables, el ya mencionado de Borges.
En 1901 cuarenta escritores del mundo firmaron un manifiesto criticando duramente la decisión de la Academia Sueca cuando el ganador fue el casi desconocido Sully-Prudhomme. Todos esperaban que lo fuera Tolstoi. El argumento de descargo que la Academia utilizó fue que la candidatura del escritor ruso no se presentó de acuerdo al reglamento. Al año siguiente, en 1902, cuando Theodore Mommsen fue el elegido, no pudo esgrimir el mismo argumento. La verdadera razón estribaba en no querer enemistarse con el Zar de Rusia, de quien el autor de “La Guerra y la Paz” era un ácido crítico. Tolstoi murió en 1910, envuelto en una gloria universal que ningún premio, ni siquiera el Nobel, hubiera podido brindarle o arrebatarle.
Mussolini presionó a la Academia para que, en 1926, el premio se le concediera a la escritora italiana Grazia Deledda, en un intento de legitimación de la cultura y valores fascistas. Contrariamente, cuando en 1984 el galardonado fue el poeta checo Jareslav Seifert, el único comentario que hizo Alberto Moravia, muerto en 1990 también sin recibirlo, fue: "Chi?".
Mayúscula fue la sorpresa cuando en 1953 Winston Churchill, corresponsal de guerra en sus años mozos y autor de algunos libros de historia, fue coronado con el premio. Héroe de varias guerras y hombre eminente que marcó con su existencia la política de este siglo, no puede decirse que haya escrito obras que contribuyesen a enriquecer la literatura mundial. La Academia justificó su decisión: "magistral descripción histórica y biográfica, así como por su brillante oratoria en exaltada defensa de los valores humanos".
Los soviéticos fueron los que más lo combatieron cuando los galardonados eran escritores disidentes, aunque se hayan hecho de la vista gorda cuando se trataba de aquellos alineados con el socialismo realmente existente que tanto preconizaron.
Tantas controversias ha despertado a través de su historia que el 10 de diciembre de 1964, durante la ceremonia de premiación, cuando todavía se sentían los estragos del rechazo de Sartre, ganador ese año, el entonces presidente de la Fundación Nobel, Arno Tiselius, se vio obligado a declarar: "Los responsables del Premio Nobel tienen perfecta conciencia de que es imposible descubrir el mejor autor de todos, por la sencilla razón de que es imposible establecer la noción de mejor".
Como anécdota queda la propuesta en 1966 de un grupo de escritores latinoamericanos, entre los que se encontraba Juan Rulfo y Germán Arciniegas, de crear un premio de similares características y cuyo monto fuera un dólar más que el Nobel. Vano esfuerzo.
Pero a pesar de todo lo mencionado, como rebelándose contra los que debieran preservar su buen nombre y crédito, el Nobel ha sabido conservar esa áurea de prestigio y honor que les asegura una inmortalidad a sus elegidos. La mayor gloria del siglo. Que duda cabe.
LOS PERUANOS Y EL NOBEL
Además de Mario Vargas Llosa, varios han sido los peruanos aspirantes al Nobel. En 1933 la candidatura de Francisco García Calderón fue impulsada, entre otros intelectuales europeos, por Jean Giraudox y Jules Romains. Víctor Raúl Haya de la Torre recibió el espaldarazo de varias instituciones y personalidades del mundo para que se le otorgase el de la Paz en 1979, año de su muerte. Luis Alberto Sánchez y Luis E. Valcárcel, en 1982, fueron propuestos para el de Literatura y el de la Paz, respectivamente. En 1986, Villa El Salvador estuvo como un candidato de muchas posibilidades para obtener el de la Paz, que finalmente ganó Elie Wiesel.
Pero quien sí ha estado ahí para recibirlo, como Secretario General de las Naciones Unidas, ha sido Javier Pérez de Cuéllar cuando en 1988 los Cascos Azules, las Fuerzas de Paz de la ONU, recibieron el Premio Nobel de la Paz en un gesto que muchos interpretaron como una distinción indirecta al peruano por sus esfuerzos por evitar la guerra en el Golfo Pérsico, cuando ya la fecha para presentar candidaturas había expirado.
* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 12 de octubre de 2000